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Santa Clara de Asís
Era la noche del Domingo de Ramos del año 1212. Dos pequeñas señales luminosas comenzaron a brillar en la colina donde se levantaba la ciudad de Asís
Primera parte: Rasgos biográficos
Era la noche del Domingo de Ramos del año 1212. Dos pequeñas señales luminosas comenzaron a brillar en la colina donde se levantaba la ciudad de Asís. Habían salido cruzando sus murallas y comenzaron a descender la cuesta. Antes de que legaran a la planicie, Francisco levantó su antorcha y los otros frailes que estaban con él hicieron lo mismo. Fueron al encuentro mutuo. Ahora ya se podía ver que la luz del frente destacaba una figura blanca en medio de la noche; era una luz en medio de las tinieblas que simbolizaba la oración fundamental de Francisco: “Ilumina, Señor, las tinieblas de mi corazón…”. Clara llegaba a su encuentro.
De ahí, la pequeña figura femenina, rubia y frágil, pero con la enorme fortaleza que da la fe en Dios, y con el rostro resplandeciendo con el Hermano Fuego, comenzó su camino, rodeada por Francisco y sus hermanos en Cristo, hacia la capillita de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue todo muy simple; de rodillas ante el altar, Clara y Francisco dieron gracias al Señor, con los frailes de pie, iluminando la noche. Francisco se levantó, acogió con palabras cariñosas a la primera Hermana que entraba en su pequeño grupo y tomó las tijeras…
El pasado 11 de agosto se celebró la memoria de santa Clara de Asís, primogénita de la Segunda Orden de san Francisco, mejor conocida como de las Clarisas o las Damas Pobres. Clara tenía dieciocho años cuando decidió dejar el mundo en que vivía para consagrarse a Dios, siguiendo las huellas de san Francisco. Nació en 1193, siendo la primera hija de Hortelana y Favarone de Offreduccio de Bernardino, y cuenta la historia que su madre se encontraba pidiendo a Dios salir bien de su primer parto, cuando sintió la voz del Altísimo que decía: “No tengas miedo, mujer; vas a dar a luz una luz que dejará más claro el mundo”. Por ello la niña recibió el nombre de Clara.
En el año de 1198 los burgueses de Asís se liberan del dominio imperial y establecen el Comune o régimen comunal, con lo que las familias más nobles de Asís, entre ellas la de Clara, deben refugiarse en sus castillos y, dos años después, en 1200, la familia de Clara se exilia en Perusa. En 1202 se libra la batalla de Collestrada, en la que Francisco cae prisionero, y permanece encarcelado durante un año en aquella ciudad. En 1204, un acuerdo de paz permite que Clara y su familia, además de Francisco, retornen a Asís; es probable que haya sido entonces cuando Clara y Francisco se conocieron.
Clara fue conducida por su madre a una vida piadosa desde pequeña; quienes la conocieron alabaron siempre sus virtudes. Rechazó a un joven noble que le proponía matrimonio y lo animó a hacerse fraile, mas no se dice si el joven abrazó la vida franciscana. Entre 1210 y 1211 Clara mantiene entrevistas secretas con Francisco, quien la va preparando para la vida pobre y religiosa; el Pobrecillo de Asís sabía de su vida de entrega y oración, de su amistad con los pobres y de su manera de pensar y actuar diferente de la de sus ricos y poderosos parientes.
Al fin todo quedó arreglado para la Cuaresma de 1212. Su padre Favarone había muerto tiempo atrás y su madre había ido a pasar el tiempo de penitencia con su hermana Pacífica, para regresar en Pascua. Francisco, que compartía sus planes con el obispo Guido, planeó la fuga de Clara para la noche del Domingo de Ramos. Durante la misa del día en la catedral, fue extraño para los asistentes que el obispo dejara su lugar para entregarle a Clara una palma, símbolo del “martirio” que le aguardaba y señal de que todo estaba preparado.
Clara vendió todas las posesiones que representaban su dote y repartió el dinero entre los pobres, y así, pobre en extremo, se entregó a Dios por mediación de Francisco. El mismo día, lunes santo, fue trasladada por Francisco y los frailes al monasterio de San Pablo de las Abadesas (Bastía), cerca de Asís, desde donde comenzó la transformación más radical de la vida de muchas mujeres a lo largo de casi 800 años, hacia la perfección salvífica que es Dios, siguiendo el camino trazado por el bienaventurado san Francisco de Asís.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”
Era la noche del Domingo de Ramos del año 1212. Dos pequeñas señales luminosas comenzaron a brillar en la colina donde se levantaba la ciudad de Asís. Habían salido cruzando sus murallas y comenzaron a descender la cuesta. Antes de que legaran a la planicie, Francisco levantó su antorcha y los otros frailes que estaban con él hicieron lo mismo. Fueron al encuentro mutuo. Ahora ya se podía ver que la luz del frente destacaba una figura blanca en medio de la noche; era una luz en medio de las tinieblas que simbolizaba la oración fundamental de Francisco: “Ilumina, Señor, las tinieblas de mi corazón…”. Clara llegaba a su encuentro.
De ahí, la pequeña figura femenina, rubia y frágil, pero con la enorme fortaleza que da la fe en Dios, y con el rostro resplandeciendo con el Hermano Fuego, comenzó su camino, rodeada por Francisco y sus hermanos en Cristo, hacia la capillita de Nuestra Señora de los Ángeles. Fue todo muy simple; de rodillas ante el altar, Clara y Francisco dieron gracias al Señor, con los frailes de pie, iluminando la noche. Francisco se levantó, acogió con palabras cariñosas a la primera Hermana que entraba en su pequeño grupo y tomó las tijeras…
El pasado 11 de agosto se celebró la memoria de santa Clara de Asís, primogénita de la Segunda Orden de san Francisco, mejor conocida como de las Clarisas o las Damas Pobres. Clara tenía dieciocho años cuando decidió dejar el mundo en que vivía para consagrarse a Dios, siguiendo las huellas de san Francisco. Nació en 1193, siendo la primera hija de Hortelana y Favarone de Offreduccio de Bernardino, y cuenta la historia que su madre se encontraba pidiendo a Dios salir bien de su primer parto, cuando sintió la voz del Altísimo que decía: “No tengas miedo, mujer; vas a dar a luz una luz que dejará más claro el mundo”. Por ello la niña recibió el nombre de Clara.
En el año de 1198 los burgueses de Asís se liberan del dominio imperial y establecen el Comune o régimen comunal, con lo que las familias más nobles de Asís, entre ellas la de Clara, deben refugiarse en sus castillos y, dos años después, en 1200, la familia de Clara se exilia en Perusa. En 1202 se libra la batalla de Collestrada, en la que Francisco cae prisionero, y permanece encarcelado durante un año en aquella ciudad. En 1204, un acuerdo de paz permite que Clara y su familia, además de Francisco, retornen a Asís; es probable que haya sido entonces cuando Clara y Francisco se conocieron.
Clara fue conducida por su madre a una vida piadosa desde pequeña; quienes la conocieron alabaron siempre sus virtudes. Rechazó a un joven noble que le proponía matrimonio y lo animó a hacerse fraile, mas no se dice si el joven abrazó la vida franciscana. Entre 1210 y 1211 Clara mantiene entrevistas secretas con Francisco, quien la va preparando para la vida pobre y religiosa; el Pobrecillo de Asís sabía de su vida de entrega y oración, de su amistad con los pobres y de su manera de pensar y actuar diferente de la de sus ricos y poderosos parientes.
Al fin todo quedó arreglado para la Cuaresma de 1212. Su padre Favarone había muerto tiempo atrás y su madre había ido a pasar el tiempo de penitencia con su hermana Pacífica, para regresar en Pascua. Francisco, que compartía sus planes con el obispo Guido, planeó la fuga de Clara para la noche del Domingo de Ramos. Durante la misa del día en la catedral, fue extraño para los asistentes que el obispo dejara su lugar para entregarle a Clara una palma, símbolo del “martirio” que le aguardaba y señal de que todo estaba preparado.
Clara vendió todas las posesiones que representaban su dote y repartió el dinero entre los pobres, y así, pobre en extremo, se entregó a Dios por mediación de Francisco. El mismo día, lunes santo, fue trasladada por Francisco y los frailes al monasterio de San Pablo de las Abadesas (Bastía), cerca de Asís, desde donde comenzó la transformación más radical de la vida de muchas mujeres a lo largo de casi 800 años, hacia la perfección salvífica que es Dios, siguiendo el camino trazado por el bienaventurado san Francisco de Asís.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
“mailto:alara(arroba)up.edu.mx”