Colombia y el voto de castigo
Colombia acaba de dejar una de las lecciones políticas más importantes de la década. No porque haya ganado la derecha. Tampoco porque haya perdido la izquierda. Lo relevante es que el primer Gobierno de izquierda de su historia moderna fue castigado en un solo periodo presidencial. Apenas cuatro años después de haber representado una ruptura histórica, el proyecto de Gustavo Petro enfrentó un voto de rechazo suficiente para abrirle la puerta a Abelardo de la Espriella, un outsider que hizo de la seguridad, el orden y el desencanto ciudadano el centro de su campaña.
La lectura inmediata será ideológica. Habrá quienes hablen de una nueva ola conservadora en América Latina. Otros dirán que se trata del fracaso de la izquierda. Ambos podrían estar mirando apenas la superficie.
La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿y si los ciudadanos ya no están votando por convicción ideológica, sino castigando a quienes gobiernan?
Porque el fenómeno no es exclusivamente colombiano.
Argentina castigó al peronismo. Chile castigó a la izquierda gobernante. Ecuador giró después del correísmo. Bolivia atraviesa una crisis interna de su proyecto político dominante. Y ahora Colombia hace exactamente lo mismo.
Lo que observamos no es una línea histórica avanzando hacia la derecha o hacia la izquierda. Observamos un péndulo.
Las sociedades depositan esperanza en una élite política. Esa élite llega prometiendo corregir los excesos de la anterior. Con el tiempo acumula desgaste, frustraciones y promesas incumplidas. Entonces aparece una nueva fuerza que promete corregir a quienes antes prometían corregirlo todo.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
Por eso resulta tan revelador que la elección colombiana haya sido una de las más cerradas de su historia reciente. La diferencia entre ambos proyectos fue menor a un punto porcentual. Más que una victoria contundente de un modelo, lo que emerge es una sociedad partida prácticamente por la mitad.
Ese dato importa.
Porque cuando una elección se define por márgenes tan estrechos, el ganador obtiene el gobierno, pero no necesariamente la hegemonía cultural ni política.
De la Espriella llegará a la presidencia con la responsabilidad de gobernar un país profundamente polarizado. Y ahí radica el verdadero desafío: la campaña se gana movilizando emociones; el gobierno se sostiene administrando realidades.
La lección para América Latina es más profunda.
Durante décadas analizamos la región preguntándonos por qué avanzaban determinadas ideologías. Quizá la pregunta correcta sea otra: ¿por qué las sociedades están perdiendo tan rápido la paciencia?
Los gobiernos solían tener una década para consolidarse o desgastarse. Hoy parecen tener apenas un periodo. La velocidad de las expectativas supera la velocidad de los resultados.
Y cuando eso ocurre, el elector deja de ser militante para convertirse en juez.
El problema de las élites no es perder elecciones; es no entender cuándo dejaron de representar esperanza y empezaron a representar deuda.
Por eso Colombia importa. No porque marque el triunfo definitivo de una corriente política sobre otra. Sino porque confirma algo más grande: el péndulo latinoamericano sigue en movimiento, y las élites, cualquiera que sea su origen, duran cada vez menos antes de enfrentar el veredicto ciudadano.