Ecos del abismo
En 1902, el escritor Jack London se disfrazó de indigente para escribir un reportaje sobre el East End, el barrio más pobre y miserable de Londres. Su experimento social quedó registrado en el libro La gente del abismo.
London retrata a esa “gente del abismo”, los indigentes, los desheredados y los marginados, como la “nueva raza” de las urbes industriales y mecanizadas: “La vida urbana es antinatural para los humanos”.
El reportaje enfatiza que la pobreza no es un accidente natural, sino la consecuencia directa de decisiones políticas, económicas y la manera en que la sociedad organiza su trabajo.
Varios pasajes y reflexiones resultan de una actualidad sorprendente a pesar de que ha transcurrido más de un siglo. Comparto algunos fragmentos:
Cuando describe la coronación de Eduardo VII en 1902, que bien podría aplicarse a los lujos y excesos de la clase política actual, señala:
“Prefiero creer que toda esta pompa, vanidad, ostentación e incalificable necedad viene del país de las hadas, antes que aceptar que es el comportamiento de gente cuerda y sensata que ha dominado la materia y desvelado los secretos de las estrellas”.
Sobre la vivienda digna, un debate de absoluta actualidad, escribe:
“Considero de justicia que, cuando menos, un hombre que hace su trabajo debe poder aspirar a un cuarto privado, donde poder cerrar la puerta y sentirse seguro; donde poder sentarse a leer o contemplar el paisaje por la ventana; donde poder entrar y salir si así lo desea; donde poder guardar algunas de sus pertenencias, aparte de lo que carga continuamente a su espalda o en los bolsillos; donde poder colgar la imagen de su madre, de sus hermanas, amantes, bailarinas, perros o lo que su corazón le reclame”…
Casi al final, London reflexiona sobre el capitalismo y la inequidad que genera, exacerbada como nunca en nuestros días:
“A pesar de que cinco hombres pueden hacer pan para un millar de personas; de que un hombre puede tejer algodón para 250, lana para 300 y hacer botas y zapatos para otro millar. Es como si 40 millones de personas se encargaran de administrar un enorme hogar y lo estuvieran haciendo mal. Los ingresos son los adecuados pero el reparto que viene a continuación los convierte en criminales. ¿Quién puede afirmar lo contrario cuando cinco hombres pueden producir pan para alimentar a mil individuos y sin embargo millones de personas no disponen del suficiente para alimentarse?”
La crítica de London resuena, más de un siglo después, por todos los barrios miserables de las urbes desiguales que hemos construido.
El abismo que describió el autor persiste y además se ha modernizado. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir llamándolo progreso.