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Un edificio como metáfora de la justicia

Es viejo, sucio, antifuncional, escondido, casi tétrico, y con un elevador que se atora

GUADALAJARA, JALISCO (24/MAR/2013).- Un gran ficus da sombra justo a la entrada del número 128 de la calle de Héroes en el Centro de la Ciudad. Es el punto de encuentro entre los abogados y sus clientes. O el Seven que está en la esquina. ¿Cómo distinguir a un buen abogado? ¿Acaso por el número de juicios ganados? No, ese ránking no se obtiene ni mediante la oficina de Transparencia: intente usted hacerlo por la calidad del traje con el que viste.

La entrada al edificio podría pasar desapercibida de no ser por el arremolinamiento de personas a las afueras, los autos estacionados en doble y hasta en triple fila (pasan policías de Tránsito en bicicletas, pero hasta bromean con los “viene-viene”) y los puestos de comida en la banqueta. Los abogados también se alimentan, no vaya usted a creer.

Dando los primeros pasos hacia el interior, el salidero y entradero de cientos de personas hace imaginar que está uno en cualquier estación del Tren Ligero: el letrero “Juzgados del 4° al 10° de lo familiar” nos ubica. A mano derecha hay un local que se renta y que alberga en su interior una especie de panteón de máquinas copiadoras. ¿Qué negocio podríamos poner justo a la entrada de estos juzgados? Si alguien se entera de ese espacio lo más probable es que pronto veamos ahí una Farmacia del Ahorro.

Dando a penas unos pasos se topa uno con una larga fila. Cualquiera que entre por vez primera se descontrola: ¿formarse educadamente o seguir por un lado como la mayoría lo hace? La elección tiene que ver con si quiere uno subir por las escaleras o tomar el elevador. Y muchos lo deciden no sólo por el piso al que van, sino por cuestiones de salud. Una señora que hace fila dice: “yo antes subía sin problema por las escaleras mija, pero los años y la varis ya no me dejan”.

La fila de personas que esperan el elevador puede ser tan larga que salga del edificio y siga por la banqueta. ¿La razón? Que sólo pueden subir cinco personas por viaje, con más se atora. “El otro día nos subimos al elevador y el licenciado que ya ves que es bien bromista comenzó a brincar para asustarnos… y el asustado fue él porque el elevador se atoró y al rato ya se andaba hasta desmayando”, dice una abogada.

Sí: el elevador de estos juzgados tiene fama de que se atora a la menor provocación. Es toda una metáfora del sistema de impartición de justicia en nuestro país. De hecho el propio edificio lo es: viejo, sucio, antifuncional, escondido, casi tétrico. Y con un elevador que se atora. Como los mismos procesos que se llevan aquí. Una abogada se queja de que le “atoraron” su procedimiento por mero capricho: en el juicio de divorcio que lleva tenía que presentar una constancia de no embarazo de su clienta, la mandó a la Cruz Verde a que le hicieran el examen, lo presentó y se lo rechazaron. La abogada está enojadísima, pues dice que no entiende por qué. Pone su mejor cara para hablar con la secretaria de acuerdos y ella le dice que se rechazó porque de acuerdo con el Código civil, sólo son válidos los exámenes realizados en dependencias de la Secretaría de Salud. Y la Cruz Verde no lo es. Cuestiones de interpretación, dice la abogada, pues en otras ocasiones sí se lo han aceptado, pero le conviene no alegar y mejor obedecer, si no quiere que le “atoren” más cosas en el largo camino de un divorcio.

Para solicitar un expediente hay que llegar frente a la ventanilla, coger un papelito de una improvisada bandejita y escribir el número. Atrás de la ventanilla dos mujeres cumplen todo el día un incansable rito: buscar en los archiveros que se están desbaratando un expediente y dárselo a quien lo solicita a cambio de una identificación. Los expedientes que no caben ya están apilados por arriba, por un lado, por otro. Luego se los regresan y hay que volverlos a acomodar. Y así, todo el día, todos los días, todo el año, todos los años. Acaso por eso están ellas siempre de mal humor.

Pero en el edificio de Héroes 128, la justicia encuentra también su lado dulce: a la entrada del juzgado 9° de lo familiar, en donde sacan copias como en casi cada piso, hay un puestecito de dulces, chicles, chocolates y esas cosas. Y luego luego subiendo por las escaleras está el señor que vende códigos y libros de derecho que casi nadie le compra. Pero, eso sí, todo mundo lo saluda. De hecho los saludos son lo más frecuente aquí: abogados que se encuentran y se abrazan con la cordialidad y el cariño más impostado que pueda existir. “¡Licenciado, un gusto, como siempre, saludarlo!” Y a la salida, el licenciado regresa al ficus que da sombra a decirle a su clienta que no, que todavía no hay nada, que hay que regresar la próxima semana. “Ay, licenciado, ya casi llevamos medio año”, le dice la señora. “Así es la justicia en nuestro país, señora”, responde el licenciado cuidando que a sus espaldas no se le venga encima el viejo edificio de Héroes 128.

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