El bosque del fin del mundo
Enrique Encizo (de 67 años) es, junto con Un Salto de Vida, que fundó hace más de 20 años, uno de los colectivos sociales más valiosos para la defensa del territorio y de la vida aquí en Jalisco. Fue uno de los primeros colectivos que ahora la academia llama socioambientales, que tomaron conciencia de la grave situación de contaminación que portaban las aguas del río Santiago y de la polución de tierra y aire, todo gracias al desarrollismo industrialista que el capitalismo mexicano llevó al corredor industrial de El Salto.
Desde hace más de dos décadas tomaron conciencia y alertaron al resto de las poblaciones aledañas al río Santiago que los metales pesados y otros contaminantes no solo generaban un olor pesado y nauseabundo que les mareaba y golpeaba el estómago y la nariz, sino que también les acarreaba enfermedades como daños renales y todos los tipos de cáncer.
Desde su colectivo, Enrique Encizo advirtió a los tapatíos que lo que vivían en El Salto llegaría alguna vez a la metrópoli. El agua puerca que el SIAPA surte a los tapatíos es una confirmación de que la advertencia que lanzaron desde Un Salto de Vida es, lamentablemente, una realidad para millones de personas en Guadalajara.
Enrique Encizo y su esposa Graciela González, sus hijos y otros integrantes del colectivo han enfrentado innumerables riesgos, desde amenazas que los han obligado a exiliarse temporalmente hasta robos o espionaje de sus comunicaciones.
A pesar de su esforzada lucha para denunciar la contaminación del río Santiago, oponerse a la expansión del desarrollismo industrialista y la llegada de nuevos megaproyectos (como una termoeléctrica), Enrique Encizo y el colectivo en el que participa a veces enfrenta un pesimismo por la cruda realidad que los rodea: un desarrollismo capitalista que va devastando el medio ambiente y creando nocividades a su paso.
Pero eso, desde la ironía y la esperanza, Enrique Encizo fundó el 25 de enero de 2025 (el día de su cumpleaños) El bosque del fin del mundo, como una manera esperanzadora para afrontar la tormenta capitalista, como la llaman los zapatistas. Le pregunté por qué ese nombre y esto respondió Encizo: “Como dicen, el mal siempre triunfa. Los malos siempre han ganado. Pero hacemos esta parte, como picando piedra, con la idea de trabajar y tratar de armar una respuesta para que cuando nuestros hijos y nietos nos pregunten ‘qué hicieron por conservar la vida’, pues la tengamos, esa respuesta”.
Y añade esta explicación a la idea de El bosque del fin del mundo: “Se llama así precisamente porque es con la idea de cómo se va a recuperar la naturaleza cuando los humanos ya no existan. Entonces, ¿cómo se va a recuperar la naturaleza? Pues de una manera desordenada, con especies nativas, o sea, nada de palma chillona ni especies introducidas… con árboles aristócratas: mezquites, huamúchiles, zapotes, sembramos algunas bayas, algunos frutos que llaman el fruto del agradecimiento, como guayabos y papayos, y eso para que si logra avanzar, como debe ser, como en los tiempos antiguos, lleguen los sembradores, en este caso los pájaros y los animales se comen las semillas y vayan y las pongan en otro lado y nazcan árboles nuevos, cuando ya no estemos en este mundo. Entonces, esa es la idea y por eso se llama así, contra viento y marea. Es trabajo, pero también es agradable, es reconfortante”, me explicó Enrique Encizo.
El bosque del fin del mundo se extiende por unos tres mil metros dentro del Conalep de Juanacatlán. Acompañado de los integrantes de Un Salto de Vida, estudiantes del Conalep, pobladores de El Salto y algunos académicos sociales de la Universidad de Guadalajara, hasta ahora han sembrado más de tres mil árboles, de los cuales han sobrevivido unos mil 800, me dijo Encizo.
Para lograr un mayor avance y sobrevivencia de especies, adoptaron el método Miyawaki del botánico japonés Akira Miyawaki. Señala que este método imita la regeneración natural de los bosques nativos y una de sus características es plantar los árboles muy juntitos para fomentar su crecimiento vertical. Dice Encizo: “Los árboles sanan, por ende, plantar árboles es muy valioso”. La creación de El bosque del fin del mundo es una clara muestra que, a pesar del pesimismo de la tormenta capitalista, la resistencia abre paso a la esperanza.
Agradecimientos
Con El bosque del fin del mundo cierro un ciclo de dos columnas semanales que publico en El Informador desde febrero de 2012. Expreso mi agradecimiento a Carlos Álvarez del Castillo y a Juan Carlos Álvarez del Castillo por abrirme las páginas de esta importante casa editorial y gracias también a Diego Petersen por acercarme a este espacio. Sobre todo, gracias a los lectores que tuvieron interés en mis textos y temas. Sigo en mi columna semanal en Sin Embargo y todos los días en Radio UdeG, y espero que pronto nos reencontremos en otros formatos.
CT