La desconexión y reconexión antropocénica
Una pausa necesaria que invita a recuperar el equilibrio perdido entre cuerpo, mente y entorno
Quienes hemos tenido la experiencia de consultar a un psicólogo o psiquiatra para atender cuadros de estrés y ansiedad no podemos negar el efecto terapéutico que se consigue al momento que nos recetan un “détox” de tecnología y ciudad.
En ese retiro, donde la prescripción no es un fármaco sino una invitación a introducirnos en lo silvestre, el cuerpo deja de ser un procesador de datos para volver a ser un organismo sensible. Al estar en un entorno 100% natural, escuchando el fluir del agua y cantar de pájaros, oliendo la tierra húmeda o sintiendo el pulso del viento, experimentamos una paz profunda y bienestar que la urbe, el medio más enfermizo y enfermante de todos, es incapaz de reproducir.
Esta orfandad sensorial fue descrita por Richard Louv en su libro “Last Child in the Woods” publicado en 2005, donde advertía la alienación humana en una “burbuja electrónica”, acuñando el concepto de “Trastorno por Déficit de Naturaleza”, como la expresión tangible de la desconexión actual del ser humano con la naturaleza.
Para comprender esta fractura, debemos observar el primer gran momento: la conexión originaria. Nuestra biografía es la historia de una simbiosis de cientos de miles de años forjada durante el extenso Paleolítico, donde el ser humano no habitaba “en” la naturaleza, sino que era parte constituyente de ella. Nuestra arquitectura nerviosa y ciclos biológicos fueron esculpidos por el ritmo de las estaciones y el aroma del suelo fértil. Esta dependencia sensorial e instintiva con la vida de los primeros homínidos garantizaba un impacto ambiental notablemente bajo y una relación sociedad-naturaleza armónica; armonía que progresivamente se iría extraviando por el impulso de nuestra propia evolución. A pesar de ello, seguíamos aún conectados.
Pero sobrevino la desconexión. Hace 10 mil años el desarrollo de la agricultura cercó la tierra trazando la frontera entre lo humano y lo natural, hecho que progresivamente las aldeas y ciudades agudizaron. La industrialización ahondó esta brecha hasta el Antropoceno, época actual marcada por la hegemonía de la masa antropogénica sobre la biomasa planetaria. Hemos construido una muralla tecnológica que silencia el viento bajo el zumbido de servidores, alejándonos de nuestra biología y alimentando el trastorno por déficit de naturaleza.
Ante este panorama la reconexión emerge como un desafío civilizatorio fundamental. No es nostalgia, sino una imperativa necesidad neurobiológica que es base para restaurar nuestra salud humana, ecosistémica y planetaria. El reencuentro vital se activará al recuperar el contacto primario; pues la ciencia ha demostrado que la inmersión en entornos naturales reduce el cortisol y fortalece el sistema inmunitario.
Nuestra supervivencia dependerá de articular con lucidez el valor del aire que oxigena nuestra sangre, el suelo que nos alimenta, el agua que conforma nuestras células y la biodiversidad que regula el equilibrio del ecosistema planetario. Sanando el vínculo sensible e íntimo con lo natural podremos transformar el estrés en una voluntad de cuidado aportando las herramientas fundamentales para asegurar nuestra propia supervivencia.
¿Podremos ser nosotros, finalmente, los hilos de (re)conexión dentro de este profundo, sagrado y vibrante latido relacional?
Para saber
Crónicas del Antropoceno es un espacio para la reflexión sobre la época humana y sus consecuencias producido por el Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara que incluye una columna y un podcast disponible en todas las plataformas digitales.
Sobre el autor
Néstor Gabriel Platero Fernández es geógrafo y maestro en educación ambiental. Coordina el área educativa del Museo de Ciencias Ambientales.