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Derecho universal a la carencia

Hace unos años, durante una reunión de antropólogas y antropólogos mexicanos, franceses y cubanos en la Habana, a alguien se lo ocurrió preguntar cómo median la pobreza y la desigualdad en Cuba. La respuesta contundente de los cubanos fue que en ese país no había pobreza, pues todos tenían acceso a la salud, una casa y una ración de comida. Pero la gente se queja de que el servicio de salud es cada día más corrupto, que hay que dar dinero para ser atendidos y que no hay medicinas, dijo una de las antropólogas. Es cierto, contestó el cubano, cada día hay más escasez de medicinas y problemas de atención, pero todos tienen derecho. Que no se mida la pobreza y la desigualdad no significa que no existan; que haya acceso universal a la salud y extraordinarios médicos no significa que todos tengan atención médica, mucho menos que ésta sea de calidad.

Por decreto, en este país todos los mexicanos tienen acceso a la salud a partir del 1 de diciembre.

Todos los hospitales públicos están obligados a atender lo que llaman población abierta, es decir a quienes no sean beneficiarios de algún sistema específico, lo cual es sin duda una buena noticia, pero una cosa es tener consagrado el derecho y otra tener garantizado el servicio. Cuando el derecho es sólo en papel se llama demagogia.

Dinamarca gasta anualmente en salud el equivalente a 11 por ciento de su PIB; México sólo 2.5 por ciento. 

No diferenciar el derecho a la salud y el acceso a servicios de salud es una confusión que puede ser terrible, no sólo porque es un engaño, sino por lo que implica para las instituciones de salud estar obligadas a prestar un servicio sin tener las condiciones para ellos. Todo el sistema de salud se verá sometido a una gran presión y los principales afectados serán los miembros del personal médico y de enfermería.

Si de verdad queremos una sistema de salud como el de Dinamarca, modelo que utilizaron el presidente para exponer su deseo y las redes para pitorrearse del presidente, tenemos que comenzar por entender, primero, que un modelo de salud de ese tamaño no puede ser centralista, se necesita del concurso de los municipios, los estados y la federación para que realmente sea eficiente. Pero, sobre todo, que requiere mucho presupuesto. Dinamarca gasta anualmente en salud el equivalente a 11 por ciento de su PIB; México sólo 2.5 por ciento. Puesto en pesos contra pesos, el gasto por habitante en Dinamarca es cerca de 130 mil pesos por habitante al año, en México sólo 5 mil. Es decir, si de verdad queremos ser como Dinamarca en salud tenemos que gastar 26 veces más de los que gastamos hoy. La pregunta es obvia ¿de dónde charcos si no llueve?

Sin una reforma fiscal, el acceso universal a la salud es una quimera. Cuando Santiago Levy lo planteó hace unos años, Salud propuso financiarlo aumentando el IVA; ahí hay una propuesta. Puede haber otras, pero el tamaño del reto no va a salir de los ahorros y la austeridad. Pregonar el derecho de todos a la salud sin garantizar los recursos para ello es universalizar el derecho a la carencia.

diego.petersen@informador.com.mx

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