Ideas

Breve elogio de José Manuel Gómez Vázquez Aldana, el Gropo mayor, Joao

Es un tigre total, un arquitecto talentoso y disparejo, gran dibujante y acuarelista, un empresario gitano y exitoso que ha sabido levantarse con creces de los quebrantos y fracasos, un urbanista, un promotor legendario, un self-styled dandi absoluto, un combativo escritor y columnista insustituible de EL INFORMADOR. Luces y sombras, como todo mundo que intenta hacer algo grande.

Entre sus más señaladas obras se encuentra parte de la felicidad y el sustento en los últimos años de su maestro y entrañable amigo Ignacio Díaz Morales. Gracias a José Manuel, Díaz Morales pudo hacer una de las obras cumbres de su carrera: la catedral de Tuxtla. La generosidad de Joao, por ejemplo, en el caso de otro de sus amigos y gran colaborador, Luis Sube, es proverbial, ejemplar.

En los años de estudiante, quien esto escribe, solía ir con frecuencia a México. Los amigos arquitectos que trabajaban en firmas voluminosas preguntaban: ¿quién es ese Gómez Vázquez que nos gana todos los concursos para los grandes hoteles? La finca de su despacho es una maravilla. Llegó a ser el más importante en calado de América Latina. El que tenía más arquitectos, más chambas, más ambiciones. Uno de los más bonitos, que hasta la fecha conserva funcionando a todo vapor. Un jardín árabe, un patio central, gobierna la composición. El espacio del taller es una gozada y un impresionante lugar de arduo trabajo.

Durante cerca de medio siglo trabajó junto con su hermano Jaime, fino arquitecto y mejor persona. Ahora las nuevas generaciones de los Gómez Vázquez y sus patriarcas formaron dos despachos independientes, luego de una armoniosa separación.

Es usual, entre los arquitectos, la envidia y la inquina. Hablar mal de Joao, sin ningún matiz, suele ser un ignorante lugar común. No lo conocen, no entienden la estatura de titán de la promoción, a pesar de tener muchas obras muy discutibles, del arquitecto. Yerros evidentes como el teatro de la “zona real” con su ingrata y asoleadísima explanada a lo Zaha Hadid, son testigo de sus arriesgadas apuestas.

En colaboración con Federico González Gortázar y con arte urbano de Fernando González Gortázar, los Gómez Vázquez Aldana levantaron una de las torres ejemplares de la ciudad, la Torre Américas, ahora acompañada de una bola de edificiotes torpes o grotescos que no entendieron la lección de sencillez y elegancia de la Torre Américas, propiedad entre otras gentes de los Hemuda y los Charpenel.

Sin ningún complejo, José Manuel interpela desde sus columnas a los gobernantes, a los presidentes. Véase como ejemplo la columna del domingo pasado dirigida a Andrés López Obrador en la que con impecable lógica habla sobre el nuevo aeropuerto de México y demuele la mega cretina ocurrencia de someter su existencia a “la consulta del pueblo bueno”.

Pero lo mejor de todo es el personaje mismo. Con su bonhomía y humor, con su audacia a veces atrabancada o arbitraria, su entusiasmo inextinguible a pesar de su avanzada edad, su famoso monóculo y su gazné y su chipiturca diazmoraliana, su amor y cariño por Guadalajara, su largueza. Su estilo único que lo hace destacable y al final benéfico en un medio en general tan gris y timorato, tan carente de gentes de relieve y trapío. Larga vida al Gropo mayor, a José Manuel Gómez Vázquez Aldana y Fernández del Valle. Bravo, a pesar de todos los pesares, desde una visión necesariamente crítica, para un arquitecto de excepción en toda la extensión de la ambivalente palabra.

jpalomar@informador.com.mx

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