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''Una de tapatíos''

Esta semana es el turno de los ganadores del segundo lugar de las categorías cuento corto e hiperbreve. En sus escritos, los autores reflejan la personalidad, vivencias y el verdadero entorno de los habitantes de Guadalajara

Segundo lugar, cuento corto
El Sapo
Por Frilans (Verónica Alcocer)


Imágenes del colectivo y el subterráneo en un día cotidiano.

GUADALAJARA, JALISCO (12/JUN/2010).- Rutinario y carente de imaginación, un cuerpo sobresale de entre la fila de personas que se aglomeran rumbo a la salida del tren. El sobrepeso hace que la figura de aquel hombre tenga un ligero balanceo, sin embargo, hay algo más que le da ese ansioso vaivén mientras camina. A lo largo del andén se observan los letreros de “Cuidado, piso resbaloso”  y algunos promocionales con finalidad comercial. La gente comienza a dispersarse conforme se acerca a la salida de la estación.

La peculiar figura del hombre del vaivén sube con ansiedad las escaleras, el motivo: el monótono hueco de las diez de la noche para tomar el camión. El público se dispersa, unos cruzan la calle, otros se quedan en la acera a la espera de la ruta salvaje que ha de transportarlos a sus destinos de final de día, entre ellos Él, cuya ansiedad aumenta, esperando esquivar que la ruta pase a las diez y  treinta. Al final, lo esperado, la ruta pasa a horario y la gente se agolpa en la entrada y salida del transporte, unos suben otros bajan. Un inconveniente detiene el paso de Él, la clásica y fastidiosa escena del auto, con su calca de “no al macrobús”, que se adelanta al transporte público, los tripulantes: la chica dicharachera, alegre y coquetona que despide con cariño al compañero con carro que le ha hecho el favor de dejarla a la entrada de la estación del tren.

Él refunfuña, se siente con privilegios, hace algunos años, la televisión, la radio y hasta el gobierno, le aseguraron que los tenía, que él no era un discapacitado, sino una persona con capacidades diferentes, especiales y es esta última palabra la que ha adoptado como forma de vida: ESPECIAL. Sintiéndose así, la figura se desespera y comienza a empujar sin pedir permiso. Al fin, logra ingresar a la ruta.

—Su credencial, oiga —Se escucha decir a una voz al frente del transporte, mezclada con los acordes del Mechón.

Después de traspasar la barrera de la credencial, Él ubica el siento, ese que es para la gente especial, mala suerte, está ocupado, pero la mala suerte no es para él, sino para quien lo ocupa, Él es especial y arremete contra quien quiera evitar que lo sea; de tal manera, la chica, acompañada del amigo gordito y gracioso, con el enorme bolso y el seseo marcado tiene que abandonar su cómodo y largo viaje en asiento especial. Él se sienta, y entonces, en medio de los acordes del Mechón que termina y el inicio de En los puritos huesos, entre ese micromundo clasista de la ruta que siempre conserva el mismo orden: adelante, los chicos del CUCEA hablando en inglés, siempre en los mismos grupos, las tres chicas con el amigo que se hace el chistoso y la chica con el chico tirados a la conquista; en medio: las señoras que vienen de la compra o del trabajo con uno que otro niño que aparece en alguna ocasión; y al final, como sucediera en la vida misma: los albañiles, los obreros de Jabil o de Flextronics, con los semblantes adustos, con la cerveza en la mano o con el cansancio reflejado incluso en la piel.

Las chicas Oblatos no aparecen en esta ruta, pesar que cruza por alguna sección. Pero Él, es ajeno a todo, porque va en su asiento especial y el mundo no le importa, es en ese momento que decide aislarse del panorama y en el que la infaltable bolsita de plástico que lo acompaña aparece y sale un pan de panadería barata y un refresco, un menú especial para alguien especial.

Entre los amables “me da permiso” que contrastan con el adusto empujón o el golpe de trasero con hombro que sucede a la frase de que quienes intentan obtener un asiento con ventana; el refrigerio nocturno termina a los pocos minutos, Él sigue ufano, especial.

La ruta sigue con sus melodías de la Ke Buena y con el ambiente dividido, así llega hasta unas cuadras antes de la Calzada, Él está casi dormido y despierta en el momento justo, se levanta con sobresalto pensando que se ha pasado de calle, pero no, aún está a tiempo. Él siempre baja por “adelante”, pide parada, algo pasa.

—¿Qué te pasa? Yo me tengo que bajar allá atrás, ahí es por donde vivo…

Eh, pos ni que fuera taxi, ¿qué no ve que están arreglando? ´orita no me puedo

parar ahí. Ahí  no hay parada, hasta como el próximo mes.

Bájame pues, ya. ¡Te digo que me bajes! ¡Bájame o te demando!

¡Eh, mugre sapo! Bájese pues. Shhh, ¡no le digo, chuecos, como sapo y todavía

se ponen moñudos…!

Al fin se baja, no donde necesitaba, no de la manera en que él debería ser atendido, el mundo sigue sin entender el valor de una persona cuyas diferencias lo hacen especial. El camión arranca de nuevo entre aquellos que maldicen al conductor, los que comparten los pensamientos de Él, los que se ríen por el acontecimiento y los que siguen indiferentes, buscando que la escena hubiera terminado en atropellamiento o sangre, pues para ellos son esas escenas las que merecen torcer un poco el cuello para mirar. Mientras, la figura hinchada, malhumorada, envuelta en los pantalones beige y la camisa crema con la gorra verde, con la indumentaria de todos los días, se pierden de dos maneras, en la lejanía de la distancia y en el arrancar de la ruta salvaje que continúa su viaje a ritmo de Arremángala, arrempújala. Todo se pierde en las imágenes del colectivo y el subterráneo.

La autora

Cuando Verónica Alcocer se decidió  a participar en la convocatoria “Una de tapatíos” no tuvo más que recordar algunas de sus experiencias al viajar en el transporte público.

“Jalisco, en mi opinión, es un lugar de muchísimos contrastes, de mucho choque de ideologías y creo que en el transporte colectivo eso se nota, te encuentras desde la persona que es totalmente indiferente, hasta la persona que es súper solidaria “, dijo.

La intención de Verónica era retratar esa parte de Guadalajara donde “todo se conjunta” porque en un camión se combinan profesiones, creencias y hasta clases sociales.

“Mi cuento tiene un mensaje de conciencia, habla de la discapacidad y de cómo a veces la pasamos de largo y otras veces el discapacitado espera tener privilegios más allá de lo conveniente. Entonces es la dualidad y la conciencia de ambas partes”.

Sus personajes, tal como las situaciones, son producto de la misma gente con la que la solía toparse en su ruta diaria rumbo a la universidad, en la ya conocida ruta 380.

Sobre el resultado de su historia, se dice muy satisfecha y considera su cuento “un buen producto” y aunque no sabía qué lugar obtendría esperaba destacar con un reconocimiento, ya que para ella no sólo se trataba de reflejar algo de Guadalajara y los tapatíos, además significó retomar su pasión por escribir.

“Me gustaría, para todos aquellos que lean mi cuento, que observen y que sean conscientes de que todos somos parte de un conjunto y vale la pena detenernos a mirar el entorno”.

Lo que sigue para Verónica, como ella dice, es seguir aprovechando su inspiración, ya que quiere continuar escribiendo y dando a conocer sus ideas y explotando su creatividad.

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