Con Nicaragua y sin Lula
En abril pasado, se celebró una especie de cumbre de las izquierdas en Barcelona: “En defensa de la democracia”. Por allí desfilaron Gustavo Petro, de Colombia; Pedro Sánchez, como anfitrión; Lula, de Brasil; Yamandú Orsi, de Uruguay, y Claudia Sheinbaum. De aquí a un par de meses es posible —hoy diríamos que probable— que solo la mexicana y el uruguayo permanezcan en el poder. Los otros tres habrán perdido sus respectivos intentos de reelección.
Aclaro: de haber sido brasileño, habría votado por Lula; de ser español, sufragaría por Sánchez y el PSOE el 29 de noviembre. Lula se llevó una tremenda paliza el domingo y, aunque nada esté escrito, se ve difícil que convenza a un número suficiente de abstencionistas o de votantes en blanco o nulo para remontar la ventaja de Flavio Bolsonaro. Existen decenas de explicaciones de la debacle del Partido dos Trabalhadores, empezando por el cansancio: es la séptima vez que Lula figura en la boleta, y su primera campaña tuvo lugar en 1989, cuando en México, por ejemplo, era presidente Carlos Salinas.
Asimismo, aunque las encuestas anuncien la victoria de las derechas en España, Sánchez tiene nueve vidas y no es imposible que vuelva a lograr formar Gobierno, rebasando así en longevidad en La Moncloa a Felipe González. No conviene descartar ni a Lula ni a Sánchez.
Pero tampoco conviene apostarles nuestro resto. López Obrador sí le apostó a Trump y a Díaz-Canel, pero no le importaba mayormente la política exterior. A Sheinbaum tampoco, pero se ha comprometido más con esta ideologización de las relaciones internacionales que tanto daño ha hecho a México y al resto de América Latina. El ejemplo más reciente radica en la confusa, retorcida y penosa actuación de México en la OEA sobre el tema de Nicaragua.
Como se recordará, mediante una abstención, manifestamos nuestra reticencia ante una reunión de ministros sobre el asunto. Luego, cabildeamos para que se pospusiera lo más posible la reunión y se descafeinara lo más posible el proyecto de resolución; acabó siendo un simple saludo a la bandera. Y, por último, Relaciones Exteriores, con Brasil y Uruguay, se sacó de la manga una maniobra hábil, pero vergonzosa. Para evitar votos en contra, la Presidenta de la reunión pidió adoptar la resolución por consenso o aclamación, pero México pidió incluir una nota al pie de página o reserva.
Se basó en dos tesis, una falsa y una redundante. El embajador Encinas insistió en que la situación política interna de Nicaragua, incluyendo la represión, la cancelación sine die de elecciones, la desnacionalización de opositores, la tortura y el exilio masivo, constituye un conjunto de hechos reprobables, pero no una amenaza para la paz y la seguridad regionales. En primer lugar, ¿qué tanto es tantito? ¿Cuántos expatriados, torturados y asesinados necesita la SRE para que sí haya amenaza? En segundo lugar, ese es un criterio del Consejo de Seguridad de la ONU (artículos 39 y 41 de la Carta), no de la OEA, precisamente debido a la existencia de la Carta Democrática Interamericana, firmada tanto por México como por Nicaragua. Las violaciones a la Carta representan motivos suficientes para invocarla, aplicar sanciones y adoptar medidas diversas.
Pero la verdadera razón para deslindarse del consenso fue otra, confesada a medias por Encinas. Los aliados vergonzantes de Cuba —Brasil y México, que, teniendo petróleo, ya no se lo venden ni regalan a la dictadura castrista— temen que cualquier sanción contra Nicaragua por un tema de democracia se convierta ipso facto en la legitimación de un acto agresivo de Washington contra La Habana.
Como si Marco Rubio y Trump requirieran de la aprobación de la OEA o de México para hacer lo que quisieran en Cuba, Venezuela, Ecuador o donde fuera. México se convirtió en un aval vergonzoso de Daniel Ortega, dizque para proteger a otro dictador. Pero lo más grave no es eso.
Se entiende que cualquier gobierno posea simpatías y debilidades por algunos de sus pares. Pueden ser ideológicas, regionales, culturales, militares o de cualquier naturaleza. Sheinbaum se entiende mejor con Lula que con Milei: lógico. Pero, a fuerza de simpatizar con unos y ser indiferente con otros, esencialmente por motivos ideológicos y de antiamericanismo, Sheinbaum está aislando a México. Hugo Chávez comenzó con la ideologización de la política exterior latinoamericana hace un poco más de veinte años, después de que las dictaduras del continente y Estados Unidos lo hicieran en los años sesenta. Nada bueno salió de dichos intentos. En lugar de solidarizarse con dictaduras o encariñarse con aliados en declive, Sheinbaum haría bien en buscar los puntos comunes con la derecha latinoamericana, que muy posiblemente gobierne en toda la región de aquí a unas cuantas semanas. Ni modo.
X:@JorgeGCastaneda