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Unas horas con el mejor papá del mundo
''Si la libro, ahora sí quiero hacer las cosas bien. Buscaría un trabajo''; esta es la historia de ''el Chilango'', quien tras salir de Puente Grande regresó a las andadas
GUADALAJARA, JALISCO (07/ABR/2013).- Lo vi allí en la cama. Dormido. Y me cae que sentí que tenía al mejor papá del mundo”, contaba Juan, “El Chilango”. Delgado, despeinado y con su ropa sucia buscaba, después de la medianoche, un cigarrillo que calmara sus ansias luego de haber estado dormido durante dos o tres horas. El suelo ya había cobrado la factura a su cuerpo y se colocó en la banca de la celda donde estaba recluido, una vez más, después haber purgado una condena de ocho años en el Penal de Puente Grande. “Chingado, si vuelvo a caer ya no aguanto otro rato. La neta es que yo creo que sí me ahorco”, dijo, luego de encontrar un interlocutor que puso atención a su historia.
Zapatero a tus zapatos. Ratero a tus andadas. Tiene apenas 26 años, pero “El Chilango” es un compendio de la vida criminal, ya sea en la calle o en los reclusorios. Con poco más de 24 horas en la calle decidió volver a robar. Un amigo le dijo que lo que dejaba buenas ganancias era “cadenear”. Es decir, arrancar cadenas de oro a transeúntes de calles céntricas de la ciudad. “Ya llevaba cuatro, pero la pinche ambición me ganó”, relataba sobre su desgraciada decisión de quitar una cadena más. Esa última presea se la arrancó a una francesa, “gritona la cabrona”, añadió. Cuando trató de perpetrar su fechoría la víctima gritó y gritó. Lo persiguió unos metros. Él aceleró el paso y, de pronto, se vio frente al abundante tráfico de una de las calles principales. La francesa estaba detrás. Decisión límite: ¿cruzar o no cruzar? Va. De pronto sus piernas lo llevaron al otro lado de la acera. Había esquivado los vehículos. La libró. Respiró aliviado de quitarse de encima a esa francesa incómoda y bajó el ritmo de su trote. “Puf”. Golpe seco en su pantorrilla. La llanta de una motocicleta detuvo su carrera y lo lanzó a una tienda de telas. Casi reventó la vitrina. Como pudo se levantó y aventó al conductor de la moto, quien se le había echado encima. Retomó su huida seguido por el motociclista. Todo por piernas. La condición física del “Chilango” ya estaba mermada luego de tres o cuatro springs anteriores. Le faltaba el aire. Prefirió entonces tantear al perseguidor. Lo vio de reojo. Un poco más grueso que él, así que decidió enfrentarlo. Se paró a mitad de la calle. “¿Bueno, qué quieres hijo de la chin..?” No alcanzó a terminar la frase cuando el otro desenfundó una escuadra. “Policía Judicial”. “Chale, si me lo dice antes nos evitamos la pinche corretiza”, decía socarrón. El ticket ya estaba pagado. Había sido momento para subir a la montaña rusa de su conversación, de la historia de su vida.
Enseguida otro vuelco. Tenía clavada la mirada en el suelo. Su rostro se desencajó cuando comenzó a recordar cómo fue que obtuvo la libertad. Aún le faltaban dos años de condena tras ser capturado por haber robado un carro, con todo y conductora lesionada por arma de fuego. Su cómplice, el que asegura le disparó a la mujer, se escapó. Bajó del auto en un semáforo en alto. Cuando él llegó a dejar el automóvil, la policía lo estaba esperando. El mundo se le vino encima. Sentenciado a 10 años, el primer día de la condena fue visitado por su mujer embarazada para avisarle que se olvidara de ella, y de su hija, por supuesto. Entonces transcurrieron ocho años. Y su padre, el borracho golpeador, del que había huido con su madre y hermanos hace más de 15 años, fue por él. “Me dijo que se sentía mal. Tiene diabetes. Como que ya la sentía cerca y por eso quería tenerme afuera, con él. Pero no quise regresarme al chilango.” Prefirió quedarse en Guadalajara, reunir dinero e ir en busca de su mujer, de su hija, a la colonia Tabachines y si no estaba allí, hasta Zacatecas, de donde es oriunda y probablemente se encontrara. Estaba decidido a mostrarse ante quien fuera la musa de sus fechorías, a quien quería darle todo para sacarla de la casa pobre de sus padres, del barrio bravo donde vivía.
Medianoche. Uno de los ocho reclusos en la celda de cuatro por cuatro ha recobrado su libertad. Los sándwiches agrios de jamón con crema se han terminado. El Chilango se comió dos, pues otro de sus compañeros de celda prefirió beber café y galletas que su familia le llevó. Parece tener más fuerza para platicar. Se desvía el tema. Ahora da cuenta de su saber entorno a cómo se gobierna en el penal de Puente Grande. “Allí, la verdad, los que mandan son los reclusos. Acaba de salir el ‘May’, y se quedó a cargo otro bato que no ubico muy bien porque apenas estaba tomando el control”, explicaba este ex inquilino con ocho años de experiencia. Ahora la conversación se sostiene con dos jóvenes delincuentes como él, sólo que estos dos estaban allí por haber robado una camioneta de lujo. Parecía que no había cómo inculparlos, y después de algunos golpes recibidos por parte de los agentes, los acusaron por encontrarles unas pastillas psicotrópicas que ellos no llevaban. El relato sobre el penal siguió: la venta de cobijas de dos a cinco pesos, los cigarros a cinco, la renta de televisores y mejores lugares entre los internos. Relataron hasta maneras de comer mejor si asistían a ciertos grupos como Oceánica y otros de rehabilitación, ya que allí los encuentros contaban con mejores viandas. Terminaron su charla con el relato del temor por caer a “Íntima”, sinónimo tanto de la visita conyugal, en el mejor de los casos, como del espacio adecuado para resistir todo tipo de abusos “correctivos” si violaban alguna norma establecida por algunos de los dos gobiernos dentro de Puente Grande.
Los delincuentes también tienen Dios. Juan, “El Chilango”, lo sabe muy bien. Ya por la madrugada, cuando los siete que quedaban en la celda empezaban a caer por cansancio, este defeño comenzó a rezar: “que no venga Diosito, que no venga a ratificar la denuncia, que no venga”. Se refería a la francesa a la que había arrebatado la cadena. Era la esperanza que tenía. Si la dama oriunda de Francia se cansaba de hacer los engorrosos trámites mexicanos, él estaría libre. Incluso si en las próximas 24 horas caía al Pintón (Puente Grande), la francesa tenía que ir hasta allá, a las afueras de la Zona Metropolitana de Guadalajara, para continuar con el proceso. Así que si la lógica se imponía, no iba a ser necesario que se colgara. Sólo habría que aguardar dos o tres meses más.
“Si la libro, ahora sí quiero hacer las cosas bien. Buscaría un trabajo. Esto de robar está cabrón, me ha ido muy mal”, reflexionó. Ya amaneció y sólo resta esperar unas horas más a ver qué pasa con la francesa. Por lo pronto la imagen de su padre, el que lo sacó de la cárcel, el que le dejó varios números telefónicos para que se comunicara, incluso por cobrar, sigue muy fresca. Está sensible y no sabe qué hacer, qué decir si cae una vez más al penal. Su progenitor pagó 16 mil pesos que seguro no tenía demás y que Juan no aceptaría volviera a pagar. Esa cantidad, menos o más. Era tiempo de perdonar que cuando era niño vio cómo su padre golpeaba a su mamá. Él mismo sintió sus golpes. Estaba a su lado, tambaleaba de borracho y “El Chilango” temblaba de miedo.
Era un volado volver o no a Puente Grande, por lo que se recriminaba en lo más profundo; lo que más quería en ese momento era no darle esa noticia al mejor papá del mundo.
Zapatero a tus zapatos. Ratero a tus andadas. Tiene apenas 26 años, pero “El Chilango” es un compendio de la vida criminal, ya sea en la calle o en los reclusorios. Con poco más de 24 horas en la calle decidió volver a robar. Un amigo le dijo que lo que dejaba buenas ganancias era “cadenear”. Es decir, arrancar cadenas de oro a transeúntes de calles céntricas de la ciudad. “Ya llevaba cuatro, pero la pinche ambición me ganó”, relataba sobre su desgraciada decisión de quitar una cadena más. Esa última presea se la arrancó a una francesa, “gritona la cabrona”, añadió. Cuando trató de perpetrar su fechoría la víctima gritó y gritó. Lo persiguió unos metros. Él aceleró el paso y, de pronto, se vio frente al abundante tráfico de una de las calles principales. La francesa estaba detrás. Decisión límite: ¿cruzar o no cruzar? Va. De pronto sus piernas lo llevaron al otro lado de la acera. Había esquivado los vehículos. La libró. Respiró aliviado de quitarse de encima a esa francesa incómoda y bajó el ritmo de su trote. “Puf”. Golpe seco en su pantorrilla. La llanta de una motocicleta detuvo su carrera y lo lanzó a una tienda de telas. Casi reventó la vitrina. Como pudo se levantó y aventó al conductor de la moto, quien se le había echado encima. Retomó su huida seguido por el motociclista. Todo por piernas. La condición física del “Chilango” ya estaba mermada luego de tres o cuatro springs anteriores. Le faltaba el aire. Prefirió entonces tantear al perseguidor. Lo vio de reojo. Un poco más grueso que él, así que decidió enfrentarlo. Se paró a mitad de la calle. “¿Bueno, qué quieres hijo de la chin..?” No alcanzó a terminar la frase cuando el otro desenfundó una escuadra. “Policía Judicial”. “Chale, si me lo dice antes nos evitamos la pinche corretiza”, decía socarrón. El ticket ya estaba pagado. Había sido momento para subir a la montaña rusa de su conversación, de la historia de su vida.
Enseguida otro vuelco. Tenía clavada la mirada en el suelo. Su rostro se desencajó cuando comenzó a recordar cómo fue que obtuvo la libertad. Aún le faltaban dos años de condena tras ser capturado por haber robado un carro, con todo y conductora lesionada por arma de fuego. Su cómplice, el que asegura le disparó a la mujer, se escapó. Bajó del auto en un semáforo en alto. Cuando él llegó a dejar el automóvil, la policía lo estaba esperando. El mundo se le vino encima. Sentenciado a 10 años, el primer día de la condena fue visitado por su mujer embarazada para avisarle que se olvidara de ella, y de su hija, por supuesto. Entonces transcurrieron ocho años. Y su padre, el borracho golpeador, del que había huido con su madre y hermanos hace más de 15 años, fue por él. “Me dijo que se sentía mal. Tiene diabetes. Como que ya la sentía cerca y por eso quería tenerme afuera, con él. Pero no quise regresarme al chilango.” Prefirió quedarse en Guadalajara, reunir dinero e ir en busca de su mujer, de su hija, a la colonia Tabachines y si no estaba allí, hasta Zacatecas, de donde es oriunda y probablemente se encontrara. Estaba decidido a mostrarse ante quien fuera la musa de sus fechorías, a quien quería darle todo para sacarla de la casa pobre de sus padres, del barrio bravo donde vivía.
Medianoche. Uno de los ocho reclusos en la celda de cuatro por cuatro ha recobrado su libertad. Los sándwiches agrios de jamón con crema se han terminado. El Chilango se comió dos, pues otro de sus compañeros de celda prefirió beber café y galletas que su familia le llevó. Parece tener más fuerza para platicar. Se desvía el tema. Ahora da cuenta de su saber entorno a cómo se gobierna en el penal de Puente Grande. “Allí, la verdad, los que mandan son los reclusos. Acaba de salir el ‘May’, y se quedó a cargo otro bato que no ubico muy bien porque apenas estaba tomando el control”, explicaba este ex inquilino con ocho años de experiencia. Ahora la conversación se sostiene con dos jóvenes delincuentes como él, sólo que estos dos estaban allí por haber robado una camioneta de lujo. Parecía que no había cómo inculparlos, y después de algunos golpes recibidos por parte de los agentes, los acusaron por encontrarles unas pastillas psicotrópicas que ellos no llevaban. El relato sobre el penal siguió: la venta de cobijas de dos a cinco pesos, los cigarros a cinco, la renta de televisores y mejores lugares entre los internos. Relataron hasta maneras de comer mejor si asistían a ciertos grupos como Oceánica y otros de rehabilitación, ya que allí los encuentros contaban con mejores viandas. Terminaron su charla con el relato del temor por caer a “Íntima”, sinónimo tanto de la visita conyugal, en el mejor de los casos, como del espacio adecuado para resistir todo tipo de abusos “correctivos” si violaban alguna norma establecida por algunos de los dos gobiernos dentro de Puente Grande.
Los delincuentes también tienen Dios. Juan, “El Chilango”, lo sabe muy bien. Ya por la madrugada, cuando los siete que quedaban en la celda empezaban a caer por cansancio, este defeño comenzó a rezar: “que no venga Diosito, que no venga a ratificar la denuncia, que no venga”. Se refería a la francesa a la que había arrebatado la cadena. Era la esperanza que tenía. Si la dama oriunda de Francia se cansaba de hacer los engorrosos trámites mexicanos, él estaría libre. Incluso si en las próximas 24 horas caía al Pintón (Puente Grande), la francesa tenía que ir hasta allá, a las afueras de la Zona Metropolitana de Guadalajara, para continuar con el proceso. Así que si la lógica se imponía, no iba a ser necesario que se colgara. Sólo habría que aguardar dos o tres meses más.
“Si la libro, ahora sí quiero hacer las cosas bien. Buscaría un trabajo. Esto de robar está cabrón, me ha ido muy mal”, reflexionó. Ya amaneció y sólo resta esperar unas horas más a ver qué pasa con la francesa. Por lo pronto la imagen de su padre, el que lo sacó de la cárcel, el que le dejó varios números telefónicos para que se comunicara, incluso por cobrar, sigue muy fresca. Está sensible y no sabe qué hacer, qué decir si cae una vez más al penal. Su progenitor pagó 16 mil pesos que seguro no tenía demás y que Juan no aceptaría volviera a pagar. Esa cantidad, menos o más. Era tiempo de perdonar que cuando era niño vio cómo su padre golpeaba a su mamá. Él mismo sintió sus golpes. Estaba a su lado, tambaleaba de borracho y “El Chilango” temblaba de miedo.
Era un volado volver o no a Puente Grande, por lo que se recriminaba en lo más profundo; lo que más quería en ese momento era no darle esa noticia al mejor papá del mundo.