Morena y los movimientos sociales
Una de las obsesiones de López Obrador era monopolizar la izquierda. En su discurso solo era de izquierda aquel que estaba de acuerdo con él y sus personalísimas decisiones. Su mundo se dividía en la izquierda obradorista y los demás, all others, como en fila de aeropuerto, a los que llamaba conservadores. Tuvo el descaro de llamar conservadores a los zapatistas por oponerse a las obras del Tren Maya.
Claudia Sheinbaum no tiene ese descaro, o quizá sí lo tiene y lo que le falta es fuerza política para definir desde el púlpito mañanero cuáles movimientos sí son de izquierda y cuáles no. Dicho de otra manera, cada vez son más los movimientos sociales que se le salen del huacal morenista. Le está costando mucho trabajo a la presidenta contener las expresiones de izquierda que no comulgan con el pragmatismo obligado de un gobierno acorralado por la situación económica y el contexto internacional, y un partido que atrae a la peor escoria política porque de ahí emanan las mieles del poder.
Poco a poco, sin hacer aún demasiado ruido, vemos emerger expresiones de izquierda que no caben ni quieren ser parte de Morena. Por un lado, los más radicales, aquellos que han estado cerca de los movimientos armados y otros que, desde los territorios concretos, se rebelan contra las decisiones de un Gobierno que no los representa y que los ha tratado como enemigos. En los ocho años que lleva Morena en el poder los asesinatos y agresiones de defensores del territorio lejos de disminuir aumentaron, debido, por un lado, al crecimiento territorial del crimen organizado y, por el otro, al ataque y desprecio de los gobiernos de Morena por todos aquellos que no se alinean a las decisiones gubernamentales.
En un país donde ser de oposición es un delito digno de persecución por parte de la consejería jurídica de la Presidencia de la República y donde los partidos de oposición arrastran un enorme desprestigio, son los movimiento sociales de madres buscadoras, de defensores del territorio, de defensa de los derechos de las comunidades, de opositores a las obras de infraestructura no socializadas y los movimientos de izquierda que no caben en la concepción corporativa de Morena, los que comienzan a conformar un mosaico de inconformidad. Están lejos, por supuesto, de significar una amenaza para el poder omnímodo de Morena, pero son las expresiones que dejan ver claramente que no es lo mismo la base electoral que la base social.
Los intelectuales orgánicos del obradorismo, la mayoría con una visión chilangocentrista y desde la superioridad moral que les otorga estar “del lado correcto de la historia” (en realidad solo están del lado correcto del presupuesto) se devanan los sesos para entender por qué, los que se supone que deberían de ser los más beneficiados con un Gobierno de izquierda, no solo no están agradecidos, sino que cada que la presidenta sale de gira por el país la increpan con demandas y problemas que no se ven ni se escuchan dentro de las paredes del Palacio.
Los movimientos sociales no son una amenaza electoral para Morena (al menos no en el corto plazo) pero sí para la gobernabilidad del país.