Rosalía se consagra en el Palau Sant Jordi como patrona de Barcelona
El proyecto Lux ha sido descrito como una obra que "traza un amplio arco emocional de misticismo femenino, transformación y trascendencia"
La devoción en Barcelona ha adoptado nuevas formas con el paso del tiempo. Si en el siglo XIX la proclamación de la Mare de Déu de la Mercè generó divisiones entre fieles frente a Santa Eulàlia, hoy ese fervor parece trasladarse al terreno musical con una figura contemporánea: Rosalía.
El Palau Sant Jordi se convirtió en escenario de una especie de “consagración” simbólica, donde tradición y cultura pop se entrelazaron en torno a la artista catalana y su proyecto Lux. Entre referencias religiosas y códigos propios del fenómeno fan actual, miles de asistentes acudieron como si se tratara de una peregrinación, trasladando la devoción del ámbito espiritual al espectáculo.
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Cerca de 18 mil personas se dieron cita en Montjuïc para presenciar el regreso de la cantante a su ciudad natal, tras una gira internacional que incluyó paradas en ciudades como Lyon, París o Madrid. La expectativa se mantuvo durante varios minutos hasta que el escenario reveló una puesta en escena cuidadosamente construida: Rosalía apareció dentro de una estructura similar a una caja de música, vestida como bailarina, dando inicio a un acto cargado de simbolismo y energía.
El público respondió con entusiasmo desde los primeros temas, en una noche donde la artista reafirmó su conexión con Barcelona y con una audiencia que, más allá del concierto, participó en una experiencia que mezcló espectáculo, identidad y una devoción reinterpretada en clave contemporánea.
Emoción por cantar en su ciudad
Rosalía, emocionada por la eterna ovación de Montjuïc, tan solo ha acertado a decir "Merci, Barcelona", algo que ha cortado de inmediato con la crudeza electrónica que cierra 'Porcelana' y el sonido berlinés de los bajos de 'Divinize', que han hecho retumbar la montaña, poco acostumbrada al techno, en un bellísimo contraste con la voz dulce de la catalana y el juego de telas de sus bailarines.
"Una cosa te diré, Barcelona, te quiero con locura. Cantar en tu ciudad es una experiencia que te impone, porque es el sitio que te ha visto crecer, el sitio que te confronta con quien eras y quien eres, el sitio en el que no puedes huir de ti misma", ha seguido Rosalía en catalán con las lágrimas luchando contra la gravedad, para a continuación salir con ‘Mio Cristo piange diamanti’.
Porque Rosalía es zeitgeist: pura comprensión de los tiempos modernos, a los que da misticismo si así lo piden, latineo si es menester, show para TikTok si nos han frito el cerebro a base de rainbrot, teatralización operística para la posteridad, letras facilonas que se dejen compartir en una historia como venganza y veto a los fotoperiodistas si esa es la moda entre las divas.
Fusión entre lo orquestal y lo electrónico
Esto se ha hecho evidente en 'Berghain', que en su intersección entre lo orquestal y lo electrónico ha transformado la pista del Sant Jordi en una gran rave, una fiesta que ha seguido con 'Saoko', primer pellizco del anterior 'Motomami', 'La fama' y 'La combi Versace', antes de saltar a la performance de danza contemporánea de 'De madrugá' y desaparecer tras el telón.
El silencio posterior ha sido quebrado por las percusiones de la orquesta, a las que se han unido el resto de instrumentos para que entrara de nuevo Rosalía al paso de 'El Redentor', el primer corte recuperado de 'Los Ángeles', su debut de 2017, para después convertirse en una Gioconda recortada sobre las montañas de Montserrat que cantaba 'Can't take my eyes off you'.
El confesionario, en esta ocasión ocupado por Yolanda Ramos y una anécdota de llorera sobre sexo desesperado y depilaciones nocturnas, ha dado paso a la esperadísima 'La perla', himno del despecho escenificado con un brillante juego de sombras chinas entre Rosalía y los brazos de sus bailarines.
Primer concierto de cuatro con todo vendido
La teatralización de 'Lux' en Barcelona ha seguido con 'Sauvignon blanc' y la de Sant Esteve Sesrovires subida al piano blanco del mallorquín Llorenç Barceló, viejo compañero del Taller de Músics, y una nueva huida del escenario, en esta ocasión para colocarse en el centro de la pista, rodeada por la orquesta, y encadenar 'Dios es un stalker', 'Memória', 'La rumba del perdón' y 'CUUUUuuuuuute', cerrada en una fusión con 'Sweet Dreams (Are made of this)' como si este lunes fuera un sábado más en la sala Apolo.
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Ya de bajada y sobre el escenario principal vestida de ángel, Rosalía ha vuelto a recuperar 'Motomami' con la monería de 'Bizcochito' y el ritmo merenguero de 'Despechá', antes de ofrecer 'Novia robot' y 'Focu 'ranni', dos de los tres cortes exclusivos de la edición física de 'Lux', entre una lluvia de pétalos.
Exhausta tras dos horas de concierto y con la vista puesta en las otras tres fechas que dará esta semana en el Palau Sant Jordi, Rosalía se ha despedido de su ciudad, siendo hoy ya un icono que supera la idea de artista, cantando "Magnolias' en soledad", una imagen que no debe distar mucho de sus primeros bolos por El Raval.
TG