Ideas

Las dos manos de la Presidenta

Decía un viejo adagio político mexicano que había que gobernar como peleaba el gran José Ángel “Mantequilla” Nápoles, el boxeador cubano-mexicano campeón mundial de peso welter: Se finta con la izquierda y se noquea con la derecha. David Konsevik, el analista y conferencista argentino que murió hace unos días en Ciudad de México lo decía de manera más elegante: “el poder es como el violín, se toma con la izquierda, pero se ejecuta con la derecha”. Él contaba habérselo dicho a un entonces recién electo presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en una reunión en Davos.

En el fondo es la misma idea. Unos más, otros menos. Todos los presidentes de la era priista, de Miguel Alemán a Ernesto Zedillo, fintaban con políticas de izquierda, al grado de enamorar a no pocos izquierdistas mexicanos y latinoamericanos que creían que el PRI era realmente un partido revolucionario, pero siempre ejercieron el poder con mano dura y, sobre todo, cerca de Estados Unidos.

Claudia Sheinbaum parece estar haciendo lo mismo. Con la mano izquierda escribe discursos incendiarios y proclamas de izquierda y con la derecha aplica políticas económicas neoliberales que Carlos Salinas no hubiera imaginado, y una política de seguridad que envidiaría Felipe Calderón, pues está siendo mucho mejor ejecutada por un personaje, Omar García Harfuch, que aprendió en el sexenio del panista, pero que tiene el gen político del viejo PRI.

Una buena parte de eso que llaman el “estilo personal de gobernar” no es otra cosa que la circunstancia. Claudia Sheinbaum no podía simplemente seguir las políticas de su antecesor y mentor. No porque no quisiera, sino porque no es viable. La falta de crecimiento económico, la expansión del crimen organizado en los territorios y la incapacidad del Estado para reducir la violencia letal llevó a la Presidenta a tomar decisiones que nada tienen que ver con políticas públicas de izquierda. Aunque el discurso de la Presidenta no cambia, y suena cada vez más como una aburrida y plana repetición del sexenio anterior, la apertura a la inversión privada en el sector energético, la batalla por el libre comercio y la atención permanente a la inversión extranjera y las calificadoras internacionales son evidencia de un corrimiento, no por necesario menos contradictorio, hacia la derecha. La política de seguridad con plena colaboración con las agencias, que fue impuesta por la circunstancia y la presión de Donald Trump, es, curiosamente, lo que hoy más presume el Gobierno de izquierda.

¿Esquizofrenia o equilibrio? Ahora sí que depende de quién lo lea. Para los románticos y los puristas del movimiento obradorista se trata sin duda de una traición a los principios y al pensamiento (cualquier cosa que se entienda por ello) del ex presidente López Obrador. Son ellos mismos los que han iniciado una campaña en redes en contra del secretario de Seguridad Ciudadana a quien acusan de estar detrás o al menos ser parte de la persecución de gente cercana al presidente, primero Adán Augusto López, luego Rubén Rocha Moya y ahora el mismísimo heredero, Andrés Manuel López Beltrán. Para los pragmáticos del régimen el corrimiento a la derecha es una necesidad y una estrategia de sobrevivencia. Si la Presidenta quiere ganar la pelea tendrá que seguir fintando con la izquierda, y si al final Sheinbaum impone a García Harfuch como candidato de Morena, habrá noqueado a los obradoristas literalmente con un derechazo.

Por lo pronto hay que desempolvar el manual de las reglas no escritas del PRI (la contradicción de términos es parte de su gracia) porque todo parece indicar que es eso, un régimen pragmático, autoritario y de partido hegemónico, y no otra cosa, lo que está construyendo la llamada Cuarta Transformación.

diego.petersen@informador.com.mx

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