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Caparrós declara el ecologismo como 'un lujo de sociedades satisfechas'

El periodista argentino tiene un punto de vista rebelde, crítico e irónico acerca de este tema

MADRID, ESPAÑA (09/OCT/2010).- El escritor y periodista argentino Martín Caparrós tiene un punto de vista rebelde, crítico e irónico sobre lo que es el ecologismo : "un lujo de sociedades satisfechas".

Caparrós ha sido uno de los invitados en el festival Vivamérica, en la Casa de América madrileña, para contar su "particular mirada" sobre el concepto de  ecología y clima en la charla "Qué cambia cuando el cambio cambia".

El periodista publicó recientemente el ensayo "Contra el cambio", después de hablar con cientos de personas en un viaje que le encargó el Fondo de la ONU para la Población (UNFPA) y en el que visitó Brasil, Marruecos, Níger, Mongolia, Filipinas, Hawai o las Islas Marshall, entre otros lugares.

Después de confrontar testimonios y de sus propias reflexiones, Caparrós tiene el convencimiento de que el mensaje del ambientalismo es "algo que se piensa en el primer mundo; nos irá peor o mejor pero tenemos techo, comida y otras comodidades que deseamos conservar".

"Vete a decirle a un campesino del Amazonas que no tale un terreno para sembrar mandioca para la comida de su familia en razón de que 'debe' preservar el medio ambiente", dijo Caparrós en una conversación con Efe previa a su intervención en Vivamérica.

Pensar y decir eso es fácil, agrega el autor, pero recuerda que ahí está la "realidad" de que "ellos necesitan comer".

Una de las reflexiones del escritor tiene que ver con los avisos "apocalípticos" con que de tiempo en tiempo es confrontada la población. Y se pregunta "por qué, de pronto" aparece la amenaza del cambio climático convertida en algo tan urgente, "en primera preocupación de un mundo en el que miles de personas pasan hambre y mueren a diario por este motivo".

"Siempre" hay anuncios de cataclismos; "ahora toca cambio climático", dice, y recuerda como en la mitad del siglo veinte se auguró una cercana "edad del hielo", cómo en los años 70 el Club de Roma decía que hacia el 2000 no habría petróleo y el colapso de los computadores en el cambio de milenio de 1999 a 2000.

"Ideas discutibles", alega Caparrós, que se pregunta "que intereses habrá de por medio" cuando ve a todo el mundo de acuerdo en asuntos del fenómeno ecologista.

A Caparrós le parece ver en el caso del ecologismo "la forma progresista del conservadurismo. Esa idea de conservar lo que tenemos ante el temor a que el cambio, lo que pueda venir, sea peligroso".

Sucede, opina Caparrós, que hubo épocas optimistas en las que había proyectos de futuro; y ahora se teme el futuro porque no hay proyectos. Cita el marxismo, que "en muchos lugares produjo desastres y hoy no hay un proyecto de recambio".

"Se trata -afirma- de intentar que las cosas permanezcan como están porque cualquier cambio puede ser nocivo".

E insiste en cuestionar "por qué esa insistencia" sobre el tema ambiental desde los sectores cercanos al poder.

Aquí se acuerda del que fuera vicepresidente estadounidense Al Gore, que "presidía el Senado de su país cuando el Protocolo de Kioto fue rechazado por 95 a cero votos. Ni él mismo votó".

Caparrós prosigue con sus sospechas y recuerda cómo en "la demonización" del cambio climático se insta a abandonar los modelos energéticos basados en los fósiles.

Porque el único "cambio" posible llevaría a la utilización de la energía nuclear "con lo que supondría contra el ambientalismo, para la seguridad, la concentración de poder y centralismo que generaría, la brecha ensanchada entre ricos y pobres, y un enorme negocio a largo plazo...".

El escritor y periodista argentino argumenta a manera de queja que "los países desarrollados destruyeron su entorno, talaron sus bosques, llenaron el mundo de porquerías, y ahora le otorgan a los países en desarrollo el papel de garantes de la protección de los bosques, el papel de productores de fotosíntesis".

Todo eso pensando que ante las supuestas apocalipsis "los países ricos tiene muchos más elementos de defensa".

El autor cree que "si el nivel de los mares subiera dentro de medio o un siglo, Holanda podría construir nuevos diques; en cambio, las Islas Marshall se hundirían. Allí nadie tiene dinero para hacer una pared de cemento si sube el nivel de las aguas del mar".

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