Suplementos
Un año para toda la vida
Hay amigos para siempre, aunque la muerte se interponga. El autor italiano Antonio Tabucchi es recordado por el escritor Antonio Sarabia
GUADALAJARA, JALISCO (01/ABR/2012).- El fallecimiento de un amigo querido es algo muy personal, un motivo de luto y aflicción íntima, nada que enviar a los periódicos, por eso mi primera reacción al recibir la invitación para escribir en El Informador algo sobre la muerte de Tabucchi fue un rotundo “no”. ¿Por qué?, ¿para qué?, me dije. En mi respuesta mencioné que hasta se me hacía raro llamarlo “Tabucchi”. En el momento de escribir eso Antonio me sonrió en la cabeza, con esa sonrisa suya tan llena de sobreentendidos, y entonces pensé que le haría gracia que yo contara algo de él en esa ciudad que, cuando su padecimiento era apenas una ligera nube a la que no se le veían trazas de oscurecer el horizonte, habíamos designado como punto de partida para un posible recorrido por México. Comprendo bien que esa manera absurda y vicaria de llegar allá juntos después de su muerte es imbécil, fantasiosa e inútil, pero es una manera al fin con esa pizca de surrealismo y ternura que a él le era tan propia. Todavía con la sonrisa de Antonio ondeando en el recuerdo me decido a teclear cualquier cosa en la Mac. Voy a echar cosas ahí dentro, sin reflexionarlas demasiado, a ver qué aparece después. Tal vez con ello el dolor mengüe un poco y de esta maraña de sentimientos encontrados resulte una cosa más o menos coherente y medianamente legible.
No será este un panegírico sobre su persona, ni una crítica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso están sus propios libros: lean ''Sostiene Pereira'', ''Réquiem'', ''Dama de Porto Pim'', ''Nocturno hindú'', conozcan la obra de quien hasta hace pocos días era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poesía de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, allá por los años sesenta, ni de su encuentro entonces y ahí con María José, su esposa, a quien llamamos Zé los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quería mostrarse afectuoso. Tampoco hablaré de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez más xenófoba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus críticos y a sus biógrafos. Yo quisiera hablar aquí de otra cosa que no alcanzo todavía a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustración ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.
Nos conocimos a principios de marzo del año pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Suárez y José Manuel Fajardo. Entre un puñado de afinidades estéticas, filosóficas y literarias descubrimos con placer que, además, éramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el corazón del centro histórico de Lisboa, están apenas a pocos minutos a pie una de otra. A él le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio físico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Príncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con café y sabrosa plática incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A él la pierna le impedía extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de café en los lugares más próximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos días a unas charlas en la universidad de Milán. Él me sugirió alcanzarlo después en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo preferí pasar unos días en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habría tiempo para vernos con él en alguna mejor ocasión.
Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invitó, a Lauren y a mí, junto con Karla y José Manuel en cuya cena nos habíamos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y después en calificar aquel día como “perfecto”. Antonio arrastraba cada vez más su pierna pero la comida, el humor y la conversación fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ahí Antonio insistió aún en que compráramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volviéramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negué. Era el 15 de septiembre y quería apresurar mi regreso a Lisboa para asistir al Grito en la embajada de México. Ya volveríamos en otra ocasión, le repetí agradecido, sin darme cuenta que reincidía en lo de Italia y que la vida, o más bien la muerte, nos negaría otra oportunidad.
Por cierto que entre nosotros el tratamiento de “tocayo” nunca se dio. Él me llamaba Antonio y yo a él igual. La confusión era para Zé y para Lauren quienes no hallaban qué hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volteáramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respondía el teléfono se identificaba a sí mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retintín italiano en su español no fueran suficientes para reconocerlo, como “el viejo Antonio” aunque era apenas unos meses mayor que yo.
Como la pierna no mejoraba, cuando volvió de su casa en la playa me pidió que lo llevara a hacerse unos análisis al hospital. Zé, que no quería causarme molestias, lo regañó por insistir en buscarme para esos menesteres, pero la verdad es que a mí no me incomodaba. Antonio me había dicho ya, y se lo repitió entonces a Zé delante de mí, que tenía la impresión de que él y yo éramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al médico una buena docena de veces y entre radiografías, exámenes y visitas a uno u otro especialista llegamos a veces a permanecer el día entero en el hospital. Cuando salíamos temprano me quedaba en su casa un rato más, a continuar con la charla y bebernos un whiskey. Si salíamos tarde llamábamos por teléfono a Lauren y a Zé para ir a cenar todos juntos.
A pesar de sus padecimientos Antonio mantenía el buen ánimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un día vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una pequeña joya, el primer brote de una mata de chiles que tenía plantada en su jardín pensando que yo, como mexicano, la apreciaría más que ningún otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidió que le enviara por correo electrónico las letras de algunas que le maravillaron. Todavía escucho su risa al oír las primeras estrofas de El Abandonado:
Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre / Y por tener la desgracia de ser casado…
Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.
Le divertía el iPad que yo llevaba a la clínica para leer y distraerme mientras él entraba con el médico. Se lo mostró a Zé, como un niño un juguete, y le pidió uno igual como regalo de cumpleaños.
Los exámenes se sucedían y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empezó a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompañarlo yo al médico como acostumbrábamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que solíamos. Aún así, mantuvimos el contacto por teléfono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operación. Todavía las cosas no parecían tan graves. Luego, unas semanas después, recibí un mensaje en mi teléfono móvil. Me pedía que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no leí su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respondí a esa hora pidiéndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el día siguiente a las seis.
Me dolió verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco más de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dejé unas películas que le había llevado para que se distrajera y me incliné sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la última vez que lo vi.
El día del entierro me sentí raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo fúnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no podía dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que él lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro ''Réquiem''.
Lo que hablamos, discurrimos, reímos y fantaseamos durante tantas caminatas, cafés, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y demás es algo que a ningún otro interesa y que conservaré conmigo hasta el fin. A mí, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. Él me confesó haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Hace muy poco terminé una novela que tenía abandonada y le escribí un mensaje telefónico a Zé para que se lo contara a Antonio avisándole también que era una especie de secuela de otra novela mía que él conocía y gustaba y que se la quería dedicar. Ella se lo susurró al oído y me dice que tal vez hasta le haya visto sonreír pero que a esas alturas ya no podía estar segura de nada.
Esto es lo que yo siento ahora: el año pasado conocí a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que además era un escritor formidable. Apenas unos meses después, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.
UN REFERENTE EN EUROPA
Literatura
Tabucchi inició su carrera como escritor en 1975 con la novela ''Piazza Italia'', a la que siguieron varias antologías de cuentos, pero se consagró definitivamente gracias a las novelas ''Réquiem. Una alucinación'' (1992) y sobre todo, ''Sostiene Pereira'' (1994), ambientada en la dictadura de Salazar en Portugal y que fue llevada al cine por Roberto Faenza en 1996, con Marcello Mastroianni como protagonista.
Antonio Sarabia
No será este un panegírico sobre su persona, ni una crítica enterada y sesuda sobre su trabajo literario. Para eso están sus propios libros: lean ''Sostiene Pereira'', ''Réquiem'', ''Dama de Porto Pim'', ''Nocturno hindú'', conozcan la obra de quien hasta hace pocos días era uno de los mayores escritores vivos. Yo no voy a hablar de ella, ni de su nacimiento en Pisa durante la guerra, ni de su amor por la lengua portuguesa, ni de su conocimiento erudito y apasionado de la poesía de Fernando Pessoa, motores ambos de su primer viaje a Lisboa, allá por los años sesenta, ni de su encuentro entonces y ahí con María José, su esposa, a quien llamamos Zé los amigos y a quien Antonio nombraba Zezinha cuando quería mostrarse afectuoso. Tampoco hablaré de sus apasionados alegatos en defensa de los menos favorecidos en esta sociedad europea cada vez más xenófoba, ni de su absoluto desprecio por Silvio Berlusconi. Esa tarea se la dejo a sus críticos y a sus biógrafos. Yo quisiera hablar aquí de otra cosa que no alcanzo todavía a definir. Me ciega la rabia impotente ante su muerte, la frustración ante una ausencia que ya nada puede compensar, la tristeza de las cosas que quedaron pendientes en nuestra reciente y a la vez tan antigua amistad.
Nos conocimos a principios de marzo del año pasado, en una cena organizada por una querida pareja de amigos colegas, Karla Suárez y José Manuel Fajardo. Entre un puñado de afinidades estéticas, filosóficas y literarias descubrimos con placer que, además, éramos vecinos. Nuestras casas, enclavadas en el corazón del centro histórico de Lisboa, están apenas a pocos minutos a pie una de otra. A él le comenzaban unos dolores recurrentes en la pierna derecha y los achacaba a la falta de ejercicio físico por lo que nos pusimos de acuerdo para salir a caminar juntos por las pintorescas callejuelas y plazas de nuestro vecindario, Príncipe Real, Bairro Alto y Chiado, con café y sabrosa plática incluida. No pasamos de hacerlo un par de veces. A él la pierna le impedía extender los paseos y no tardamos en circunscribirlos a tazas de café en los lugares más próximos y a una que otra ida al cine antes de que se fuera a pasar el fin del verano a Italia. Yo estaba invitado esos días a unas charlas en la universidad de Milán. Él me sugirió alcanzarlo después en su casa de toda la vida, cerca de Pisa, y yo preferí pasar unos días en Venecia con Lauren, mi mujer, pensando que ya habría tiempo para vernos con él en alguna mejor ocasión.
Al volver nos llamamos de nuevo. Nos invitó, a Lauren y a mí, junto con Karla y José Manuel en cuya cena nos habíamos conocido, a almorzar en su casa a orillas del mar. Los seis coincidimos entonces y después en calificar aquel día como “perfecto”. Antonio arrastraba cada vez más su pierna pero la comida, el humor y la conversación fueron insuperables. Antes de despedirnos fuimos a ver la puesta del sol a una playa cercana y ahí Antonio insistió aún en que compráramos un pollo asado para la cena en un sitio cualquiera y volviéramos a su casa a continuar con la fiesta. Yo, muy a mi pesar, me negué. Era el 15 de septiembre y quería apresurar mi regreso a Lisboa para asistir al Grito en la embajada de México. Ya volveríamos en otra ocasión, le repetí agradecido, sin darme cuenta que reincidía en lo de Italia y que la vida, o más bien la muerte, nos negaría otra oportunidad.
Por cierto que entre nosotros el tratamiento de “tocayo” nunca se dio. Él me llamaba Antonio y yo a él igual. La confusión era para Zé y para Lauren quienes no hallaban qué hacer para dirigirse a cualquiera de los dos sin que ambos volteáramos al mismo tiempo al escuchar nuestro nombre. Cuando Lauren le respondía el teléfono se identificaba a sí mismo, como si su ronca voz de fumador empedernido y el retintín italiano en su español no fueran suficientes para reconocerlo, como “el viejo Antonio” aunque era apenas unos meses mayor que yo.
Como la pierna no mejoraba, cuando volvió de su casa en la playa me pidió que lo llevara a hacerse unos análisis al hospital. Zé, que no quería causarme molestias, lo regañó por insistir en buscarme para esos menesteres, pero la verdad es que a mí no me incomodaba. Antonio me había dicho ya, y se lo repitió entonces a Zé delante de mí, que tenía la impresión de que él y yo éramos amigos de toda la vida. Ya sea solo o con ella debo haberlo llevado al médico una buena docena de veces y entre radiografías, exámenes y visitas a uno u otro especialista llegamos a veces a permanecer el día entero en el hospital. Cuando salíamos temprano me quedaba en su casa un rato más, a continuar con la charla y bebernos un whiskey. Si salíamos tarde llamábamos por teléfono a Lauren y a Zé para ir a cenar todos juntos.
A pesar de sus padecimientos Antonio mantenía el buen ánimo. Miraba las cosas a su alrededor con una permanente curiosidad y ese humor un tanto surrealista que se transparenta en sus obras. Un día vino a cenar a la casa y me trajo, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, como una pequeña joya, el primer brote de una mata de chiles que tenía plantada en su jardín pensando que yo, como mexicano, la apreciaría más que ningún otro. Esa noche escuchamos canciones rancheras y me pidió que le enviara por correo electrónico las letras de algunas que le maravillaron. Todavía escucho su risa al oír las primeras estrofas de El Abandonado:
Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre / Y por tener la desgracia de ser casado…
Recordaba con afecto y devoción a sus amigos y hablaba a menudo de ellos y de sus trabajos. Organizó una cena para que conociéramos algunos de los que viven en Lisboa y me prestó El té de Proust, los cuentos reunidos del rumano Norman Manea a quien quería y admiraba de una forma especial. Se sentía extremadamente orgulloso de un homenaje que le habían hecho los gitanos por abanderar sus derechos y de la vara de juez que le confirieron durante la ceremonia. Cuando cayó Berlusconi en Italia nos llamó para festejarlo con una improvisada cena en su casa en la que brindamos abundantemente a la salud de su país natal.
Le divertía el iPad que yo llevaba a la clínica para leer y distraerme mientras él entraba con el médico. Se lo mostró a Zé, como un niño un juguete, y le pidió uno igual como regalo de cumpleaños.
Los exámenes se sucedían y, de pronto, la pierna era el menor de sus males. Le empezó a resultar imposible bajar por su propio pie la escalera de su casa y ya no pude acompañarlo yo al médico como acostumbrábamos. Un servicio del hospital se encargaba de llevarlo y traerlo a los tratamientos. Dejamos de vernos con la frecuencia que solíamos. Aún así, mantuvimos el contacto por teléfono y pude verlo en su cuarto del hospital una vez antes de su operación. Todavía las cosas no parecían tan graves. Luego, unas semanas después, recibí un mensaje en mi teléfono móvil. Me pedía que pasara a visitarlo a su casa a las cinco y media de la tarde. Yo no leí su mensaje sino hasta las ocho de la noche. Le respondí a esa hora pidiéndole mil disculpas y me dio una nueva cita para el día siguiente a las seis.
Me dolió verlo tan delgado y disminuido en una silla de ruedas. Conversamos poco más de media hora. Cuando me di cuenta de que comenzaba a cansarse le dejé unas películas que le había llevado para que se distrajera y me incliné sobre la silla para darle un abrazo. Esa fue la última vez que lo vi.
El día del entierro me sentí raro, hasta un poco intruso, caminando en medio del cortejo fúnebre de sus antiguos amigos que vinieron a rendirle un postrer homenaje desde diversas partes del mundo. El toque surrealista, que Antonio no podía dejar de ofrecernos incluso en su muerte, lo da el nombre del cementerio, Los Placeres, y el que él lo hubiera hecho teatro de un episodio de su libro ''Réquiem''.
Lo que hablamos, discurrimos, reímos y fantaseamos durante tantas caminatas, cafés, whiskies, salas de espera en el hospital, cenas, recorridos en auto y demás es algo que a ningún otro interesa y que conservaré conmigo hasta el fin. A mí, le dije una vez, el oficio de escritor estaba terminando por hartarme. Él me confesó haber vivido lo mismo y me dio buenas razones para continuar. Lo hice. Hace muy poco terminé una novela que tenía abandonada y le escribí un mensaje telefónico a Zé para que se lo contara a Antonio avisándole también que era una especie de secuela de otra novela mía que él conocía y gustaba y que se la quería dedicar. Ella se lo susurró al oído y me dice que tal vez hasta le haya visto sonreír pero que a esas alturas ya no podía estar segura de nada.
Esto es lo que yo siento ahora: el año pasado conocí a un hombre honesto, generoso, valiente, sensible, dotado de un fino sentido de humor, con quien era un placer conversar durante horas enteras y que además era un escritor formidable. Apenas unos meses después, la muerte me ha arrebatado a un amigo de toda la vida.
UN REFERENTE EN EUROPA
Literatura
Tabucchi inició su carrera como escritor en 1975 con la novela ''Piazza Italia'', a la que siguieron varias antologías de cuentos, pero se consagró definitivamente gracias a las novelas ''Réquiem. Una alucinación'' (1992) y sobre todo, ''Sostiene Pereira'' (1994), ambientada en la dictadura de Salazar en Portugal y que fue llevada al cine por Roberto Faenza en 1996, con Marcello Mastroianni como protagonista.
Antonio Sarabia