“Ícaro” despliega sus alas sobre Guadalajara
La puesta en escena plantea si existen prisiones capaces de limitar nuestra capacidad de soñar, dejándonos en total libertad para volar
DanieleFinziPasca -con un dominio escénico absoluto-, se apoderó por completo de la Sala 2 del Conjunto Santander esta noche de martes durante la presentación de “Ícaro”, la aclamada puesta en escena que cumple 35 años. Tres décadas de las cuales Guadalajara forma parte, pues Pasca la presentó aquí hace veinte años.
“Ícaro” es un viaje escénico inusual, experimental, metanarrativo, como una matrioska rusa que, pieza a pieza, va descubriendo y desdoblando un universo que transita entre la comedia, el clown, el drama sutil. No obstante, en cada una de las muchas cosas que “Ícaro” es, Finzi Pasca despliega sus habilidades interpretativas con las que moldea al público a su antojo: el show es él.
Con elementos mínimos en el escenario -apenas dos camas, cortinas, un baúl, una mesa y clóset- el maestro suizo construye un mundo, una arquitectura invisible de la que todos cuantos miran forma parte, y en la que él es capaz de suscitar las risas estruendosas, la incomodidad, el silencio, la tristeza contemplativa -y lo más difícil-, la esperanza.
“Ícaro”, contrario al mito griego del joven trágico que lo perdió todo por intentar alcanzar al sol, apuesta por los sueños. Por la posibilidad ilimitada de los sueños, por la capacidad de los humanos de soñar, y porque defiende que el soñar mismo es lo más cercano que estamos de volar. La historia sigue a un paciente de un hospital, -claustro o jaula, todo al mismo tiempo-, cuya imaginación desbordada lo lleva a planear un escape de su encierro. Un soñador, un niño cautivo en su cuerpo de adulto, que invita a redescubrir un acto tan sencillo como el de caminar, correr, y que intima con el público como si lo conociera desde siempre.
FinziPasca ha asegurado que, en 35 años, ni una sola de las funciones de “Ícaro” ha sido similar a la otra. En Guadalajara lo demostró: apenas iniciando el acto, escogió al azar a una joven del público, llamada Mariel, que acompañó a FinziPasca durante la puesta en escena.
Él la volvió protagonista, y la noche discurrió entre carcajadas, silencios y una comunión en la que el público dejó de ser espectador y se fusionó con todo lo que ocurría en el escenario. La obra invita a reflexionar que si hay alguna prisión que exista, o algo que nos limite la capacidad de soñar, no somos nadie más que nosotros mismos. Y con eso, Finzi Pasca nos invita a volar.
CT