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Sí, pero con buenas obras

Ya es la última semana de la vida pública de Cristo. Ha subido a Jerusalén montado en un borrico. Es aclamado, reconocido por los pequeños, los sencillos, como el descendiente del Rey David

Ya es la última semana de la vida pública de Cristo. Ha subido a Jerusalén montado en un borrico. Es aclamado, reconocido por los pequeños, los sencillos, como el descendiente del Rey David : “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Ya no volverá a salir, sino al Calvario. Eran esos días esenciales en el templo, donde lo escuchaban unos con asias de recibir de sus labios la sabiduría divina, el camino de la luz, de la salvación; otros, con torcidas intenciones de encontrar un motivo para llevarlo a los tribunales y acusarlo de ser enemigo de sus tradiciones decrépitas, un perturbador y agitador con peligro serio, según ellos, para la paz pública.
Allí en el templo, entre amigos y enemigos, Cristo dejó para ellos y para la posteridad sus últimas enseñanzas, algunas en alusivas y claras parábolas como ésta:

“Un hombre tenía dos hijos...

... y le dijo al mayor: ‘Hijo, ve a trabajar a la viña’. Él respondió: ‘No quiero ir’, pero después se arrepintió y fue. Luego hizo su petición al segundo y éste le dijo: ‘Voy, Señor’, pero no fue”.
Esta parábola se puede aplicar en diversas actividades de la vida del creyente. Una de ellas es la los fáciles para prometer y que, por olvido, ligereza o pereza, no cumplen lo prometido.
También hay los entusiastas, los que gritan y aplauden en un momento de exaltación, pero hasta allí llegan; después, nada de nada. Tal vez se pueda aplicar esto al entusiasmo popular del 15 de septiembre, con muchos gritando “¡viva México!”, pero descuidados de sus deberes cívicos.
Son también los “buenos” cristianos en la hora de la misa y los olvidadizos cuando termina, tan pronto llegan a la puerta del templo. Vidas de dos caras, con una piedad que no es piedad, porque la fe no rige su conducta. Una cosa son sus palabras, y otra muy distinta sus hechos.
Contaban en un pueblo que el más puntual en ir a misa, a la que jamás faltaba, era el odiado prestamista inflexible en sus cobros, al que acudían muchos en sus grandes angustias.
El segundo de los hijos de referencia, representa a quienes disocian la palabra dada con la conducta posterior. Es la infidelidad, es la falta de generosidad, o, como se percibe en los tiempos actuales, la carencia de espíritu de sacrificio, de responsabilidad.

Fariseos modelo 2008

De aquéllos, así se expresó el Señor: “Me alaban con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
Al inicio de su vida pública, el Señor respondió a la samaritana dónde se le debería dar culto a Dios. Así le dijo: “Ha llegado el día, y ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Señor en espíritu y en verdad”.
Un culto con dos características: interno, desde lo íntimo del ser. El hombre, dotado de inteligencia, como inteligente que es, allí desde su pensamiento ha de rendir culto a Dios; y dotado de libertad como está, no rendir ese culto por la fuerza, sino por su propia voluntad ha de alabar a Dios, y sentirá confianza para pedir gracias, dones, entre otros la misericordia y el perdón.
El fariseísmo rechazado por Cristo es el de los que entonces, y también ahora, ponen su espiritualidad en meras exterioridades, y a veces con la intención de ser vistos, alabados y tenidos por buenos. Son los que echan fardos pesados sobre los hombros de los demás, pero ellos no los quieren llevar ni con la punta del dedo.
El fariseísmo es una actitud constante. Fue entonces y es ahora, una manera de decirle a Dios que sí van a la viña a trabajar, pero el sí no es efectivo, es una voz hueca que carece de contenido.

Responsabilidad personal

El segundo de los hijos respondió a su padre: “no quiero ir”, pero se arrepintió y fue.
No se deben extrañar alguien y muchos, de que en un primer momento haga su aparición en el corazón del hombre un rechazo al seguimiento de Cristo. Sus palabras son muy claras y las condiciones nada fáciles: “niéguese a sí mismo” es una, y “tome su cruz” es otra.
Son más atractivas las invitaciones del mundo, siempre; además están siete inclinaciones, que son los siete pecados capitales.
Donde está el pecado, y también donde radica la virtud, allí está la voluntad. No hay acto bueno ni acto malo donde no esté la capacidad de discernir y de optar. Por eso el sentido moral en los actos del hombre, está en sentir y consentir si se inclina al pecado o si se rechaza la tentación.
Y más aún: si se ha caído una y dos y más veces, siempre está abierta la puerta para el arrepentimiento.
En la parábola el segundo hijo contestó que no iba a trabajar a la viña, y luego se arrepintió y fue.
En el lenguaje popular se escucha, a veces, esta expresión: “De los arrepentidos se vale Dios”. Es sabiduría anciana, porque nadie podrá asegurar que siempre le ha dicho sí a Dios; en cambio, muchos le han dicho no y después se han arrepentido. Decir siempre sí, tiene en cristiano un hombre:

Conversión

Se entiende por conversión una vuelta del que había puesto su vida, sus intereses, su gusto en las criaturas, en las cosas de la tierra, y les da la espalda para mirar a su Señor Dios.
A veces el hombre se resiste, pues tiene muy apegado el corazón a las criaturas y el rompimiento es duro. Más allí, en el ámbito de lo invisible, está la intervención de Dios, quien quiere que todos los hombres se salven y con generosidad derrama sus gracias, que son el auxilio para que luche.
La voluntad, que es débil, toma un nuevo empleo. El santo Job dijo: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, y el campo de batalla es el propio yo; dentro de cada ser humano están las fuerzas contrarias, las dos vertientes entre las que quien es libre tiene qué decidir.
Alguien escribió que en este tiempo todo favorece a las subversiones, a las perversiones y a las inversiones, mas no a las conversiones. Es tanto como negar la intervención de Dios en la vida de cada uno. Dios es el primero en tocar el corazón del hombre y en abrirle los ojos para que no caiga si está en peligro, o para sacarlo del camino del mal y llevarle del abismo a la cumbre.
“Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Ceded de obrar mal, aprended a obrar bien, buscad el derecho, enderezad al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda” (Isaías 1, 16).
Conversión es renunciar a envidias y odios; a perezas e indiferencias; a cobardías y complejos; a materialismos y sensualidades; a injusticias y abusar de los débiles.

El hombre es hijo de sus obras

Ese hijo que primero dijo no con palabras, dijo sí con sus obras, y si tomó la determinación personal de ponerse a trabajar, trabajó con gusto y con provecho. El trabajo tiene también un secreto, el de volverse algo grato a quien lo hace con agrado. Descubrir el secreto del trabajo es descubrir el secreto del amor.Son los que se ilusionan y gozan con el trabajo que hacen.
Y lo que se hace con amor siempre es bueno.
La religión cristiana se ha de vivir en obras buenas. Así como a los árboles se les llama buenos o malos, según sus frutos, los cristianos ante la mirada de Dios serán aceptados o no, según sus frutos.
Un día, en el camino de Betania, el Maestro se acercó a una higuera y no halló sino follaje. Maldijo enconces a la higuera, no porque fuera culpable, sino para dejar una enseñanza de que para todos los hombres, en el breve espacio temporal que se llama vida, es la oportunidad única, irrepetible, de hacer obras buenas y llegar a un final cargados de frutos.
Frutos de vida eterna espera el Creador, de todos y cada uno: “No el que dice ‘Señor, Señor, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.
No se trata de una religión de dulce sentimentalismo nada más; no un fuego fatuo; no un desahogo pasajero u ocasional, que nada influya en la conducta. Fecunda es una vida cristiana cuando se practica el amor al prójimo, con quien se vive y a quien se ve, por amor a Dios.

Pbro. José R. Ramírez

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