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Saudades de la FIL
Este año, de nuevo, estoy lejos, pero a mi manera, sentado en mi estudio delante de la computadora, vivo mi FIL secreta
GUADALAJARA, JALISCO (08/DIC(2013).- La primera vez que fui a la FIL fue hace 25 años. Yo era un adolescente que acababa de llegar a vivir a Guadalajara para estudiar la prepa. Me acuerdo —o me imagino, ya sabemos que a la memoria le encanta la ficción— que caminaba por los pasillos con el dinero justo para comprar uno o quizá dos libros. A partir de entonces fui, religiosamente, cada año. De hecho, más que religiosamente, porque yo no voy a misa nunca. Hasta que en 1999 me fui de Guadalajara. Son casi 15 años lejos de la FIL, tanto tiempo que ya casi me acostumbré. Pero no, no es verdad, no me acostumbré y cada vez que la FIL llega yo sufro. Como dirían en Brasil, donde vivo en la actualidad: qué saudades de la FIL.
Felizmente, volví a la FIL el año pasado y lo hice de una manera que no habría imaginado 25 años atrás: cargando mi segunda novela, Si viviéramos en un lugar normal, bajo el brazo. Por supuesto, la FIL ya era otra, era un monstruo gigantesco, pero seguía siendo igual de entrañable y cariñosa. Y yo me emborraché de libros, de escritores, de amigos y de tequila, como si fuera la primera vez.
Este año, de nuevo, estoy lejos, pero a mi manera, sentado en mi estudio delante de la computadora, vivo mi FIL secreta, leyendo los periódicos e importunando a la gente que sí tiene la suerte de estar allí ahora: a los amigos y familiares para preguntarles, con envidia tapatía, a quién han escuchado y qué han comprado; a un editor para que firme el contrato de un libro que me interesa traducir; a un escritor brasileño al que le digo dónde debe comer cada día. Y claro, nadie lo sabe, pero mientras duermo, aprovechando la diferencia horaria, mi “yo astral” se pasea por las fiestas robando las bebidas.
Pero, como cantara Vinicius de Moraes, basta de saudade: que alguien me invite a la próxima.
Felizmente, volví a la FIL el año pasado y lo hice de una manera que no habría imaginado 25 años atrás: cargando mi segunda novela, Si viviéramos en un lugar normal, bajo el brazo. Por supuesto, la FIL ya era otra, era un monstruo gigantesco, pero seguía siendo igual de entrañable y cariñosa. Y yo me emborraché de libros, de escritores, de amigos y de tequila, como si fuera la primera vez.
Este año, de nuevo, estoy lejos, pero a mi manera, sentado en mi estudio delante de la computadora, vivo mi FIL secreta, leyendo los periódicos e importunando a la gente que sí tiene la suerte de estar allí ahora: a los amigos y familiares para preguntarles, con envidia tapatía, a quién han escuchado y qué han comprado; a un editor para que firme el contrato de un libro que me interesa traducir; a un escritor brasileño al que le digo dónde debe comer cada día. Y claro, nadie lo sabe, pero mientras duermo, aprovechando la diferencia horaria, mi “yo astral” se pasea por las fiestas robando las bebidas.
Pero, como cantara Vinicius de Moraes, basta de saudade: que alguien me invite a la próxima.