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Yo soy el padre de Romario, Bebeto y Rivaldo

Aunque Nacho es un apasionado del futbol, prefiere jugarlo que verlo, mejor aún: que lo vean

GUADALAJARA, JALISCO (13/JUL/2014).- Si se tratara de escoger nombres para sus hijos, en estos tiempos Nacho Robles les podría así: a uno Hristo Stoichkov; a otro Cuauhtémoc y al tercero Giovanni, dice él y hay que creerle. La vida de Nacho es el futbol. “Como futbol, sueño futbol. El futbol me gusta más que el trabajo”, resume como si quedara alguna duda de que a uno el trabajo le puede gustar más que otra cosa.

Como no es rico y ya ronda las 45 primaveras, el tiempo de Nacho se le va en combinar milimétricamente la necesidad con la pasión. Seis meses le pega duro como operador de una máquina en una fábrica de salsas de jitomate de Los Baños, California, de donde es residente y hasta ciudadano, y seis meses le pega duro al balón. Regresa a Tepatitlán, Jalisco, de donde también es residente y ciudadano. Tepa es una pachanga en el corazón del emigrante mexicano. Pura patada, pura cáscara, puro descanso para reponer electrolitos. Así, hasta que llega el temporal del puré.

Si tuviera que ponerle nombre a sus hijos, hoy Nacho Robles les podría Hristo Stoichkov; Cuauhtémoc y Giovanni Robles. Como los hijos llegaron en los años en los que Brasil era otra cosa, Nacho Robles los bautizó así: el que ahora tiene 21 años se llama Raí Romario Robles; el de 18, Bebeto Robles; y el de 12, Rivaldo Robles. Al último Nacho siempre tuvo ganas de ponerle Cuauhtémoc, nomás que su mujer brincó porque Cuauhtémoc no combina con el resto de los vástagos varones. Le duele un poco que a Bebeto le puso el nombre por equivocación; no sabía que es el apodo de José Roberto Gama de Oliveira. Hay que decir que entre Bebeto y Rivaldo nació una niña, que ya cumplió los 16. Iba a registrarla como Ronaldiha. La madre de todos volvió a brincar. La llamaron Yaritsel.

El que no lo haya notado debe saber que Nacho es americanista, aunque allá, en Los Baños California, juega con la camiseta de los Pumas de la UNAM, en un equipo donde, por cierto, abundan los peruanos. De este lado de la frontera su madre lo inscribió en el Industrial de Tepatitlán, apenas cumplió él cinco años.

En los años 80 corrían otros tiempos para el Industrial, porque ahí Nacho se lució como jugador de segunda profesional, bajo la dirección técnica de Ernesto, el “Teto Cisneros”, y con un sueldo de dos mil mensuales. Nunca llegó a la primera porque no tenía más palancas que las del “Teto”, asegura. Luego, en 1987 el goleador Robles debió seguir el camino de miles de mexicanos. El Norte. El primer año el trabajo en el campo lo dejaba casi fuera de cancha, pero con todas se anotó en el Razzari, un equipo de portugueses, que entonces abundaban en Los Baños California.

—¿Qué no había mexicanos por allá?

—Fue pura conveniencia. Los portugueses jugaban poquito mejor. Luego los mexicanos tenían que cooperarse que pagar que por usar la cancha, que por los árbitros. El Razzari por lo menos le invitaba a uno el agua o una cerveza, y yo venía acostumbrado a ganarme un sueldo.

Cuando pudo regresar al terruño ya no era tan joven: se puso en el Franceses de Tepatitlán, donde ha jugado los útimos 25 medios años de su vida.

Jugar. Las definiciones de la Real Academia Española no le llegan ni a los talones a lo que siente Nacho Robles en las vísceras cuando oye la palabra. Porque ésa es otra cosa digna de un diván; al padre del Romario, Bebeto y Rivaldo chicanos no le gusta ver partidos: le gusta que lo vean a él.

Con todo lo hueso colorado que es conoció el estadio una sola vez en su vida. Vio un partido América – Atlas. Fue en el Jalisco y ya ni se acuerda cuándo. Nunca volvió ni al Jalisco ni a ninguno otro coloso. En cambio no lo inviten a jugar porque no se resiste. Tantos años en Estados Unidos y no se ha hecho ni medianamente rico porque casi jamás ha trabajado un año completo. Mal se acerca noviembre, Nacho Robles, Romario, Bebeto, Rivaldo, Yaritsel, la “Ronaldinha” Robles y la madre de los chicos, Nico, se olvidan un rato de la Liberty Packing, la procesadora de salsas que emplea también a Romario y a Nico, y todos emprenden el viaje a Los Altos de Jalisco.

La cancha los llama. Los llama a todos, porque hasta Yaritsel juega en el equipo de la High School a donde asiste a medias: el futbol es una pasión indomable.

Casi termina la primera quincena de julio y es tiempo de hacer puré. Casi la una de la mañana de sábado, horario local, Nacho me responde el teléfono con una voz jadeante y ufana. Recién llegó de jugar, se disculpa. No le pregunté si los Pumas de Los Baños ganaron el partido porque parece que sí o, en todo caso, porque parece que no importa.

Le pregunto, en cambio, si no está un poco decepcionado de Brasil, ahora que le fue tan mal contra Alemania. Me dice que en absoluto: que al Brasil de Romario, Bebeto y Rivaldo nadie los olvidará nunca. Le pregunto si no está triste por el resultado de México contra Holanda. De su boca sale un brevísimo disentimiento que apenas toca al clavadista Arjen Robben y deja apenas mal a los mexicanos.

Tiene razón Nacho Robles en aquello de que no le interesan los partidos tanto como no le interesa volverse millonario. Le interesa jugar. Y, ahora, también, que su familia juegue. Lo demás, lo que no es futbol es una broma de la vida.

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