Jalisco, tierra del Ariel
Los premios llegaron a Guadalajara en 2023 y permanecieron tres años en el Estado; el recorrido pasó por el Teatro Degollado y terminó en Puerto Vallarta
Durante más de siete décadas, el Ariel tuvo una dirección casi inevitable: Ciudad de México. Desde su primera ceremonia, el 15 de mayo de 1947, el máximo reconocimiento del cine mexicano estuvo ligado a la capital.
Creado en 1946 por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, el premio nació para reconocer a quienes daban forma a la industria. Su estatuilla, diseñada por Ignacio Asúnsolo e inspirada en el personaje Ariel, de José Enrique Rodó, representa el ideal y la aspiración del cine mexicano.
La ceremonia se celebró hasta 1958, cuando la crisis de la industria obligó a suspenderla. Regresó en 1972 y, con el tiempo, se convirtió en una de las grandes citas del cine nacional.
Tuvieron que pasar más de 75 años para que el Ariel cambiara de escenario. En 2023, Jalisco fue el destino.
El 9 de septiembre, el Teatro Degollado de Guadalajara recibió la edición 65 de los Premios Ariel. La elección tenía un peso simbólico: Jalisco contaba con una larga tradición cinematográfica, cineastas, instituciones y una infraestructura cultural vinculada al cine, además de ser sede del Festival Internacional de Cine en Guadalajara.
La alfombra roja se extendió por la calle Degollado mientras las figuras de la industria llegaban al Centro Histórico. Por una noche, el Ariel encontró un nuevo paisaje.
La ceremonia también puso el foco en la aportación de Jalisco al cine nacional. La Academia entregó tres Ariel de Oro al director Juan Mora Catlett, a la cineasta Marcela Fernández Violante y al Departamento de Imagen y Sonido de la Universidad de Guadalajara.
La presencia jalisciense también llegó a la competencia. El tapatío Samuel Kishi Leopo ganó el Ariel a Mejor Cortometraje de Animación por El año del radio, sumando un reconocimiento local a una noche marcada por la celebración de la industria nacional.
En las categorías principales, “El norte sobre el vacío”, de Alejandra Márquez Abella, obtuvo el Ariel a Mejor Película, mientras “Bardo”, de Alejandro González Iñárritu, consiguió ocho estatuillas.
La edición 65 significó algo más que un cambio de sede. Puso en evidencia la relación que ya existía entre el Ariel y una comunidad cinematográfica con décadas de trayectoria.
Guadalajara no sólo recibió a la industria: también mostró su propia producción, sus instituciones y a sus creadores.
Aquella noche abrió un nuevo capítulo para los Premios Ariel y Jalisco. Lo que comenzó como una edición histórica pronto se convertiría en una relación que continuaría durante los dos años siguientes.
Destino de formación
La relación tampoco termina en los premios. Jalisco se ha consolidado como espacio de formación, producción y exhibición cinematográfica, con festivales, instituciones educativas, infraestructura audiovisual y una creciente actividad de rodaje.
El Festival Internacional de Cine en Guadalajara es parte de esa historia, pero también lo son las escuelas, productoras y cineastas que han construido una escena propia.
Por eso, las ceremonias de 2023, 2024 y 2025 pueden leerse como parte de un proceso mayor. Primero el Teatro Degollado y finalmente Puerto Vallarta: dos escenarios que mostraron distintas caras de un mismo Estado.
Una comunidad que ya estaba ahí
La llegada del Ariel fue el resultado de una historia que llevaba años construyéndose.
Antes de que la ceremonia se instalara en Jalisco, cineastas nacidos o formados en el Estado ya habían dejado su nombre en los premios de la Academia.
Sofía Carrillo, originaria de Guadalajara, ganó el Ariel por “Prita Noire” en 2012 y por “Cerulia” en 2018. León Fernández lo obtuvo en 2017 por “Los aeronautas”, mientras Luis Téllez, radicado en Guadalajara, fue reconocido en 2019 por “Viva el rey”.
Son trayectorias distintas, pero forman parte de una misma escena: una comunidad de creadores que durante años ha desarrollado proyectos, formado nuevas generaciones y llevado el nombre de Jalisco a otros territorios.
El regreso
En 2026, la ceremonia de la entrega del Premio Ariel regresó a Ciudad de México para su edición 68, celebrada en los Estudios Churubusco.
El ciclo en Jalisco terminó, pero dejó algo más duradero que tres ceremonias: una nueva relación entre los premios más importantes del cine mexicano y un estado que llevaba décadas construyendo su propia historia cinematográfica.
Durante tres años, el Ariel encontró aquí escenarios, público y creadores.
Y Jalisco dejó claro que también puede contar la historia del cine mexicano desde su propio territorio.
El Ariel echa raíces en Guadalajara
En 2024, el Ariel volvió al Teatro Degollado para su edición 66. La segunda ceremonia en Jalisco confirmó que la experiencia anterior había dejado algo más que una fotografía: había una relación que comenzaba a consolidarse.
La Secretaría de Cultura de Jalisco destacó entonces el aprendizaje de la edición anterior y la intención de hacer una ceremonia más grande. El lema, “El cine se viste de México”, puso el foco en el vestuario como parte de la memoria cinematográfica nacional.
La edición reunió 186 títulos en competencia en 24 categorías. “Tótem”, de Lila Avilés, fue una de las películas con mayor presencia en las nominaciones, mientras “Recursos Humanos”, adaptación de la novela del jalisciense Antonio Ortuño, representó también un vínculo directo con la entidad.
El Degollado comenzaba así a convertirse en algo más que la sede de una ceremonia: en un punto de encuentro entre la industria nacional y la comunidad cinematográfica de Jalisco.
Del Degollado al Pacífico
En 2025, la edición 67 cambió nuevamente de escenario. El Ariel llegó a Puerto Vallarta, donde la ceremonia se realizó por primera vez en un destino de playa.
La elección tenía una relación natural con el cine. La ciudad forma parte de la memoria cinematográfica internacional desde La noche de la iguana y ha sido escenario de producciones como Depredador. Sus montañas, selva y costa ya habían formado parte del imaginario de la pantalla grande.
La ceremonia también dejó una de las noches más importantes para el cine mexicano reciente. “Sujo”, de Astrid Rondero y Fernanda Valadez, ganó el Ariel a Mejor Película; “Pedro Páramo” obtuvo seis estatuillas; “La cocina”, cinco y “No nos moverán”, cuatro.
Más allá de los premios, la edición puso sobre la mesa otra posibilidad: que Jalisco no sólo fuera sede de una ceremonia, sino un territorio capaz de albergar y producir cine.
CT