Ideas

Secretos y mentiras

“Mentimos toda la vida, incluso, sobre todo, quizá solamente, a los que nos aman”, escribió Proust en “La fugitiva”, un texto “que no es más que un grito de angustia, una persecución encarnizada de la muchacha que huyó y una investigación celosa y dolorosa de su pasado”, como lo señala Józef Czapski en “Proust contra la decadencia” (Siruela, 2012).

“Cuando mi amada jura que está hecha de la pura verdad, le creo a pesar que miente y le dejo creer que soy un joven sin guía, inexperto en este mundo lleno de falsas sutilezas.

“Pienso así, vanamente, que me cree más joven, aunque sabe que ya han pasado mis mejores años. Simplemente le doy crédito a su falsa lengua y, de una y otra parte, negamos la simple verdad.

“Pero, ¿por qué́ ella no me dice que es indigna?, ¿por qué́ no le digo que soy viejo? ¡Ah! La mejor de las costumbres del amor es aparentar confianza y, sobre la edad, al amor no le gusta saber cuántos se cumplen.

“Por lo tanto, yo le miento y ella a mí y, así, con nuestras mentiras nos halagamos”, tal como juega con las mentiritas y desarrolla, como pueden ver con un buen sentido del humor el “Soneto 138” como lo hice en Shakespeare. “Sonetos”, (Asterisco 1, 2017).

En la obra de Proust, el Narrador intentó saber la verdad de las mentiras de Albertina, en particular, cuando la tuvo como prisionera en su casa del Faubourg Saint-Germain en París, así como, después de muerta, interrogando a esos que la conocieron, como a su amiga Andrea, otra de las muchachas en flor de Balbec. Proust analiza en detalle el mundo de la mentira y todo lo que usted quisiera saber respecto del duelo, así como, la mejor manera de librar el dolor y la tristeza cuando se ha muerto un ser querido.

Podemos crear un catálogo de mentiras empezando por las verdades a medias, como esas que decía Albertina para encubrir su vida amorosa, como lo sospechaba el Narrador que la tenía con otras mujeres, seguida de las mentiras no tan piadosas que él le disparaba a quemarropa para ver si se tragaba el anzuelo y escupía la verdad.

Ramón Campoamor decía que “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” y, a partir de esto, podemos clasificarlas empezando con las decimos cuando ‘negamos la simple verdad’ antes de las mortales, como las que dicen los políticos, confundiendo ‘lo posible’ con ‘lo real’, como las ‘seis mentiras al día’ que le han contabilizado a Trump (potencial récord Guinness), ‘el misógino’ que, además, miente compulsiva y patológicamente falseando la realidad sin importarle la distorsión que sufre su imagen, escudado por su delirio de grandeza y que responde “redoblando la apuesta” cuando queda expuesto o sus políticas fracasan, como dice Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía.

Los mitómanos adaptan sus ficciones a su conducta para poder mantener su papel frente a la sociedad y sostener la estructura de sus engaños como torres hechas con cartas de la baraja española.

Por Proust sabemos que es mejor no conocer los secretos de la pareja como él trató de hacerlo y que le resultó fatal, como en esas Escenas de un matrimonio de Bergman, cuando uno de ellos intercepta los secretos del otro y los interpreta a su manera, disparando la bala de la ‘ruleta Rusa’ que acabó con esa relación.

Vivimos entre secretos y mentiras y Proust nos deja con la duda de si eso que se imaginaba era cierto o falso pues parece que para describir en detalle todo ese mundo de mentiras, cambió varias veces el color los cristales con los que miraba a Albertina, en un ‘grito de angustia y persecución encarnizada’ que finalmente acabó con su vida, envuelto en su obra maestra.

Nosotros preferimos pensar que nos mentimos y, así, con nuestras mentiras nos halagamos.

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