El grito, un ritual republicano hecho con retazos de monarquía
El Grito de la Independencia, celebrado en todos los rincones del país cada noche del 15 de septiembre, conmemora algo que sucedió el 16, a ras de tierra y en una iglesia de un pequeño poblado llamado Pueblo de Nuestra Señora de los Dolores, en Guanajuato, hoy conocido como Dolores Hidalgo. El grito, que vemos como una celebración republicana, tiene, curiosamente, su origen en ideas y formas monárquicas.
El primero en decretar el 16 de septiembre como Día de la Independencia fue Guadalupe Victoria, quien por cierto no nació con ese nombre, sino con el de José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix. Fue en el momento en que se unió a la lucha de la Independencia en 1811 que se cambió el nombre a Guadalupe, en honor a la virgen y al estandarte usado por Hidalgo en el inicio de la guerra libertaria, y Victoria por su deseo de triunfo de las fuerzas insurgentes (la verdad, con ese nombre, la pregunta es por qué no se lo cambió antes).
Guadalupe fue el primer presidente de México ya como república en 1824, tras el fallido imperio de Iturbide, y fue él quien, un año después, decretó que fuera el 16 de septiembre, fecha del inicio de la rebelión del cura Hidalgo, el día de fiesta nacional y ordenó que se celebraran verbenas populares en todo el país. Si viviéramos en un lugar normal (Villalobos dixit) la celebración debería ser sin duda el 22 de septiembre, fecha en que se firmó la Independencia del país, pero seguramente el mal trago que significó el imperio de Iturbide fue motivo suficiente para olvidar esa efeméride.
Los días 16 había verbena y nada más, hasta que Antonio López de Santa Anna decidió, en algún momento de la década de los cuarenta del siglo XIX, que la fiesta comenzara desde el 15 en la noche. Cuando llegó Maximiliano de Habsburgo impuso la costumbre de la realeza europea de salir al balcón a saludar al pueblo en el día de la fiesta nacional, una tradición monárquica que nuestros presidentes liberales y revolucionarios, tan dados todos a los símbolos del poder, adoptaron con singular alegría. Juárez, en plena huida al Norte con la república a cuestas y el tesoro nacional en una carreta, aprovechó la celebración de la independencia, que lo agarró en lo que hoy es Mapimí, en Durango, para arengar al pueblo en contra de la invasión francesa, con lo que le dio un nuevo sentido político al grito.
Porfirio Díaz, el liberal que quiso ser rey, no solo instituyó oficialmente la costumbre europea de salir al balcón sino que hizo trasladar la campana de Dolores a Palacio Nacional e hizo del grito un ritual perfectamente establecido tal y como hoy lo conocemos: el día 15 de septiembre (era su cumpleaños, pero seguramente eso es mera coincidencia) a las 11:00 de la noche, lanzando vivas a los héroes y a la Patria misma mientras hacen repicar la campana.
El ritual republicano por excelencia está hecho de retazos monárquicos, pero eso a quién le importa.
Viva México, lo demás es lo de menos.