2026: la agitación que pondrá fin a las inercias
Ha transcurrido apenas un mes de 2026 y ya resulta evidente que estamos ante uno de los años más turbulentos de las últimas décadas. Nunca como ahora la inestabilidad internacional había impactado de manera tan directa, persistente y profunda en México. Las sacudidas externas no solo alteran los mercados o los equilibrios diplomáticos: están modificando patrones de conducta en la administración pública, en el sector empresarial y en la vida cotidiana.
Lejos de disiparse, esta dinámica se intensificará. Por ello, navegar este periodo exige algo más que cautela: demanda capacidad de anticipación para tomar decisiones que pongan fin a inercias que hoy se han vuelto disfuncionales, y para asumir, sin evasivas, que vivimos un cambio estructural en nuestro entorno inmediato.
Los acontecimientos en Venezuela ya generan efectos regionales que serán cada vez más notorios, y lo que parece incubarse en Cuba podría tener consecuencias aún más amplias. Se trata, además, de procesos que ocurren en nuestro propio vecindario. A ello se suman, en un plano más distante pero no menos relevante, las tensiones persistentes en Medio Oriente y la prolongación de la guerra en Ucrania, que seguirán presionando precios, rutas comerciales y cadenas de suministro.
Pero es en nuestro entorno inmediato donde se concentran los mayores desafíos. En Estados Unidos, el ciclo electoral añade un componente decisivo de incertidumbre. Las encuestas anticipan un escenario adverso para el Partido Republicano, con la posibilidad real de perder el control de la Cámara de Representantes. De materializarse, ello limitaría la capacidad operativa del presidente Trump, abriría espacios para confrontaciones jurídicas y políticas, y podría derivar en una parálisis institucional con efectos que rebasan sus fronteras.
Para México, este contexto implica una exigencia clara: llegar a ese punto con una posición sólida, con la renegociación comercial consolidada y con una política de seguridad económica y estratégica más sofisticada.
América Latina tampoco es ajena a esta dinámica. Brasil, Colombia, Costa Rica, Perú y Haití enfrentarán procesos electorales en un entorno marcado por la radicalización del discurso y la creciente injerencia externa. La experiencia reciente en Honduras, Chile y Argentina confirma que estos procesos pueden redefinir en poco tiempo las coordenadas políticas y económicas de la región. La influencia internacional se ha convertido en un factor determinante.
En este entorno, la presión externa —particularmente la proveniente de Estados Unidos— ha sido canalizada hasta ahora con prudencia y sentido estratégico por la Presidencia y su equipo. Se han construido mecanismos de interlocución y coordinación que han permitido sortear turbulencias relevantes y mantener abiertos los canales en temas clave: economía, migración, seguridad y visión estratégica compartida.
No obstante, la imprevisibilidad de Trump introduce un factor de riesgo permanente. En un escenario electoral adverso, es altamente probable que recurra nuevamente a la agenda migratoria y de seguridad para reforzar su narrativa política, colocando a México en el centro del debate interno. Esa estrategia, ya conocida, podría intensificarse conforme se acerque noviembre.
En este contexto, la agitación externa nos sitúa en una zona de alta exposición. No admite improvisaciones. Exige diplomacia profesional, coordinación interinstitucional, solidez técnica y una lectura precisa de los equilibrios internacionales. De febrero a noviembre se desarrollarán episodios que pondrán a prueba la capacidad de adaptación del país. 2026 no será un año para administrar inercias. Será el año en que México deberá decidir si transforma la presión externa en palanca de modernización institucional o si permite que la inercia vuelva a imponerse en un mundo que ya no ofrece margen para la complacencia.
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