El breve esplendor del Art Déco tapatío
El Art Déco fue probablemente el último estilo internacional que creyó posible conciliar la modernidad con el placer. Antes de que la arquitectura moderna volviera sospechoso al ornamento, el Déco propuso una modernidad más generosa, capaz de celebrar la máquina sin renunciar a la belleza y de aceptar la ciudad industrial vistiéndola con geometrías, relieves, metales y formas estilizadas.
Su consagración ocurrió en París, durante la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de 1925. Allí se presentó un mundo que no quería parecerse al siglo XIX, aunque tampoco deseaba desprenderse de la elegancia. Frente a las líneas vegetales del Art Nouveau, el Déco prefirió el zigzag, el círculo, el escalonamiento, la simetría y la velocidad. Sus edificios podían evocar trasatlánticos, máquinas, templos antiguos o escenarios cinematográficos dentro de una misma composición.
Fue un lenguaje surgido en una época fascinada por los automóviles, la aviación, el cine, la electricidad y los rascacielos, y en Estados Unidos encontró una escala casi heroica. El Chrysler Building convirtió la silueta de un automóvil en una corona urbana; el Empire State hizo de la altura una expresión de poder, mientras Miami Beach transformó hoteles modestos en una fantasía tropical de curvas y marquesinas.
En México, aquella modernidad llegó mezclada con otros deseos. El país posrevolucionario aspiraba a ser moderno y, al mismo tiempo, necesitaba imaginar una identidad propia. Por eso el Déco mexicano incorporó grecas, perfiles indígenas y referencias prehispánicas estilizadas, no como copia literal de la arquitectura antigua, sino como un lenguaje compatible con cines, escuelas, hospitales, edificios de departamentos y centros deportivos.
La Ciudad de México tuvo la densidad, el capital y las instituciones necesarias para producir conjuntos excepcionales. Guadalajara vivió una historia distinta. Aquí el Art Déco rara vez alcanzó una escala monumental. Hubo edificios comerciales y de oficinas importantes, como el Mercantil, frente a la actual Plaza de la Liberación, o el de Seguros La Nacional, en la esquina de 16 de Septiembre y Prisciliano Sánchez, pero ambos desaparecieron durante transformaciones urbanas que confundieron modernización con sustitución. Así, la ciudad demolió algunas de sus primeras expresiones modernas para abrir paso a otras que envejecieron con mayor rapidez.
Lo que sobrevivió del Déco tapatío se encuentra principalmente en casas pequeñas y medianas, dispersas por barrios como Santa Tere, Analco y Mexicaltzingo o el centro histórico. No suelen ser obras espectaculares, y su interés reside precisamente en la manera en que un estilo internacional fue adoptado, traducido y, en ocasiones, interpretado con libertad por arquitectos, ingenieros, constructores y maestros de obra locales.
Mientras en Europa y Estados Unidos el Art Déco comenzaba a ceder ante el funcionalismo, en Guadalajara todavía se aplicaban pretiles escalonados, estrías, balcones curvos y ventanas con ornamentos geométricos sobre la tradicional casa regional de patio. La modernidad se incorporó a una estructura doméstica heredada sin sustituirla por completo. Una fachada podía combinar formas aerodinámicas con arcos de medio punto; una composición geométrica rematarse con teja, y una ventana moderna convivir con un zaguán concebido para una forma de vida prácticamente decimonónica. Estas mezclas expresaban a una sociedad que deseaba participar de la modernidad sin abandonar de golpe sus costumbres, sus tipologías domésticas ni su relación tradicional con la calle.
Muchas de estas construcciones han perdido su carpintería, sus relieves o sus proporciones originales. Otras están ocultas detrás de anuncios, cortinas metálicas, ampliaciones improvisadas y capas de pintura, mientras algunas sobreviven apenas como fragmentos de una composición que alguna vez tuvo sentido. Su desaparición rara vez provoca grandes protestas, pues carecen de la monumentalidad que todavía solemos exigirle al patrimonio para reconocerlo como tal. Sin embargo, la pérdida de los edificios cotidianos reduce también la memoria de una ciudad y empobrece la continuidad visual de sus barrios.
El Art Déco en Guadalajara fue breve, discreto y desigual, aunque en sus mejores ejemplos dejó la huella de una ciudad que quiso ingresar al mundo moderno sin renunciar del todo al ornamento, a la imaginación y al gusto por la fachada. Registrar esas obras, recorrerlas y aprender a distinguirlas constituye apenas el principio de una investigación más amplia que pronto encontrará otra forma de llegar a los lectores.
Por ahora, conviene mirar con atención: Guadalajara todavía conserva secretos en fachadas frente a las cuales pasamos todos los días sin levantar la vista. Hay que caminarla con la cabeza en alto para admirarla.