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¿Aliado o enemigo?

La postura planteada por la Presidenta Claudia Sheinbaum el domingo pasado, al conmemorar el segundo año del triunfo electoral que la convirtió en la primera Presidenta de la República Mexicana (el aniversario es justo este 2 de junio), dejó, con su discurso de corte radical, un gran caudal de lecturas y análisis. 

Sin embargo, en el fondo de la discusión sobresale una pregunta que nos hemos planteado muchas veces a lo largo de décadas, sin que haya una respuesta definitiva: ¿Estados Unidos es un aliado o un enemigo?

Este breve espacio no pretende competir con los profundos y detallados estudios sociológicos, históricos, culturales y económicos que ya existen y fueron elaborados por especialistas en cada materia.

Sin embargo, en el preciso momento por el que atraviesa el país, tiene validez preguntarnos de nuevo: ¿los vecinos norteamericanos son amigos o enemigos?

Ayer mismo y unas horas después de la acusación lanzada por la presidenta Sheinbaum desde el Monumento a la Revolución, indicando que desde Estados Unidos se pretende manipular las elecciones del año 2027 con base en acusaciones de narcotráfico a un gobernador, un alcalde y un senador morenistas, junto con otros funcionarios y ex funcionarios que colaboraron con el gobierno sinaloense, hubo dos señales de cambio de postura.

La Presidenta compartió primero, en su mañanera, que “no cree” que Donald Trump esté detrás de la campaña contra México. Sí hay campaña -se deduce- pero el malvado no es Trump.

Y más tarde, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, declaró que las negociaciones para la revisión del T-MEC serán “más complicadas” que las anteriores, también bajo mandato de Trump pero con Andrés Manuel López Obrador como presidente. Añadió, y no es detalle menor, que Canadá no está aún en la mesa de negociación.

Y para cerrar la jornada, el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, publicó un mensaje en redes sociales: “La lucha contra los cárteles debe unirnos, no dividirnos. Las personas en ambos lados de nuestra frontera desean vivir con seguridad y en paz. Merecen vivir libres de la intimidación, la corrupción y el miedo que generan los cárteles”.

La vecindad con los Estados Unidos es una carga y una ventaja.

El Gobierno estadounidense vive un proceso particularmente complejo no sólo en su dinámica interna, sino también en su relación con el mundo. La pretensión del “Make America Great Again”, el lema de Trump, sus simpatizantes y las élites que lo acompañan, es un intento de resistir la historia. Pero es irrealizable.

En esa dinámica y sus consecuencias, México es un testigo obligado y al lado. Puede aprovechar el momento o padecerlo.

Sin embargo, si la Presidenta Sheinbaum y las élites que la respaldan mantienen la doble postura del discurso nacionalista para el pueblo y la negociación secreta en el despacho para el gobierno, nos someten a una más riesgosa polarización.

El mensaje de Johnson no tiene lecturas entre líneas: “La lucha contra los cárteles debe unirnos”.

El problema real que tenemos en México -y en buena medida en Estados Unidos, aunque de dimensión menor- es que los cárteles están infiltrados en los espacios de Gobierno. Tomar la decisión correcta implica la amputación de una parte de la clase gobernante, o se apela a la indignación soberana y se deja que el Gobierno todo, se corrompa.

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