Suplementos
Señor, dame de esa agua
Las pasiones y anhelos terrenales nunca son saciados, pero el conocimiento de Dios colma la vida del ser humano
GUADALAJARA, JALISCO (23/MAR/2014).- Una multitud es un incontable número de seres humanos. Se congregan convocados por alguien para protestar o pedir, para presenciar un espectáculo, admirar y aplaudir a sus artistas favoritos o para gozar y sufrir en los espectáculos de su deporte que le apasiona.
Mas, en el fondo, cada uno de los millones de comparecientes es un sediento: tiene sed de justicia de intereses políticos o sociales, de conocimientos y muchos de emoción.
Los hombres tienen sed y, por más que beban de esas fuentes, siempre quieren más y más.
El evangelio de este tercer domingo de Cuaresma conduce al cristiano al encuentro del único capaz de saciar la sed del hombre del siglo XXI.
El lugar del encuentro es Samaria en el pozo de Jacob. Allí, sentado en el brocal, Jesús de Nazaret espera.
Ha de llegar… y llegó un alma sedienta. Es una mujer del pueblo. Ha ido a llenar su cántaro, quería agua para su cuerpo y “oh, gran dicha”, encontró agua para su alma.
Jesús empezó el diálogo con una petición: “Mujer, dame de beber”. ¿Cómo tú, siendo judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?”, porque no se querían ni trataban los judíos y los samaritanos.
El Señor continúa: “Si supieras quién es el que te pide de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva”.
“Ni siquiera tienes con qué sacar el agua… ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”.
Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo te daré no volverá a tener sed”.
—Señor, dame de esa agua.
—Ve a llamar a tu marido y vuelve.
—No tengo marido.
—Tienes razón, has tenido cinco y el de ahora no es tu marido.
—Señor, ya veo que eres profeta… Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir el Cristo); cuando él venga nos dará razón de todo.
—Soy yo, el que habla contigo.
Aquella mujer se olvidó del agua, se olvido del cántaro.
Su súplica fue: “Señor, dame de esa agua”.
Es la historia de muchos sedientos insaciables, perpetuos buscadores de felicidad. El hombre ha sido creado para ser feliz, ser eterno, ser eternamente feliz.
Cuando busca la felicidad en el dinero, el poder, los placeres, sí goza, pero son esas fuentes cuyo caudal se agota, y vuelven a estar sedientos.
El hombre tiene sed de lo infinito, tiene una sed que sólo Dios puede calmar. Quienes un día, como la samaritana, como Pablo de Tarzo y otros muchos, han encontrado a Cristo, ya no han vuelto a tener sed. “No vivo yo, es Cristo el que vive en mí”, dijo Pablo; y otro día mostró su gran felicidad: ¿Quién podrá apartarme del amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? En todo esto venceremos fácilmente por aquel que nos ha amado.
Ya había bebido de esa agua que sólo Cristo puede dar.
Muchos santos han sido felices por haber encontrado, como aquella mujer, a Cristo en algún recodo de la vida.
José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA
Éxodo 17, 3-7
“¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?”.
• SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los romanos 5, 1-2. 5-8
“La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”.
• EVANGELIO
San Juan 4, 5-42
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva”.
• Oración y ayuno
La oración es la primera actividad de la Cuaresma; es un tiempo muy apto para renovarla. En efecto, todo se apoya en la vida espiritual. Si el tiempo de ayuno exige la oración, el esfuerzo de ascesis y de liberación del peso de la carne, la voluntad de alcanzar al prójimo en su propio terreno con un amor fraterno y generoso, repercuten en la calidad y poder de lucha de la oración.
“No hay ninguna duda de que el ayuno es útil”, escribe San Agustín; “así el hombre hace la prueba de lo que quiere obtener, de lo que suplica cuando se aflige con el ayuno. Por eso se ha dicho: buena es la oración con ayuno. Para que sea aceptada la oración debe ir acompañada del ayuno”.
El mismo San Agustín decía también a sus fieles en un sermón de Cuaresma: “Para que nuestras oraciones puedan más fácilmente tomar su vuelo y llegar hasta Dios, es preciso darles el doble ceremonial de la limosna y el ayuno”. “Nuestra oración —apoyada en la humildad y la caridad, en el ayuno y la limosna, en la abstinencia y el perdón de la injuria, en el cuidado que pondremos en hacer el bien en lugar de devolver el mal y de evitar el mal y practicar el bien— busca la paz y la obtiene porque esa oración vuela, sostenida y llevada a los cielos, donde nos ha precedido Jesucristo que es nuestra paz”.
“Estas piadosas limosnas y este frugal ayuno son las alas que en estos santos días ayudarán a nuestra oración a subir hacia el cielo”. Se ve cómo San Agustín liga las tres actividades, ayuno, oración y limosna. Para él, Cuaresma, que debe ser ante todo un tiempo de oración, es el periodo que más enriquece la oración y la afina porque le da “el alimento” de que ésta tiene necesidad para elevarse: porque la oración tiene un alimento que le es propio y que se le manda tomar sin interrupción: que se abstenga siempre del odio y se alimente constantemente de amor".
• Nuestra Cuaresma es Luz
Cuaresma: tiempo luminoso en el cual recordamos momentos muy importantes que hacen resplandecer nuestra vida, desde la transfiguración de Cristo Jesús que hace resplandecer el mundo y la vida, hasta la luz que el mismo Jesús lleva a los ojos de la Samaritana y al ciego.
Por eso la Cuaresma es un tiempo de oportunidad para volver a ver la luz de Dios en su meridiana claridad. Esa luz que Él quiere que llevemos en nosotros mismos para que la irradiemos en el entorno
Nochistlán, Zacatecas y Toluquilla. Maestro del seminario de Zapotlán el Grande
En este contexto quiero hablar hoy de un sacerdote que pasó por el ojo de la tormenta, cuando la revolución cristera estaba en su pleno apogeo y que no obstante vivió hasta la edad de 107 años dejando a su paso una huella de luz.
Si vas a Ciudad Guzmán pregunta a cualquier persona por el Padre Munguía y sin duda más de la mitad te darán razón de su vida y su obra.
El Padre Manuel de Jesús Munguía Vázquez no falleció bajo las balas revolucionarias, aunque sí le hirieron hondamente el corazón cuando en la Iglesia de su pueblo natal apresaron y asesinaron a su padre. Manuel de Jesús tenía apenas 11 años había nacido en 1904 en Tapalpa, ese lugar de ensueño enclavado en el lugar más pintoresco de la sierra jalisciense,
La familia emigró a Zapotlán el Grande -hoy Ciudad Guzmán- y allí fue donde germinó su vocación sacerdotal haciendo sus estudios en los tiempos más álgidos de la revolución cristera para recibir a ordenación sacerdotal en junio de 1930
La trayectoria de Padre Munguía es muy valorada y sumamente apreciada en Ciudad Guzmán y en Atequizayán donde dejó huella con el recuerdo de su figura delgada, de su palabra amable y también por las remodelaciones que logró hacer a los respectivos templos de El Sagrario en Zapotlán y a Parroquia de Atequizayán.
El Padre Munguía no dio su vida bajo la violencia, pero la entregó día a día y se ganó el respeto, la admiración y el amor del pueblo, porque en él resplandecía el amor a Jesucristo y a su Madre Santísima
Cuentan quienes le conocieron, que cuando celebraba la Santa Misa, el momento de la Consagración era el más solemne y oraba con tal fervor que lo comunicaba a todos los presentes.
Hoy el Padre Manuel de Jesús está ya con Dios, y su ejemplo sigue siendo una luz en el camino de quienes todavía siguen su ejemplo.
Hoy pedimos al Señor Jesús nos ilumine con su gracia para que podamos comprender la grandeza y la claridad de su amor.
María Belén Sánchez, fsp
Mas, en el fondo, cada uno de los millones de comparecientes es un sediento: tiene sed de justicia de intereses políticos o sociales, de conocimientos y muchos de emoción.
Los hombres tienen sed y, por más que beban de esas fuentes, siempre quieren más y más.
El evangelio de este tercer domingo de Cuaresma conduce al cristiano al encuentro del único capaz de saciar la sed del hombre del siglo XXI.
El lugar del encuentro es Samaria en el pozo de Jacob. Allí, sentado en el brocal, Jesús de Nazaret espera.
Ha de llegar… y llegó un alma sedienta. Es una mujer del pueblo. Ha ido a llenar su cántaro, quería agua para su cuerpo y “oh, gran dicha”, encontró agua para su alma.
Jesús empezó el diálogo con una petición: “Mujer, dame de beber”. ¿Cómo tú, siendo judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?”, porque no se querían ni trataban los judíos y los samaritanos.
El Señor continúa: “Si supieras quién es el que te pide de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva”.
“Ni siquiera tienes con qué sacar el agua… ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?”.
Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo te daré no volverá a tener sed”.
—Señor, dame de esa agua.
—Ve a llamar a tu marido y vuelve.
—No tengo marido.
—Tienes razón, has tenido cinco y el de ahora no es tu marido.
—Señor, ya veo que eres profeta… Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir el Cristo); cuando él venga nos dará razón de todo.
—Soy yo, el que habla contigo.
Aquella mujer se olvidó del agua, se olvido del cántaro.
Su súplica fue: “Señor, dame de esa agua”.
Es la historia de muchos sedientos insaciables, perpetuos buscadores de felicidad. El hombre ha sido creado para ser feliz, ser eterno, ser eternamente feliz.
Cuando busca la felicidad en el dinero, el poder, los placeres, sí goza, pero son esas fuentes cuyo caudal se agota, y vuelven a estar sedientos.
El hombre tiene sed de lo infinito, tiene una sed que sólo Dios puede calmar. Quienes un día, como la samaritana, como Pablo de Tarzo y otros muchos, han encontrado a Cristo, ya no han vuelto a tener sed. “No vivo yo, es Cristo el que vive en mí”, dijo Pablo; y otro día mostró su gran felicidad: ¿Quién podrá apartarme del amor de Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? En todo esto venceremos fácilmente por aquel que nos ha amado.
Ya había bebido de esa agua que sólo Cristo puede dar.
Muchos santos han sido felices por haber encontrado, como aquella mujer, a Cristo en algún recodo de la vida.
José R. Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA
Éxodo 17, 3-7
“¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?”.
• SEGUNDA LECTURA
San Pablo a los romanos 5, 1-2. 5-8
“La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”.
• EVANGELIO
San Juan 4, 5-42
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a Él, y Él te daría agua viva”.
• Oración y ayuno
La oración es la primera actividad de la Cuaresma; es un tiempo muy apto para renovarla. En efecto, todo se apoya en la vida espiritual. Si el tiempo de ayuno exige la oración, el esfuerzo de ascesis y de liberación del peso de la carne, la voluntad de alcanzar al prójimo en su propio terreno con un amor fraterno y generoso, repercuten en la calidad y poder de lucha de la oración.
“No hay ninguna duda de que el ayuno es útil”, escribe San Agustín; “así el hombre hace la prueba de lo que quiere obtener, de lo que suplica cuando se aflige con el ayuno. Por eso se ha dicho: buena es la oración con ayuno. Para que sea aceptada la oración debe ir acompañada del ayuno”.
El mismo San Agustín decía también a sus fieles en un sermón de Cuaresma: “Para que nuestras oraciones puedan más fácilmente tomar su vuelo y llegar hasta Dios, es preciso darles el doble ceremonial de la limosna y el ayuno”. “Nuestra oración —apoyada en la humildad y la caridad, en el ayuno y la limosna, en la abstinencia y el perdón de la injuria, en el cuidado que pondremos en hacer el bien en lugar de devolver el mal y de evitar el mal y practicar el bien— busca la paz y la obtiene porque esa oración vuela, sostenida y llevada a los cielos, donde nos ha precedido Jesucristo que es nuestra paz”.
“Estas piadosas limosnas y este frugal ayuno son las alas que en estos santos días ayudarán a nuestra oración a subir hacia el cielo”. Se ve cómo San Agustín liga las tres actividades, ayuno, oración y limosna. Para él, Cuaresma, que debe ser ante todo un tiempo de oración, es el periodo que más enriquece la oración y la afina porque le da “el alimento” de que ésta tiene necesidad para elevarse: porque la oración tiene un alimento que le es propio y que se le manda tomar sin interrupción: que se abstenga siempre del odio y se alimente constantemente de amor".
• Nuestra Cuaresma es Luz
Cuaresma: tiempo luminoso en el cual recordamos momentos muy importantes que hacen resplandecer nuestra vida, desde la transfiguración de Cristo Jesús que hace resplandecer el mundo y la vida, hasta la luz que el mismo Jesús lleva a los ojos de la Samaritana y al ciego.
Por eso la Cuaresma es un tiempo de oportunidad para volver a ver la luz de Dios en su meridiana claridad. Esa luz que Él quiere que llevemos en nosotros mismos para que la irradiemos en el entorno
Nochistlán, Zacatecas y Toluquilla. Maestro del seminario de Zapotlán el Grande
En este contexto quiero hablar hoy de un sacerdote que pasó por el ojo de la tormenta, cuando la revolución cristera estaba en su pleno apogeo y que no obstante vivió hasta la edad de 107 años dejando a su paso una huella de luz.
Si vas a Ciudad Guzmán pregunta a cualquier persona por el Padre Munguía y sin duda más de la mitad te darán razón de su vida y su obra.
El Padre Manuel de Jesús Munguía Vázquez no falleció bajo las balas revolucionarias, aunque sí le hirieron hondamente el corazón cuando en la Iglesia de su pueblo natal apresaron y asesinaron a su padre. Manuel de Jesús tenía apenas 11 años había nacido en 1904 en Tapalpa, ese lugar de ensueño enclavado en el lugar más pintoresco de la sierra jalisciense,
La familia emigró a Zapotlán el Grande -hoy Ciudad Guzmán- y allí fue donde germinó su vocación sacerdotal haciendo sus estudios en los tiempos más álgidos de la revolución cristera para recibir a ordenación sacerdotal en junio de 1930
La trayectoria de Padre Munguía es muy valorada y sumamente apreciada en Ciudad Guzmán y en Atequizayán donde dejó huella con el recuerdo de su figura delgada, de su palabra amable y también por las remodelaciones que logró hacer a los respectivos templos de El Sagrario en Zapotlán y a Parroquia de Atequizayán.
El Padre Munguía no dio su vida bajo la violencia, pero la entregó día a día y se ganó el respeto, la admiración y el amor del pueblo, porque en él resplandecía el amor a Jesucristo y a su Madre Santísima
Cuentan quienes le conocieron, que cuando celebraba la Santa Misa, el momento de la Consagración era el más solemne y oraba con tal fervor que lo comunicaba a todos los presentes.
Hoy el Padre Manuel de Jesús está ya con Dios, y su ejemplo sigue siendo una luz en el camino de quienes todavía siguen su ejemplo.
Hoy pedimos al Señor Jesús nos ilumine con su gracia para que podamos comprender la grandeza y la claridad de su amor.
María Belén Sánchez, fsp