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Rock para alcanzar el cielo
En esta ciudad llena de ruidos, se puede escuchar de vez en cuando a un soñador
GUADALAJARA, JALISCO (29/OCT/2011).- Son las 20:00 horas y Mauricio aborda el camión de la ruta 249. No tiene destino, ni horario para bajarse del transporte público. Entre el angosto pasillo encuentra “lo que le da de comer”. Él no es chofer, ni siquiera un pasajero habitual, su llegada al camión sólo tiene un fin: tratar de vender un disco con los “mejores éxitos de los años 60,70 y 80’s”. Lo logra 20 minutos después de subirse al enorme automotor.
Su carrera profesional para convertirse en piloto quedó trunca. Los problemas familiares, el costo de la misma licenciatura y su nula oportunidad para estudiar inglés (idioma necesario para ser piloto) lo obligaron a ausentarse de la universidad hace dos años. Por recomendación de su amigo, se animó a subirse a los camiones a pedir dinero, “lo que la gente quisiera darme, para pagarme la escuela”.
La vergüenza y la pena de decir “buenas tarde pasajeros, soy Mauricio, no puedo encontrar trabajo y necesito pagarme la escuela. Quiero ser piloto (...) podría ayudarme con una moneda, para seguir con mi sueño”, lo alejó de la “buena voluntad” de los demás acompañantes de viaje.
“Así duré como dos meses, hasta que mi mamá (de oficio cajera) me dijo que dejara de hacer eso, que me esperara a que ella encontrara un mejor trabajo, que ya no quería verme nunca en los camiones así”.
Mauricio, muy obediente, dejó de pedir dinero. Con los únicos 20 pesos que traía en el bolsillo fue directo a la dulcería y compró una caja de chicles, el primer destino: la ruta 400.
Los choferes lo dejaban vender, siempre y cuando pagara su pasaje como cualquier otra persona. “Me salía más caro (recuerda entre risas), así que me junté con otro compa que vende discos”.
Él no tiene idea de cómo ni quién prepara los discos, Mauricio sólo los recoge por la mañana en el Centro Histórico de Guadalajara, y siendo las 11:00 horas comienza su andar por los camiones, sin ruta ni horario que fije el fin de su jornada.
Abroche sus cinturones
Hay días en los que no vende nada, ni una sonrisa siquiera recibe por parte de los pasajeros.
“Buenas noches amigos, aquí les vengo ofreciendo las mejores canciones del rock, esas canciones que llegaron para quedarse”, inicia su letanía diaria, después de pedirle “chance” al chofer de subirse gratis al camión.
Mauricio viste pantalón de mezclilla, algo sucio y roto, y una camisa de las Chivas. En su pecho carga una pequeña mochila adaptada con una bocina de estéreo. Suena gangoza. La canción de Julión Álvarez que ambientaba a los viajeros se apaga para dar paso a Satisfaction, de los Rolling Stones; entonces Mauricio se convierte en un locutor itinerante, presenta a cada canción, su artista, grupo y año en que fue creada. Los Beatles, Bob Dylan, Red Hot Chilli Papers, Madonna, The Cure, Pink Floyd y Abba suenan entro otros iconos del rock.
“No le dé pena, si quiere el disco yo paso hasta su lugar a dejárselo. A sólo 10 pesos 404 temas MP3, lo mejor de lo mejor”.
El camión va lleno, pero eso no impide que Mauricio se cuele por los huecos existentes, entre empujones logra acercarse a un joven que ha solicitado el disco, él lo saca de un morral que cuelga sobre su hombro. Envuelto en papel celofán y con una fotocopia en blanco y negro entrega el cd que trae impresa la leyenda “Music Oldies”.
El chofer le grita a Mauricio avisándole que en la próxima parada lo detendrá el inspector y tendrá que dejar de vender para evitar problemas. El joven se apresura y da un vuelco al repertorio musical que anuncia, ahora cambia a “las mejores baladas pop de todos los tiempos”, pero ni los éxitos de Ricardo Arjona, Belanova, Britney Spears y Beyonce logran una sola venta.
El aterrizaje
Mauricio está al pendiente de la Avenida Belisario Domínguez, el inspector (que revisa los boletos al pasaje) subirá ahí. Una señorita levanta la mano para llamar la atención del “locutor itinerante”, le solicita el disco de rock y le cuestiona si se escucharán bien las canciones, Mauricio asegura que sí, “aquí viene un celular anotado para que llames si no es verdad, todo está garantizado, te lo juro por mi madre”, y en efecto, 10 dígitos señalan el número celular de un tal “Heber”. La chica paga confiada.
Mauricio agradece a los compradores explicándoles que gracias a eso podrá regresar pronto a la escuela. “Disculpen la molestia que les ocasioné con mi ruido, algún día los veré desde el cielo”, dice. La gente, extrañada, voltea instantáneamente a verlo con asombro; el chofer detiene el camión, su colega de trabajo sube y pide el boleto a los viajantes. El joven vendedor apaga velozmente su radio improvisado y continúa con su explicación: “No, no me moriré, quiero ser piloto y cuando esté en pleno vuelo siempre voltearé hacia abajo para recordar que gracias a ustedes mi sueño se ha cumplido. Que tengan buen viaje señores pasajeros el capitán Mauricio se despide”.
Su carrera profesional para convertirse en piloto quedó trunca. Los problemas familiares, el costo de la misma licenciatura y su nula oportunidad para estudiar inglés (idioma necesario para ser piloto) lo obligaron a ausentarse de la universidad hace dos años. Por recomendación de su amigo, se animó a subirse a los camiones a pedir dinero, “lo que la gente quisiera darme, para pagarme la escuela”.
La vergüenza y la pena de decir “buenas tarde pasajeros, soy Mauricio, no puedo encontrar trabajo y necesito pagarme la escuela. Quiero ser piloto (...) podría ayudarme con una moneda, para seguir con mi sueño”, lo alejó de la “buena voluntad” de los demás acompañantes de viaje.
“Así duré como dos meses, hasta que mi mamá (de oficio cajera) me dijo que dejara de hacer eso, que me esperara a que ella encontrara un mejor trabajo, que ya no quería verme nunca en los camiones así”.
Mauricio, muy obediente, dejó de pedir dinero. Con los únicos 20 pesos que traía en el bolsillo fue directo a la dulcería y compró una caja de chicles, el primer destino: la ruta 400.
Los choferes lo dejaban vender, siempre y cuando pagara su pasaje como cualquier otra persona. “Me salía más caro (recuerda entre risas), así que me junté con otro compa que vende discos”.
Él no tiene idea de cómo ni quién prepara los discos, Mauricio sólo los recoge por la mañana en el Centro Histórico de Guadalajara, y siendo las 11:00 horas comienza su andar por los camiones, sin ruta ni horario que fije el fin de su jornada.
Abroche sus cinturones
Hay días en los que no vende nada, ni una sonrisa siquiera recibe por parte de los pasajeros.
“Buenas noches amigos, aquí les vengo ofreciendo las mejores canciones del rock, esas canciones que llegaron para quedarse”, inicia su letanía diaria, después de pedirle “chance” al chofer de subirse gratis al camión.
Mauricio viste pantalón de mezclilla, algo sucio y roto, y una camisa de las Chivas. En su pecho carga una pequeña mochila adaptada con una bocina de estéreo. Suena gangoza. La canción de Julión Álvarez que ambientaba a los viajeros se apaga para dar paso a Satisfaction, de los Rolling Stones; entonces Mauricio se convierte en un locutor itinerante, presenta a cada canción, su artista, grupo y año en que fue creada. Los Beatles, Bob Dylan, Red Hot Chilli Papers, Madonna, The Cure, Pink Floyd y Abba suenan entro otros iconos del rock.
“No le dé pena, si quiere el disco yo paso hasta su lugar a dejárselo. A sólo 10 pesos 404 temas MP3, lo mejor de lo mejor”.
El camión va lleno, pero eso no impide que Mauricio se cuele por los huecos existentes, entre empujones logra acercarse a un joven que ha solicitado el disco, él lo saca de un morral que cuelga sobre su hombro. Envuelto en papel celofán y con una fotocopia en blanco y negro entrega el cd que trae impresa la leyenda “Music Oldies”.
El chofer le grita a Mauricio avisándole que en la próxima parada lo detendrá el inspector y tendrá que dejar de vender para evitar problemas. El joven se apresura y da un vuelco al repertorio musical que anuncia, ahora cambia a “las mejores baladas pop de todos los tiempos”, pero ni los éxitos de Ricardo Arjona, Belanova, Britney Spears y Beyonce logran una sola venta.
El aterrizaje
Mauricio está al pendiente de la Avenida Belisario Domínguez, el inspector (que revisa los boletos al pasaje) subirá ahí. Una señorita levanta la mano para llamar la atención del “locutor itinerante”, le solicita el disco de rock y le cuestiona si se escucharán bien las canciones, Mauricio asegura que sí, “aquí viene un celular anotado para que llames si no es verdad, todo está garantizado, te lo juro por mi madre”, y en efecto, 10 dígitos señalan el número celular de un tal “Heber”. La chica paga confiada.
Mauricio agradece a los compradores explicándoles que gracias a eso podrá regresar pronto a la escuela. “Disculpen la molestia que les ocasioné con mi ruido, algún día los veré desde el cielo”, dice. La gente, extrañada, voltea instantáneamente a verlo con asombro; el chofer detiene el camión, su colega de trabajo sube y pide el boleto a los viajantes. El joven vendedor apaga velozmente su radio improvisado y continúa con su explicación: “No, no me moriré, quiero ser piloto y cuando esté en pleno vuelo siempre voltearé hacia abajo para recordar que gracias a ustedes mi sueño se ha cumplido. Que tengan buen viaje señores pasajeros el capitán Mauricio se despide”.