Ahora sí tenemos parque
En el verano de 1847, México atravesaba una de sus horas más difíciles. El Ejército estadounidense avanzaba sobre la capital y, en Churubusco, al Sur de la ciudad, un antiguo convento se convirtió en trinchera. Después de una resistencia feroz, los defensores mexicanos agotaron sus municiones. Cuando el general estadounidense David Twiggs exigió la entrega de las municiones, el general Pedro María Anaya habría respondido con una frase que atravesó la historia: “Si hubiera parque, usted no estaría aquí.”
Durante mucho tiempo, esa frase fue leída como lección de dignidad en la derrota. México tenía valor, tenía causa, tenía hombres dispuestos a resistir. Faltó la materia concreta con la que una nación convierte su dignidad en defensa, su voluntad en capacidad, su razón en fuerza: la capacidad humana y material para competir.
Entonces empezó a formarse una perspectiva nueva: fortalecer a México desde dentro, hacer de sus capacidades, sus obras y su visión de futuro la base de una autonomía verdadera. Después de atravesar largos ciclos de estabilidad y ruptura, después de una Revolución que rehizo el pacto social; después de levantar instituciones nacionales y multiplicar su población más de once veces, México entró al siglo XXI con otra estatura. Como un país fuerte, complejo y protagónico: con territorio, industria, talento, juventud, tratados comerciales, experiencia exportadora, cultura de trabajo, corredores productivos, litorales y una ubicación que el nuevo mapa del mundo vuelve decisiva.
Ahora sí tenemos parque.
El parque de nuestro tiempo tiene otros nombres: talento, capacidad manufacturera, energía, agua, infraestructura, ciencia, tecnología, educación técnica, financiamiento, proveeduría nacional, seguridad logística, instituciones, Estado de derecho y visión de largo plazo. No se guarda en arsenales; se construye en fábricas, escuelas, laboratorios, puertos, carreteras, parques industriales, universidades, tribunales, comunidades y regiones que despiertan a una nueva vocación productiva.
Ha quedado atrás el resentimiento para dar lugar a una visión más sólida de nosotros mismos. La anécdota sigue siendo útil para recordar la importancia de contar con recursos propios y suficientes y hacer de eso un objetivo estratégico permanente del Estado Mexicano. Esa fuerza es la que nos permite convivir en armonía con nuestro vecino a pesar de las turbulencias de la superficie, porque tenemos con qué ir adelante sin perdernos en disputas estériles. Es la hora de armonizar los intereses en una región que está llamada a ser una de las grandes plataformas industriales, energéticas, tecnológicas y comerciales del siglo XXI.
La integración complementaria de nuestras naciones nos fortalece a ambos. Lo que falta es ajustar la forma de operar frente al mundo, en una época de cambio de reglas económicas con profundas consecuencias políticas. Las diferencias y los conflictos existen, pero no son disputas irresolubles: son tensiones que debemos ordenar con inteligencia, visión y sentido de futuro. América del Norte será más competitiva si México cuenta con energía suficiente, carreteras seguras, proveedores sólidos, puertos eficientes, talento especializado, regiones prósperas e instituciones capaces de sostener la confianza.
Tenemos parque y debemos desplegarlo mejor mediante la educación, la innovación, la productividad y la inteligencia estratégica.
La vecindad con Estados Unidos, tantas veces vivida como presión, puede convertirse en ventaja histórica si México fortalece sus capacidades internas y actúa con ambición serena: producir más, innovar más, integrar más valor nacional, formar más técnicos, ordenar mejor el territorio, proteger mejor las rutas y hacer que cada inversión deje conocimiento, empleo digno y arraigo regional.
Ahora sí tenemos parque, pero hay que usarlo bien, dejando de lado cuestiones ideológicas o visiones parciales, poniendo el interés nacional adelante siempre. Convirtiendo en política, ejecución, infraestructura, confianza y futuro cada decisión. Hay que hacerlo visible en las regiones que esperan desarrollo, en los jóvenes que buscan oportunidades, en las empresas que quieren crecer, en las comunidades que necesitan bienestar, en las instituciones que deben funcionar.
La soberanía se demuestra cuando un país tiene con qué producir, con qué negociar, con qué innovar, con qué proteger a su gente y con qué compartir prosperidad sin renunciar a su dignidad.
Ahora sí tenemos parque. Y si sabemos convertirlo en más industria, mejores instituciones, conocimiento y confianza, haremos más respetable nuestra posición. Construiremos el destino junto con quienes entiendan que el futuro común vale más que cualquier vieja rivalidad.