El abrazo de Iago
Pasé una tarde en el Sol caliente de Pamplona y me tomé un helado con Javier, Elia y Gabriela. Sentados en el pasto hablábamos de cuestiones editoriales mientras compartíamos la variedad de platillos que su hija Gabriela preparaba con hojas secas y pasto.
Pero la razón por la que nos reunimos iba mucho más al fondo. Unos días antes, en un salón de clases de la Universidad de Navarra compartido con mis compañeros de maestría, Javier nos contó su historia. Ese día en particular, me había despertado un poco tarde y entré al salón pidiendo disculpas por el retraso, mientras que Javier ya estaba hablando, y lo que escuché me dejó marcada de una forma que no pude haber imaginado. Nos habló de su hijo Iago.
Habían pasado pocas semanas del embarazo de Elia cuando en un ultrasonido de rutina descubrieron algo que los dejó pasmados: parecía que su pequeño bebé no tendría ojos. O bueno, cuando menos no tendría ojos normales. El sistema de salud español respondió bruscamente: “A lo mejor no ve, ¿les gustaría interrumpir el embarazo?”.
Este fue el inicio de un viaje de ocho años con un hijo con 95% de discapacidad. No una en específico, sino un cúmulo de discapacidades causadas por una pequeña deleción en el brazo de un cromosoma. Sordociego, hipotónico y con una cardiopatía congénita; pero también, con un gran sentido del humor y una habilidad privilegiada para imitar animales y dar lo que dicen que son los mejores abrazos.
Cita tras cita escuchaban “a lo mejor no ve”, y conforme el embarazo avanzaba, los doctores insistían en la opción de “interrumpir” el embarazo, y tanto Elia como Javier se dieron cuenta de que el sistema no admitía rebeldes, que no ofrecería apoyo ni recursos a los que no acataran sus sugerencias.
Pero Iago nació, amó y fue amado.
Un día, en el supermercado, Javier vio que una chica miraba a Iago con una mueca de desagrado, un rostro torcido cercano al asco. Iago no se dio cuenta, no podía verla. Javier sintió rabia y después decepción. Y entonces Iago sonrió, como solo él sonreía, y algo en la cara de la chica se rompió. El desagrado se convirtió en ternura. Iago no necesitó defenderse ni explicarse. Le bastó ser él mismo para desarmar un prejuicio en segundos.
Evitamos el sufrimiento hasta en lo más pequeño, no queremos madrugar, ni hacer ejercicio, ni cocinar en casa cuando es más fácil pedir a domicilio. Y esa misma lógica, llevada al extremo, es la que casi le costó la vida a Iago antes siquiera de nacer.
La razón por la que Javier, Elia y yo hablábamos de cuestiones editoriales es esta: entre lágrimas, me acerqué a Javier después de escuchar su testimonio en el salón de la universidad. Ahí me contó que tenía un manuscrito listo para publicar sobre la vida de Iago, una historia que, sabía, merecía la pena ser contada. Y lo es.
Aunque no esté disponible aún para el público, El abrazo de Iago es un texto congruente y divertido que hilvana entre voces de Elia y Javier —que muy apropiadamente se llaman el padre y la madre en la historia para no quitar protagonismo a la verdadera estrella— el recuento de los ocho años de vida de Iago Bernacer, con sus altas y bajas, con sus idas al hospital y paradas cardiorrespiratorias, con sus grandes lecciones sobre el amor y la vida, y una invitación a abrazar el sufrimiento.
Iago murió. Pero seguirá vivo muchos años más en las lecciones que dejó. Lo escribo sin rodeos porque él tampoco le tuvo miedo a las cosas difíciles. A quien solo conozco por boca de su familia y a través de este fantástico texto, me dejó con ganas de recibir uno de sus abrazos especiales. Y me dejó, sobre todo, con el recordatorio de que cada ser humano merece ser bienvenido al mundo, venga en el estado en el que venga.