Suplementos
Un tema en boca de todos
Una pequeña crónica de que como vive la gente en medio de la contingencia sanitaria
Como cada día entre semana, Juan Antonio toma el camión para trasladarse hacia su trabajo en la zona industrial. Son las ocho de la mañana y aún el aire es fresco. Hay un silencio que otorga extrañeza en una avenida particularmente ruidosa, contaminada y peligrosa. La avenida Lázaro Cárdenas luce con tráfico ligero para ser miércoles pero los camiones están abarrotados.
Ante las recomendaciones emitidas por la Secretaría de Salud sobre el brote epidemiológico de la gripe porcina, causante de esta relativa quietud, son pocos los usuarios del transporte que llevan cubrebocas. Van pegaditos como siempre, tocando la mismas barras metálicas, los mismos asientos, el mismo botón rojo que solicita una parada… Juan Antonio hace una mueca y expresa: “Tenemos que trabajar. La vida no se puede acabar”.
Juan se quedó sin cubrebocas. Dice no haberlos encontrado ya en las farmacias. “Tengo cuatro hijos y una esposa… al principio me preocupé de que ellos se contagiaran, pero uno tiene que guardar la calma y trabajarle… hay gente que se asustó mucho por donde vivo (por Belenes) (…) yo pienso que esto va a pasar pronto, bueno, eso espero, como muchas cosas que nos han ocurrido, pero nunca está de más cuidarse”.
Al bajar del camión, cerca de la siderúrgica, Juan se encuentra con dos de sus compañeros. El tema: la influenza porcina. “Lo que dijo López Dóriga…, mi compadre me contó…, que en el hospital fulano ya hay un caso…” la especulación del día a día desde el fin de semana pasado gira en torno a las mismas aristas. Lo cierto es que las posturas no son las mismas.
Andrés, de 21 años y estudiante de preparatoria por las tardes se dice incrédulo. Habla de los temas de algunos e-mails que ha recibido: de un convenio con una farmacéutica por 100 millones de euros, de que la economía mundial necesitaba un cambio, de una posible “cortina de humo”, de un chupacabras más… Los demás lo escuchan con atención. Mauricio, de 38 años, se confiesa confundido.
Su tartamudeo hace creer que es un tipo nervioso, pero sus amigos dicen que es el más seguro de los tres. “Yo ya me harté del tema, es tanta la información que trato de informarme una vez al día (…) No soy indiferente pues, (respondiéndole a una mirada fría de Juan Antonio) pero creo que lo peor es tener miedo”.
Cinco minutos antes de las nueve, un día laboral más comienza. El ambiente es diferente. Nadie se saluda de mano en la empresa y es obligatorio el uso de cubrebocas. “Sólo hay que esperar… ¡y cuidarse!” concluye Juan Antonio. “De peores hemos salido”.
Ante las recomendaciones emitidas por la Secretaría de Salud sobre el brote epidemiológico de la gripe porcina, causante de esta relativa quietud, son pocos los usuarios del transporte que llevan cubrebocas. Van pegaditos como siempre, tocando la mismas barras metálicas, los mismos asientos, el mismo botón rojo que solicita una parada… Juan Antonio hace una mueca y expresa: “Tenemos que trabajar. La vida no se puede acabar”.
Juan se quedó sin cubrebocas. Dice no haberlos encontrado ya en las farmacias. “Tengo cuatro hijos y una esposa… al principio me preocupé de que ellos se contagiaran, pero uno tiene que guardar la calma y trabajarle… hay gente que se asustó mucho por donde vivo (por Belenes) (…) yo pienso que esto va a pasar pronto, bueno, eso espero, como muchas cosas que nos han ocurrido, pero nunca está de más cuidarse”.
Al bajar del camión, cerca de la siderúrgica, Juan se encuentra con dos de sus compañeros. El tema: la influenza porcina. “Lo que dijo López Dóriga…, mi compadre me contó…, que en el hospital fulano ya hay un caso…” la especulación del día a día desde el fin de semana pasado gira en torno a las mismas aristas. Lo cierto es que las posturas no son las mismas.
Andrés, de 21 años y estudiante de preparatoria por las tardes se dice incrédulo. Habla de los temas de algunos e-mails que ha recibido: de un convenio con una farmacéutica por 100 millones de euros, de que la economía mundial necesitaba un cambio, de una posible “cortina de humo”, de un chupacabras más… Los demás lo escuchan con atención. Mauricio, de 38 años, se confiesa confundido.
Su tartamudeo hace creer que es un tipo nervioso, pero sus amigos dicen que es el más seguro de los tres. “Yo ya me harté del tema, es tanta la información que trato de informarme una vez al día (…) No soy indiferente pues, (respondiéndole a una mirada fría de Juan Antonio) pero creo que lo peor es tener miedo”.
Cinco minutos antes de las nueve, un día laboral más comienza. El ambiente es diferente. Nadie se saluda de mano en la empresa y es obligatorio el uso de cubrebocas. “Sólo hay que esperar… ¡y cuidarse!” concluye Juan Antonio. “De peores hemos salido”.