Cultura

Enrique Bejarano: entre puntas y fronteras

De Guadalajara a Mónaco y, finalmente, a Inglaterra: a los 23 años, el bailarín tapatío es primer solista del Birmingham Royal Ballet, pero detrás de este reconocimiento hay una historia de disciplina e identidad

A los 23 años, Enrique Bejarano ya ocupa uno de los puestos más importantes de su carrera: es primer solista del BirminghamRoyal Ballet, en el Reino Unido, bajo la dirección de Carlos Acosta. El camino hasta ese escenario comenzó mucho antes de que dejara Guadalajara y estuvo marcado por competencias, becas, mudanzas y el respaldo de una familia que reorganizó su vida para acompañar una vocación que pronto dejó de parecer un simple pasatiempo.

La danza apareció primero en su propia casa. Uno de sus hermanos tuvo contacto con ella en la escuela y la curiosidad terminó alcanzando a Enrique y a otro de sus hermanos. Probó dos disciplinas antes de elegir la que se convertiría en su profesión.

“Empecé bailando flamenco y ballet, pero me llamó más la atención bailar ballet clásico. Fui a la escuela de Doris Topete y después me moví a la escuela de Ana Torquemada. Comencé a participar en algunas competencias, vieron que tenía condiciones y fui a concursos nacionales, donde recibí varios premios”, recuerda el joven bailarín en entrevista con EL INFORMADOR.

Los resultados hicieron que sus padres comenzaran a mirar aquella afición de otra manera. Entendieron que había talento y posibilidades de construir una carrera profesional, por lo que decidieron respaldarlo.

“Dijeron: ‘Si es lo que ama y tiene talento para ello, hay que apoyarlo’. Entonces comencé a caminar un poco más dentro de la danza”.

El siguiente paso lo llevó fuera de Guadalajara. Durante un curso de verano en Washington le recomendaron continuar su preparación en Cuba, donde permaneció alrededor de un año y medio acompañado por su madre. La experiencia resultó decisiva.

“Cuando llegué me dijeron: ‘Tienes muchas condiciones, queremos que te quedes en una escuela’, y comencé a entrenar”, relata.

La oportunidad también implicó un esfuerzo económico para toda la familia. Mientras Enrique estudiaba en Cuba, uno de sus hermanos se encontraba en Washington, por lo que sus padres debían afrontar los gastos de vivienda y formación en distintos países.

“Pagar una casa en Estados Unidos, además de México y Cuba, era muchísimo dinero”.

Bejarano regresó entonces a México y continuó entrenando de manera privada con un maestro cubano. Poco después, las competencias volvieron a abrirle una puerta internacional. Obtuvo el pase a una final en Nueva York, donde compitió contra jóvenes bailarines de distintos países y ganó el primer lugar de su categoría, además de recibir varias ofertas de becas. Eligió Mónaco.

“Decidí irme a Mónaco porque el entrenamiento estaba más enfocado en los bailarines y eran grupos más pequeños”, explica.

Permaneció allí alrededor de tres años con una beca completa. La estancia marcó el tránsito entre el estudiante que comenzaba a destacar en competencias internacionales y el bailarín que se preparaba para ingresar al circuito profesional.

El bailarín tapatío ha construido su carrera entre México y distintos escenarios internacionales. ESPECIAL

El salto a Inglaterra

Bejarano ingresó al Birmingham Royal Ballet alrededor de los 18 años, cuando la compañía estaba bajo la dirección de Carlos Acosta. Su llegada tuvo además un significado particular: se convirtió en el primer mexicano en formar parte de la agrupación.

“Al llegar, Carlos comenzó a darme muchos roles de solista. Yo apenas tenía 18 años, entonces la responsabilidad llegó en un momento muy temprano de mi carrera”, recuerda.

Después de dos años fue promovido a solista y, al año siguiente, ascendió a primer solista. “Desde entonces he estado básicamente haciendo roles principales en la compañía”.

La rapidez de esos ascensos contrasta con la forma en que Bejarano entiende el ballet. Cuando habla de su profesión, vuelve constantemente a la disciplina, la repetición y el dominio técnico, pero también a la posibilidad de encontrar una voz propia dentro de un lenguaje previamente establecido.

“Soy una persona a la que no le interesa tanto experimentar; me gusta poder dar mi propia interpretación a algo que ya está estructurado. En el ballet todo está escrito. Hay diferentes técnicas, pero los movimientos ya están establecidos y depende de ti interpretarlos de tu propia forma”, explica.

Ahí encuentra una de las características que, a su juicio, distingue a cada intérprete. “Eso es lo que hace diferente a cada bailarín. Son los mismos pasos, pero cada uno los hace de una manera distinta”.

Un mexicano en el mundo

Su carrera ha llevado a Enrique Bejarano mucho más allá de Guadalajara. Ha conocido países como Japón, Alemania, Italia y Austria, además de aquellos en los que vivió durante su formación. En Mónaco incluso tuvo encuentros con integrantes de la familia real.

La convivencia cotidiana con bailarines de distintas nacionalidades también amplió su formación fuera del salón de ensayo y lo llevó a aprender francés, italiano e inglés.

“He podido conocer grandes personalidades dentro y fuera de la danza. Llegué a conocer al príncipe de Mónaco y también estuve frente a la princesa. He podido conocer varios países del mundo bailando: Japón, Alemania, Italia, Austria. Para mí es algo increíble porque estoy haciendo lo que amo y, al mismo tiempo, eso ha ampliado mi vida”, cuenta.

“Convives con personas de todo el mundo y uno se va acostumbrando. Todo eso me ha aportado mucho”.

Pero la vida internacional también tiene un costo: la distancia con su familia y con el país en el que creció.

“Obviamente, el sacrificio ha sido grande. Prácticamente no puedo estar con mi familia y solamente los veo una vez al año. También he enfrentado diferencias culturales y, en algunas ocasiones, situaciones en las que quizá se les dan más oportunidades a otras personas por el simple hecho de que yo soy mexicano”, señala.

A pesar de llevar varios años fuera del país, Bejarano no concibe su carrera como una renuncia a sus raíces. Inglaterra es el centro de su vida profesional, pero Guadalajara permanece presente en su familia, sus recuerdos y hasta en los objetos que conserva en casa.

“Claro que extraño mi país. Siempre pienso: ‘Ay, ¿qué sería si la compañía estuviera en México?’. Pero al final uno se adapta”.

Y añade: “Poder conocer diferentes lugares y estar aquí en Inglaterra es increíble, pero siempre voy a tener mis raíces en México. Mi departamento parece una tienda mexicana de tantas cosas que tengo de mi país. Siempre voy casi gritando que soy mexicano, porque no podría estar más orgulloso. No trato de camuflarme como inglés ni mucho menos. Estoy aquí para seguir aprendiendo y evolucionando, pero eso no significa que quiera abandonar mi país”.

La danza llevó a Enrique Bejarano de Guadalajara a los grandes escenarios europeos. ESPECIAL

Una carrera sin punto final

La familia sigue siendo una pieza fundamental en su historia. Fue la primera en reconocer que la danza podía convertirse en una profesión y la que asumió el esfuerzo económico y emocional que implicó formarlo en distintos países.

A los 23 años, alcanzar la categoría de primer solista podría parecer la culminación de un proceso, pero Bejarano lo entiende como otro escalón.

“La verdad es que ha habido altas y bajas, pero siempre me he aferrado mucho a mi cultura, a mi familia y a mis valores. Siempre he tenido la mentalidad de que, si de verdad quiero algo, quien puede conseguirlo soy yo”, explica.

“Nunca he pensado en dormirme en mis laureles. Me queda muchísimo por aprender de grandes bailarines y de grandes personas”.

Por delante todavía tiene otros escenarios. Bejarano quiere conocer nuevas escuelas y aproximaciones a la danza, trabajar en distintos países y ampliar una formación que hasta ahora se ha nutrido de tradiciones muy diferentes. También sabe que la carrera de un bailarín está condicionada por el tiempo y por las posibilidades físicas del cuerpo.

“Obviamente estoy muy contento donde estoy ahora, pero me gustaría explorar más porque todavía me falta mucho dentro de mi carrera. A pesar de que la carrera de un bailarín es corta, me gustaría seguir representando a mi país en diferentes lugares del mundo y poder hacer algo que no se haya hecho como bailarín. Poco a poco voy a ir llegando ahí”.

Por ahora, su objetivo es seguir creciendo dentro del Birmingham Royal Ballet y aprovechar cada experiencia para construir lo que vendrá.

“Ahora estoy enfocado en seguir creciendo, adquirir experiencia y madurez en lo que hago dentro de mi compañía y continuar aprendiendo. Como artista jamás existe una meta definitiva. No es llegar a un punto y decir: ‘Bueno, ya llegué aquí y ya lo logré todo’. Uno va evolucionando como persona de la misma manera en que evoluciona como artista”.

Y resume su trayectoria con una idea que también mira hacia quienes vienen detrás: “Cada cosa que voy logrando representa un pequeño escalón que me ayuda a seguir adelante y, algún día, poder inspirar a otras personas como otros artistas me han inspirado a mí”.

Enrique Bejarano. El tapatío lleva al escenario la disciplina y precisión que han marcado su formación. ESPECIAL

La fuerza detrás del arte

Antes de llegar a esa libertad interpretativa existe un exigente trabajo físico. Bejarano concibe al bailarín como un atleta y explica que buena parte de la dificultad permanece invisible para el público.

“Los bailarines tomamos clase todos los días y, por ejemplo, a los primeros saltos se les considera parte del calentamiento. Pero son un total de 64 saltos. Y no se trata solamente de hacer un salto, sino de cómo te ves en el aire. No es saltar y ya: importa cómo sales, cómo caes”, explica.

El reto consiste en conseguir que toda esa exigencia desaparezca de la vista del espectador. “La técnica debe llegar a un punto en que el esfuerzo deje de dominar lo que observa el público. Es una profesión muy dura, tanto mental como físicamente. Al final del día, la audiencia no tiene la culpa ni la necesidad de saberlo. Como artista, eso es precisamente lo que da el extra: puedes estar cansadísimo, puede llegar un momento en que no quieres saber nada, pero aun así tu zona de confort es el escenario”.

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