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UN AÑO CON SAN PABLO: De Saulo a Pablo

En la Lectura que nos propone la Liturgia de hoy vemos a Jesús al inicio de su predicación, invitando abiertamente a la conversión y a la fe

    En la Lectura que nos propone la Liturgia de hoy vemos a Jesús al inicio de su predicación, invitando abiertamente a la conversión y a la fe.  
Al mismo tiempo, en este año que estamos considerando con más atención la vida de san Pablo, nos encontramos con que este día coincide con la fiesta en la cual se conmemora su “conversión”.  
     Muchas veces pensamos que lo que llamamos “conversión” en san Pablo, se limita al hecho y al momento de su encuentro con Jesús resucitado a las puertas de la ciudad de Damasco.
     No obstante, la conversión es un proceso mucho más amplio, mucho más significativo, que va modelando la vida entera hasta volverla lo más acorde posible con la voluntad de Dios.
     Conversión es dar un giro a la vida, para orientarla según los criterios divinos y empezar a andar por sus caminos.
     Conversión implica dejar nuestros esquemas rutinarios y dar un giro a la existencia, para caminar por lo nuevo de cada día que el Señor nos presenta como posibilidad y nos ofrece como oportunidad.
     Conversión podríamos representarla como la vuelta en “U”, cuando nos damos cuenta de que vamos por el camino equivocado.
     Conversión es mirar a los hermanos con cariño, con benevolencia, y hablarles con la misma ternura con la que hablaba Cristo.
     Conversión es la invitación que el Señor Jesús hace siempre a todos y a cada uno, para creer y vivir de acuerdo a las enseñanzas de su Evangelio.
     Porque muchas veces decimos que creemos, pero nos quedamos tranquilos en lo mismo, dando muestras evidentes de que nuestra fe se queda muy afuera y que no alcanza a tocarnos ni siquiera superficialmente la piel, mucho menos llegar a la vida…

De Saulo a Pablo

     Para san Pablo la “conversión” fue algo totalmente diferente: cambió radicalmente su modo de ver las cosas, su modo de actuar y de hacer; cambió hasta su persona, de tal forma que se transformó totalmente en un hombre nuevo, más sincero, más noble, más grande y, como muestra evidente de que esa transformación procedía de lo más íntimo de su ser, lo llevó incluso hasta a modificar su nombre.
     Los caminos antiguos quedaron olvidados; la animosidad y las pasiones cambiaron de objetivo; sus pasos van ahora en pos de Jesucristo, con la misma efervescencia con que un día perseguía el Evangelio de Cristo Jesús; ahora lo promueve y quiere llegar a todos para iluminarlos con esa luz que a él le deslumbró un día, y hacerles comprender que la felicidad transita por donde va el amor; y que la conversión de un día no es llamarada que se apaga con un soplo de viento, sino que dura y perdura por toda la vida hasta llegar a los umbrales de la eternidad, donde ya todo tiene posibilidad de tomar visos divinos.
     Antes de su conversión era “Saulo”, el aguerrido perseguidor furioso de todos aquellos que invocaban el nombre de Jesús.
     Después de que vivió su experiencia de conversión, no se quedó igual que antes: se transformó en “Pablo”, el cristiano fervoroso, amable y bondadoso, como el Maestro Jesús que le llevó de la mano a ser un hombre diferente, en el cual podemos admirar y aprender esa sabiduría sublime que le hizo comprender a profundidad la grandeza, la fuerza y la sublime excelencia del amor.
     Es precisamente en este aspecto en el cual podemos cambiar nosotros nuestra admiración en imitación, ya que el Pablo que hoy recordamos como el gran convertido, es el mismo que nos invita a adoptar también una actitud de conversión que nos impulse a levantarnos y a dar el paso decidido en pos del Maestro divino, haciendo viva en nuestra vida la fe que expresamos con los labios, para que arraigue fuertemente en el corazón y podamos un día decir como san Pablo:
     “La vida que vivo ahora, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. Gal 2,20

María Belén Sánchez Bustos fsp



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