Ideas

Pueblo Quieto, comunidad agitada

¿Es Pueblo Quieto una comunidad de gente pacífica que se asentó en las vías del tren porque no tenía otra opción para vivir o es un enclave del crimen organizado que ha burlado la ley con el pretexto de que viven en una zona federal donde ni el municipio ni el Estado tienen jurisdicción? Ambas cosas son ciertas. El problema, como suele suceder en estos casos, no es que lo que digan sea falso, sino lo que no se dice.

Pueblo Quieto nació hace décadas, 60 años según dicen los pobladores, por lo que muy pocos de los fundadores siguen vivos. Lo que era una solución temporal, un enclave de vivienda apostada sobre las bardas de los vecinos de la vía de tren, se volvió permanente. Las diez o doce familias que llegaron en los años sesenta del siglo pasado ahora son 300, y los tranquilos pobladores que solían repetir que aquello era un pueblo quieto de gente buena, dejaron de serlo y se convirtió en un enclave primero de ladrones (esto no es un mito, lo sé de primera mano) y después de crímenes mucho más delicados, como secuestro, distribución de drogas y posesión de armas de fuego (todo esto ha sido documentado por los medios y por operativos policiales). La fama no es gratuita ni un invento de los medios. El crimen alteró la vida de la comunidad y de los vecinos.

¿Eso significa que todos los pobladores son violentos o delincuentes? Por supuesto que no, y por ello es muy importante que la reubicación se haga con tiempo, diálogo y certeza jurídica. La coyuntura para desmantelar esa vieja invasión es la construcción del nuevo tren de pasajeros de Ciudad de México a Guadalajara, más allá de ello, tiene toda la razón el gobernador Pablo Lemus en entrarle al toro por los cuernos. Esto es algo que debió haberse hecho hace muchos años.

Una decisión de esta magnitud representa retos enormes. Podemos coincidir en principio que mover a todos los habitantes a un mismo lugar es una forma de mantener el tejido social de esa comunidad, pero hacerlo es mudar no solo las virtudes, sino también los vicios. No es que existan buenos y malos, y se puedan separar como piedras en el arroz, sino que la comunidad ha desarrollado una convivencia con el crimen absolutamente natural pues el malandro puede ser el hijo, el cuñado o el vecino y la complicidad se convirtió en el pan de cada día.

Ojalá esta mudanza sea un ejemplo de que las cosas desde el gobierno se pueden hacer bien, con firmeza, pero sin abusos, con más conocimiento que prejuicios y con más antropología que policía.

Temas

Sigue navegando