Suplementos
Verano de mucho circo con la orquesta “Jalisco Pops”
Las pops orchestras, agrupaciones musicales con una configuración idéntica a la de una orquesta filarmónica, pero que se dedican a la interpretación de música popular
El concepto viene, como no podía ser de otra manera, de Estados Unidos. Se trata de las pops orchestras, agrupaciones musicales con una configuración idéntica a la de una orquesta filarmónica, pero que se dedican a la interpretación de música popular, tradicional, jazz, música perteneciente a bandas sonoras de cine, televisión y diversos espectáculos, así como lo más conocido del repertorio de la música de concierto. Una complacencia absoluta para un público que no desea complicarse demasiado o cuyos gustos (respetables, desde luego) estén orientados hacia horizontes muy distintos al de la música formal, pero que encuentran en este concepto un punto de convergencia lo suficientemente atractivo.
Pese a lo anteriormente expuesto, no se intenta calificar de deleznable, ni mucho menos, la labor o la existencia misma de estas orquestas. Su trabajo se encuentra perfectamente circunscrito de manera previa y se acercan al gusto de auditorios bastante amplios, como lo demuestra la existencia de pops orchestras en buena parte de las principales ciudades de la Unión Americana.
Pero eso sí, en la mayoría de los casos, estas agrupaciones surgen en localidades que ya cuentan con una orquesta sinfónica en el estricto sentido del término, ante la cual se mantienen como entidades completamente separadas -caso de la New York Pops o la Tucson Pops, entre otras- o bien estableciendo una relación más o menos del tipo “hermana menor”, como en el caso de la Boston Pops, donde es un hecho que los principales de cada sección son, en esencia, los músicos auxiliares de las diferentes secciones de la Orquesta Sinfónica de Boston, que funciona en sí misma como una especie de subsección de aquella y siguiendo la innegable lógica de que la demanda técnica de un popurrí con “lo mejor de Lennon y McCartney” no se aproximará mucho a la de cualquier sinfonía de Anton Bruckner u ópera de Wagner.
Queda claro que siendo así se conforma una especie de complemento en la actividad musical de una ciudad que puede permitir que los músicos puedan extender su oferta laboral. También acercar la música orquestal a gente que inclusive nunca se haya planteado el gusto por ésta, a través de música que le resulta familiar, punto este último no menos controvertido, pues la cuestión no es tan sencilla y como afirma el crítico inglés Norman Lebrecht con su ácido estilo: “Los estudios de mercado lo refutan... es como pensar que los comensales de McDonalds pudieran simplemente transferirse en masa al Manoir au Quat’ Saisons”
La actual temporada de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, titulada “Fusión”, no podía resultar más decepcionante para los asiduos a las presentaciones de la máxima agrupación musical del Estado, una verdadera sorpresa que ya había dado guiños en recientes temporadas, pero que justo cuando la discusión sobre la formación parecía centrarse en si su calidad podría crecer, en si los programas que se estaban diseñado no estaban cayendo demasiado en presentar a los “caballitos de batalla” o en las contrataciones de nuevos elementos que terminarían por aportar el toque de calidad necesario -como el caso del polaco Mariusz Patyra, que no llegó a ningún sitio-, aparece un golpe de timón que envía todo a un universo paralelo donde al parecer el objetivo central es la captación de nuevos públicos, olvidando todo lo demás o como si aquello estuviese ya perfectamente resuelto.
El primer programa estuvo dedicado al jazz, quizá el género más discordante en su esencia con la música sinfónica (hablando en el estricto sentido formal). Le siguió un programa dedicado a los musicales de Broadway -quintaesencia del lirismo ligero y sin pretensiones-. Ya en el mes de julio, un programa de música popular mexicana. Y para cerrar y cambiando de sede del Teatro Degollado al Teatro Diana, el programa titulado “La OFJ y el circo”, donde la orquesta estará acompañada por “los mejores acróbatas, malabaristas y contorsionistas del arte circense mundial”.
La música clásica tiene un valor por sí misma, en ello estriba su inmenso valor. Citando de nuevo a Lebrecht: “La música clásica siempre ha tenido una pequeña base de seguidores y el vasto éxito comercial del pop lo hace ver aún más pequeño, lo cual no significa que no tenga valor”. Por ello, resulta difícil encontrar qué tan conveniente sea entrar en ese juego de la lógica que dictan los números, pues está claro que la cantidad no es el terreno en el que la música de concierto podrá competir. Su universo es otro, el de la calidad; el entretenimiento es otra cosa.
Pese a lo anteriormente expuesto, no se intenta calificar de deleznable, ni mucho menos, la labor o la existencia misma de estas orquestas. Su trabajo se encuentra perfectamente circunscrito de manera previa y se acercan al gusto de auditorios bastante amplios, como lo demuestra la existencia de pops orchestras en buena parte de las principales ciudades de la Unión Americana.
Pero eso sí, en la mayoría de los casos, estas agrupaciones surgen en localidades que ya cuentan con una orquesta sinfónica en el estricto sentido del término, ante la cual se mantienen como entidades completamente separadas -caso de la New York Pops o la Tucson Pops, entre otras- o bien estableciendo una relación más o menos del tipo “hermana menor”, como en el caso de la Boston Pops, donde es un hecho que los principales de cada sección son, en esencia, los músicos auxiliares de las diferentes secciones de la Orquesta Sinfónica de Boston, que funciona en sí misma como una especie de subsección de aquella y siguiendo la innegable lógica de que la demanda técnica de un popurrí con “lo mejor de Lennon y McCartney” no se aproximará mucho a la de cualquier sinfonía de Anton Bruckner u ópera de Wagner.
Queda claro que siendo así se conforma una especie de complemento en la actividad musical de una ciudad que puede permitir que los músicos puedan extender su oferta laboral. También acercar la música orquestal a gente que inclusive nunca se haya planteado el gusto por ésta, a través de música que le resulta familiar, punto este último no menos controvertido, pues la cuestión no es tan sencilla y como afirma el crítico inglés Norman Lebrecht con su ácido estilo: “Los estudios de mercado lo refutan... es como pensar que los comensales de McDonalds pudieran simplemente transferirse en masa al Manoir au Quat’ Saisons”
La actual temporada de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, titulada “Fusión”, no podía resultar más decepcionante para los asiduos a las presentaciones de la máxima agrupación musical del Estado, una verdadera sorpresa que ya había dado guiños en recientes temporadas, pero que justo cuando la discusión sobre la formación parecía centrarse en si su calidad podría crecer, en si los programas que se estaban diseñado no estaban cayendo demasiado en presentar a los “caballitos de batalla” o en las contrataciones de nuevos elementos que terminarían por aportar el toque de calidad necesario -como el caso del polaco Mariusz Patyra, que no llegó a ningún sitio-, aparece un golpe de timón que envía todo a un universo paralelo donde al parecer el objetivo central es la captación de nuevos públicos, olvidando todo lo demás o como si aquello estuviese ya perfectamente resuelto.
El primer programa estuvo dedicado al jazz, quizá el género más discordante en su esencia con la música sinfónica (hablando en el estricto sentido formal). Le siguió un programa dedicado a los musicales de Broadway -quintaesencia del lirismo ligero y sin pretensiones-. Ya en el mes de julio, un programa de música popular mexicana. Y para cerrar y cambiando de sede del Teatro Degollado al Teatro Diana, el programa titulado “La OFJ y el circo”, donde la orquesta estará acompañada por “los mejores acróbatas, malabaristas y contorsionistas del arte circense mundial”.
La música clásica tiene un valor por sí misma, en ello estriba su inmenso valor. Citando de nuevo a Lebrecht: “La música clásica siempre ha tenido una pequeña base de seguidores y el vasto éxito comercial del pop lo hace ver aún más pequeño, lo cual no significa que no tenga valor”. Por ello, resulta difícil encontrar qué tan conveniente sea entrar en ese juego de la lógica que dictan los números, pues está claro que la cantidad no es el terreno en el que la música de concierto podrá competir. Su universo es otro, el de la calidad; el entretenimiento es otra cosa.