Diez días después
Confieso que tardé en poder escribir sobre esto. La derrota contra Inglaterra me dolió más de lo que un señor de mi edad debería admitir. Tres a dos, octavos de final, en el Estadio Ciudad de México. Nos ganaron bien y punto. Habíamos llegado con cuatro victorias, ocho goles a favor, cero en contra, la primera eliminatoria superada desde 1986. Y luego, lo de siempre. O eso parecería.
Pero hay algo de estas semanas que no quiero dejar pasar, porque importa más que el marcador.
Durante un mes, millones de mexicanos que no nos ponemos de acuerdo en nada, ni en el rumbo del país, ni en el gobierno, ni en la hora de comer; gritamos la misma palabra al mismo tiempo. En las plazas, en las fondas, en los camiones. ¡México!. Sin preguntar primero por quién votó el de al lado.
El futbol no arregla nada. Pero nos recordó algo que la política se ha empeñado en hacernos olvidar: que el de enfrente es compatriota antes que adversario, y adversario antes que enemigo.
Digo que la política se ha empeñado porque hasta la defensa de México terminó partidizada. Cuando el periodista argentino Eduardo Feinmann declaró que detesta a los mexicanos y se burló de nuestro “ahorita”, la respuesta oficial no fue defender al país: fue usar la ofensa para golpear a la derecha mexicana. Y la oposición, que tampoco es inocente, lleva años tratando de ignorantes o de cómplices a millones de votantes. Ya no sabemos defender a México sin usarlo de arma contra otros mexicanos.
A Feinmann, por cierto, no vale la pena responderle con insultos a los argentinos; sería hacer exactamente lo que le reclamamos. Quien reduce a este país al narco y a un modismo no describe a México: describe su propia ignorancia. “Ahorita” (esa palabra que tanto le molesta) la entiende cualquiera que haya visto a una comunidad organizarse después de un huracán. Significa que las cosas se hacen, a nuestro modo y a nuestro tiempo, pero se hacen.
Octavio Paz escribió que a los mexicanos nos conmueve más la entereza ante la adversidad que el brillo de la victoria. Llevo días dándole vueltas a esa frase. La entereza es una virtud, sí. Pero en algún momento la convertimos en costumbre: jugamos como nunca, perdemos como siempre, nos levantamos, aplaudimos nuestra propia dignidad y esperamos la siguiente derrota. ¡ Ya estuvo !
Yo quisiera que empezáramos a hablar de un Sueño Mexicano. No la copia individualista del sueño americano, sino algo más nuestro: que una muchacha de Guadalajara, un estudiante de la Mixteca o una científica de Chiapas puedan crecer sin irse, sin negar de dónde vienen y sin pedir permiso para pensar en grande. Los antiguos calpullis entendían algo que se nos olvidó: que el destino de cada quien está amarrado al de su comunidad. Un calpulli de hoy sería una escuela, una universidad y las empresas de una región poniéndose de acuerdo para detectar talento y empujarlo. Sin preguntar por quién votó nadie.
El Mundial demostró que este país todavía puede concentrar toda su energía en una causa común. La pregunta que me quedé haciendo estos diez días es qué pasaría si esa energía no dependiera de once muchachos en una cancha.
El marcador ya no se mueve. Ni lo que significa el, y si sí. Perdimos un partido. Sería una pena perder también esto otro. ¿y si sí, cambiamos al país?