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Trump y el poder de nombrar

Tras las primeras amenazas de Trump, todavía con Peña Nieto en la presidencia, Carlos Slim dijo que no había que temerle: “Trump no es ‘Terminator’, es ‘negociator’”, dijo el empresario mexicano. Y tenía razón, si algo define al presidente estadounidense es su forma de presionar para poner al otro en una posición de debilidad que lo obligue a negociar más allá de lo que originalmente planeaba hacerlo. Se va al extremo y cuando recula siempre gana terreno. Esa forma de negociar le valió el mote de TACO (las iniciales de “Trump Always Chiken Out”, o lo que es lo mismo, Trump siempre se raja). El mundo le ha ido tomando la medida y es cierto que hoy intimida menos: ya nadie corre al grito de “ahí viene el lobo”. Su absurda guerra en Irán es una muestra de la pérdida de eficiencia de sus amenazas. Las tres semanas en las que calculó acabar con la guerra se convirtieron ya en seis meses.

El Trump actual sigue siendo un “Negociator” pero con una carga populista mucho mayor. El Trump del primer periodo, ese que tanto dicen extrañar López Obrador y su hijo NoMeDiganAndy, era el mismo rey del bullying político, pero ciertamente era más institucional. 

Si algo aprendió Trump de los populistas es que el poder se ejerce desde la palabra. Como él no es un gran orador sino más bien torpe y poco emotivo en su discurso, su estrategia ha sido el uso de la semántica y del poder de nombrar. Renombrar para anular la identidad ha sido una estrategia del poder desde hace miles de años. Quizá la más famosa es la de Adriano, el emperador romano que, en el año 135 tras aplastar una rebelión (liderada por Simón Bar Kojbá, apodado “El hijo de la estrella” y reconocido por algunos rabinos como el verdadero mesías) rebautizó la provincia de Judea como Siria Palestina y a Jerusalén le puso Aelia Capitolina. Su objetivo fue anular la identidad judía del territorio.

A Donald Trump le encanta jugar a renombrar como una forma de hacer sentir su poder, tal como han hecho López Obrador y Claudia Sheinbaum con la Glorieta de Colón o con el Paso de Cortés. Trump comenzó con el Golfo de México al que obligó a los estadounidenses a llamarle Golfo de América. Lo mismo hizo con el Lago Ontario al que rebautizó de un plumazo -literal- como Lago América y se refirió a Canadá como el Estado 51. Más recientemente propuso llamarle Nueva América a Nuevo México e insinuó en una rueda de prensa que al Estrecho de Ormuz lo llamaría estrecho de Trump. La última “puntada” fue publicar un mapa donde México y Canadá aparecían anexados a Estados Unidos. 

Aceptemos que no es muy creativo para eso de los nombres, pero si algo tiene claro hoy el presidente estadounidense es que no hay mayor poder que el poder de nombrar. Detrás de lo que parecen simples ocurrencias hay una violencia semántica brutal.

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