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“Futuro desierto”: sanar el duelo con IA

La nueva serie de Netflix ya se perfila como una de las apuestas de ciencia ficción más ambiciosas producidas en México

En “Futuro desierto”, una niña cuestiona a su madre sobre la muerte mientras otra mujer se arranca un ojo con absoluta frialdad. La escena parece salida de una pesadilla futurista, pero detrás de esos comportamientos no hay humanos, sino ANBIS -Agentes No Biológicos Inteligentes-, androides creados para sustituir a personas fallecidas y ayudar a las familias a sobrellevar el duelo.

Con esa premisa, la nueva serie de Netflix -ya disponible en la plataforma- se perfila como una de las apuestas de ciencia ficción más ambiciosas realizadas en México en los últimos años. Bajo la dirección de Lucía Puenzo, cineasta argentina reconocida por “La caída”, la historia transcurre en un futuro cercano donde la inteligencia artificial ha dejado de limitarse a la automatización de tareas para adentrarse en el terreno más íntimo y complejo de la experiencia humana: las emociones. 

“Es una historia situada en un futuro muy cercano, interesante por ver cuáles son los límites de la tecnología y a dónde llega lo humano”, reflexiona Horacio García Rojas, uno de los protagonistas de la serie. “¿Dónde radica el alma?, ¿qué es lo que nos hace humanos? Esa contradicción es parte de la serie”, añade el actor mexicano.

La trama gira alrededor de un psicólogo interpretado por José María Yazpik, quien, marcado por la muerte de su esposa, desarrolla robots humanoides capaces de acompañar emocionalmente a quienes han perdido a un ser querido. Lo que inicialmente parece un avance tecnológico destinado a aliviar el sufrimiento comienza a transformarse en algo más inquietante cuando los androides muestran señales de autonomía y comportamientos imposibles de explicar desde la programación.

Dentro de ese universo aparece Martín, personaje interpretado por García Rojas, un ingeniero chiapaneco hablante de tzeltal encargado de revisar y reparar a los ANBIS. A diferencia de muchos relatos futuristas dominados por estereotipos tecnológicos o figuras violentas, el actor destaca que su personaje rompe con una representación habitual dentro de la ficción mexicana.
“Es importante que un personaje moreno y de fuera no sea el narco o el violento, sino alguien con una profesión importante y especializado en tecnología, porque eso también existe en la vida real”, sostiene.

La construcción de Martín se convierte además en uno de los principales ejes narrativos de la serie. Proveniente de una comunidad del sur del país, el personaje mantiene una visión ligada a la memoria colectiva y a los saberes comunitarios, incluso mientras trabaja en un entorno dominado por inteligencia artificial avanzada.

Esa dualidad es justamente una de las diferencias más marcadas de “Futuro desierto” frente a otras producciones del género. En lugar de apostar únicamente por megaciudades oscuras o corporaciones todopoderosas, la serie sitúa la conversación tecnológica dentro de un contexto profundamente mexicano.

“Mi personaje empieza a cuestionarse si realmente estos seres sólo son máquinas”, explica García Rojas. “Hay un momento donde su mamá le dice que el alma es mucho más compleja de lo que creemos, y entonces él empieza a pensar que quizá algo está pasando con ellos”.

La serie fue filmada hace tres años en locaciones de Chiapas, Oaxaca y la Ciudad de México, aunque para el actor el estreno ocurre en el momento preciso. En una época marcada por el avance acelerado de la inteligencia artificial (IA) y por herramientas capaces de crear imágenes, voces y contenidos indistinguibles de la realidad, “Futuro desierto” adquiere una resonancia especialmente contemporánea.

Los límites de lo humano

Junto a Horacio García Rojas, desfilan Karla Souza, Ilse Salas, Flavio Medina, Natasha Dupeyrón y el actor colombiano Andrés Parra, rostros que habitan un universo concebido por Lucía y Nicolás Puenzo donde el futuro no se construye desde grandes metrópolis impersonales ni amenazas espectaculares, sino desde un territorio profundamente latinoamericano, marcado por las desigualdades, la memoria y las tensiones entre tradición y modernidad. Así, la serie se aparta de los moldes más reconocibles de la ciencia ficción anglosajona para imaginar una distopía atravesada por identidad cultural y preguntas éticas sobre lo humano.

Sin duda, detrás de “Futuro desierto” hay una idea que Lucía Puenzo incubó durante años. Fascinada por los universos distópicos, la cineasta imaginó una historia capaz de demostrar que la ciencia ficción también puede hablar desde América Latina y dialogar con sus propias tensiones, territorios e identidades, lejos de la idea de que la producción regional deba limitarse únicamente a comedias o dramas convencionales.

El resultado es una serie que, más allá de sus elementos futuristas, plantea preguntas profundamente humanas: qué significa sentir, hasta dónde puede llegar la tecnología y si existe algo imposible de replicar artificialmente. En “Futuro desierto”, el verdadero conflicto no ocurre entre humanos y máquinas, sino entre la necesidad de aliviar el dolor y el riesgo de perder aquello que define la experiencia humana.

CT

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