El debate olvidado de las 40 horas
“Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber, excepto en ser perezosos”.
Lessing
Confieso que abordé superficialmente la reforma para reducir la jornada de 48 a 40 horas semanales. En mi descargo, no fui el único.
Hemos centrado el debate público en torno a la necesidad de garantizar dos días de descanso, no sólo uno, y en el reproche al “abaratamiento” de las horas extra. Puntos importantes, pero quiero ir más al fondo.
La lógica del debate está viciada de origen.
La principal razón para reducir la jornada laboral es mejorar la productividad de las empresas. Un trabajador descansado, nos dicen, produce más y mejor. Es cierto, pero la razón del descanso está equivocada porque el objetivo final es… producir más.
Este es justamente uno de los males de la civilización capitalista de nuestra época. Vivimos una crisis de superproducción y trabajo. Cualquier ancestro que entrara a un supermercado y viera la vertiginosa variedad de leches o de embutidos en los anaqueles pensaría que hemos enloquecido.
Si tenemos más de lo que necesitamos, lógicamente producimos -frenéticamente- más de lo necesario, y descansamos menos.
En este punto, los invito a hacernos una pregunta que podría sonar tonta: sabemos trabajar, ¿pero sabemos descansar?
En nuestra cultura laboral, el descanso es sólo la pausa que nos alista para trabajar más y mejor.
El ocio como un don o regalo se convierte sólo en un “no trabajar” para recuperar energías que nos permitan seguir trabajando. Se convierte así en un ocio vacío, trivial, sin otra función que prepararnos para el trabajo venidero.
La cultura digital ha acentuado nuestra incapacidad para el descanso. Vivimos pegados al WhatsApp, siempre trabajando, lo que deriva en la llamada “jornada infinita”. Estamos agotados, pero somos incapaces de desconectarnos. Es una servidumbre voluntaria.
El debate sobre la reducción de la jornada laboral a 40 está incompleto sin una revisión del derecho a la desconexión digital. Millones de profesionistas están atados al trabajo extra en casa a través del celular.
La virtualidad es la bendición y la maldición de esta época para el trabajador.
No se trata de prohibir, castigar o mutilar, sino de reflexionar seriamente sobre nuestra cultura del trabajo. Pero sobre todo nuestra cultura del descanso y las razones detrás.
Hay que invertir la ecuación para ver ambos lados de la moneda. Así como nos reprochamos nuestra falta de productividad -la cultura de las “horas nalga” es una realidad- deberíamos también revisar nuestra incapacidad para el ocio.
Me refiero a esa deficiencia para simplemente existir plácida y perezosamente, con gozo y sin culpa. Algo que envidio, por ejemplo, de Segismundo, mi gato, cuando lo admiro en una de sus prolongadas sesiones de descanso bajo los rayos del sol.