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Zacatecas, por aire y bajo tierra

El Estado conserva su tradición minera y la presume, a la par de ofrecer atractivos culinarios tradicionales y bellos paisajes

GUADALAJARA, JALISCO (03/FEB/2013).- En este recinto fue interpretada por primera vez La Marcha de Zacatecas en 1892”, se lee en una placa a las afuera de lo que hoy es el hospital Santa Elena, en la calle Guerrero, en el primer cuadro de Zacatecas. Una de las piezas más representativas del Estado, incluso estandarte de México a escala internacional. De inmediato la ciudad ofrece un acercamiento con su historia; a cada paso, por las calles empinadas del Centro Histórico.

En esta capital se sintió el poco frío de 2012 y lo que va este año. Es más, hasta con un poco de lluvia, luego de dos años sin gota que cayera del cielo, según cuentan los lugareños. Aquí pueden hacerse distintos tipos de visitas: una muy sosegada, al calor de los cafés y restaurantes cercanos, la visita a los museos o los recorridos turísticos; u otra más activa, extrema, para ir a la tirolesa, subir grandes colinas o meterse en las entrañas de la tierra al tiempo de conocer la tradición minera de los zacatecanos.

La adrenalina

El Cerro de la Bufa fue nombrado así porque, según los conquistadores españoles, semeja la vejiga de un cerdo, y es así como se le conoce cuando es utilizada para transportar líquidos. Allí está instalada la tirolesa 840, ya que son 400 y 440 metros de tiro sobre un cable de acero que soporta a los que se animan a tirarse en este atractivo.

Ya tomada la decisión, lo primero, luego de pagar los 150 pesos que corresponden, se debe colocar un arnés, un casco y  dar el paso hacia el vacío. “Colócate aquí. Por seguridad debes llevar las manos a los lados; no toques el seguro, tampoco el cable”, son las advertencias del guía que te ayudará al despegue. Hay uno más en el otro extremo para recibirte y guiarte en la segunda caída. Llega el momento, se ajustan los seguros y sólo recibirás una orden: “Siéntate aquí”. Ese aquí no es la barda que queda a tus ojos, sino el aire. El descenso ha comenzado. “¡Ahhh!”. “¡Oh my Good!”. “¡Ay güey!”, son algunas de las expresiones que se escuchan mientras un cuerpo se aleja de la vista y surca el aire, arriba de arbustos, árboles y pasto seco. Son 10 minutos de acción, pero el corazón latirá como si se hubiera corrido media hora.

Para estar en este cerro habrá sido necesario, o por lo menos recomendable, tomar alguno de los recorridos turísticos. En este caso es el de 250 pesos (como los de Divierte Tours, en Hidalgo 413-A), que arranca en la Bufa, se sigue en el Teleférico, luego a la mina El Edén y termina con una degustación de dulces típicos y mezcal. Si así lo desea, los guías harán tiempo para que vaya a la tirolesa, si no, lo que prosigue es una explicación de datos históricos a propósito de los monumentos de Doroteo Arango, Felipe Ángeles y Pánfilo Natera, activos durante la Revolución Mexicana. Una vista panorámica desde las alturas y un trenecillo que transporta a los visitantes al Teleférico.

Este día hace frío y llueve. Las instalaciones de este teleférico se muestran en orden y tienen los servicios necesarios: baños, souvenirs y golosinas. Esta vez, también, hay que aguardar un poco, cada cabina puede transportar a ocho personas. Durante la espera se informa que fue una compañía suiza la que montó este atractivo y que en días lluviosos el servicio se suspende. La angustia crece por las gotas que se ven en el exterior, pero hoy no es el caso. Ya dentro de la cabina, apenas se distinguen a la lejos algunos de los edificios de los que habla el guía. Nunca como en ese momento ocho personas es una multitud. El recorrido sin sobresaltos. Zacatecas desde las alturas se aprecia en unos siete minutos.

Lo de la mina no es apto para claustrofóbicos. Si usted es creyente, seguramente se sentirá más cerca del infierno, pues son alrededor de 500 metros de profundidad. Hay pasillo estrechos, rocas a baja altura, poca luz, pero todo ello imperdible. El comienzo es con la seguridad necesaria: cofia y casco. Adelante. Un pasillo muy oscuro con apenas unas luces que marcan el camino. Un elevador, y más abajo. Las explicaciones van desde cómo distinguir los minerales que aún existen en esa mina que ya no se explota, hasta cómo los “naturales”, como eran conocidos los indígenas en la época de la Conquista (porque carecían de alma, según la creencia) eran explotados y expuestos a condiciones laborales mortales, ya fuera por la poca seguridad o por los gases que respiraban. “No hay registro de la cantidad de muertos que hubo”, asegura Mario, el guía. El regreso tendrá que ser en un tren, digno de película espacial de Clavillazo, con vagones para seis personas, ventanas transparentes y muy apretados los espacios. El exterior espera, y la tienda de regalos también. Los dulces y el mezcal están a unos metros y este cuento se ha terminado.

A paso lento

Ahora bien, el detenimiento servirá para encontrar más colores y sabores que los que a simple vista se distinguen. Una parada que resuelve, y bien, es el restaurante Acrópolis (Hidalgo y Plazuela Candelario Huizar). Detenerse aquí es obligado, más aún si se sabe que han estado allí Chabelo, Rebeca de Alba, Colosio, Eugenio Derbez y que hay obra de Leonora Carrington y otros artistas plásticos de la época o más actuales, pero más bien es que, como dice el dicho: “De ver se antoja”. Dentro, el pan caliente puede disfrutarse por la mañana, desde un churro hasta una concha o un cuerno. Los desayunos y comidas mezclan alimentos de la región o platillos de uso común, como hamburguesas o carnes a la plancha. Entonces, luego de comer y tomar una bebida caliente, se tendrá la energía para hacer un recorrido. No importa si comió mucho, lo que usted caminará en subidas y bajadas lo hará quemar todas las calorías que recibió.

Esta usted listo para disfrutar de la oferta artística. Una referente es el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez (Colón s/n, esquina Seminario en el Centro). Aunque cada tres meses hay cambio de exposiciones en las salas temporales, las permanentes no tienen desperdicio: Pintura y Escultura, la Colección Antológica Manuel Felguérez y Murales de Osaka, que hace un acercamiento al muralismo mexicano. “Eran unas aguadas increíbles y es de las cosas más bellas que he visto, no era un mural, era un cuadro grandote, pero maravillosamente pintado”, apunta Gilberto Aceves Navarro en una de las piezas de Roger Von Gunten, que se exponen en esta muestra que recupera el trabajo hecho para el Pabellón México en la Exposición Mundial Osaka 70. Otras recomendaciones son el Museo Pedro Coronel (Plazuela de Santo Domingo s/n),  en el que la sola visita a la finca es más que suficiente; o el Pedro Coronel, con una oferta más variada respecto del arte universal (Antiguo Convento de San Francisco s/n).

Así habrá quedado saciado el apetito artístico-cultural. Lo que sigue será tomar la calle Juan de Tolosa, donde a unos 200 metros de la Catedral se encontrará la cantina El Refugio para tomarse un aperitivo como un local, con los parroquianos asiduos, en el que destaca don Lorenzo, que luego de unos tragos buscará socializar con los más cercanos. Al salir se allí, y para probar lo más típico de la cocina zacatecana hay que caminar unos metros para llegar a Juan de Tolosa 808, allí está El Rincón de los Sabores. Lo recibe a usted Dora y levanta su orden. Deja antes una par de salsas, una verde y una roja, que con un picor moderado hace los deleites de los comensales. Si pidió enchiladas zacatecanas, flautas, enchiladas, o cualquier otro antojito habrá tomado la mejor decisión. Si de comer se trata, y ya de salida, llegue a los tradicionales Burritos de Moyahua (Plazuela de Vivac 419), los originales, dicen.

TOMA NOTA

La cama

- Terrasse Hotel (Av. Fernando Villalpando 209, Centro Histórico), habitaciones desde $650.00 por noche.

- Quinta Real Zacatecas (Av. Ignacio Rayón 434, colonia Centro), habitaciones desde $1,576.00 por noche.

- Casa Torres Hotel (Calle Primero de Mayo 325, Centro Histórico), precios desde &966.00 por noche.

*Visita www.tripadvisor.com para más opciones.

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