Suplementos
Quijotes, no todo está perdido
Activistas, cuya conciencia individual quisieran colectiva, venden o consumen productos orgánicos. Una forma de vida que se abre paso en el mercado
GUADALAJARA, JALSICO (03/JUN/2012).- Esta es la historia de personas que no se han dejado vencer. De personas que tomaron la bandera del consumo responsable; que emprendieron iniciativas de venta, producción y uso de productos “verdes”, sustentables y amables con el medio ambiente. Unos lo lograron y se muestran confiados aunque reconocen que falta trecho por recorrer. A otros no les fue tan bien, pero en vez de lamerse las heridas ya planean la siguiente acción.
Francisco Javier Michel Zapién tiene 44 años de edad y tres de experimentar el fracaso. Su acercamiento con temas relacionados con la Naturaleza e innovaciones le nació desde niño. Diseñador Industrial, cuando el tema se hizo más presente en la sociedad su interés creció. Hace cuatro años se aventuró con su primer proyecto: la ecobolsa. Una variante de las bolsas de tela para hacer el mandado en los supermercados. Se inspiró en la universal bolsa de plástico. Pensó que él podía hacer el mismo producto pero con tela.
Diseñó. Con la ayuda de una amiga hizo las primeras pruebas y sacó la versión definitiva en manta. Una no era suficiente: planeó un paquete, “pues aunque seas un soltero y no sepas hacer el mandado, las cosas no te caben en una bolsa”, dice con enérgica voz y manos inquietas mientras está sentado a la mesa de un café orgánico. El paquete sería un “costalito” que contendría cuatro o seis bolsas. Un “bodoquito” que hasta serviría de almohada. Hizo dos lotes. Tardó mucho, se resistían a ser compradas. Algunas todavía las carga en el coche.
Las ecobolsas salieron a la venta antes de Navidad. Javier logró venderle a su familia, a sus amigos. Uno de ellos, instructor de yoga, lo invitó a dar clases de Tai Chi en su estudio. Aceptó la invitación y además le dejó cuatro paquetes. La primera que compró la ecobolsa fue una de las asistentes a la clase de yoga, Silvia Jiménez, a la que entonces no conocía y que ahora es su pareja. El costo del paquete era de 200 pesos, 240 el de ecobolsas de mezclilla. “A la gente se le hizo caro”. Eran bolsas cuya duración podría ser de cinco a 10 años. Nada. Se puso en varios “tianguicitos” ecológicos. La mayoría de los caminantes pasaban por su puesto sin detenerse. Los que se paraban eran efusivos: ¡Qué padres! ¡Qué idea! ¡Felicidades! ¡Qué lindo! ¿Cuánto cuesta? Durante toda esa erupción de emociones inocuas, Javier se decía para sus adentros: “No me felicites, cómprala”.
Su segundo intento fue el baño seco que se utiliza en áreas rurales: el escusado se ubica en la parte alta de un depósito en el que se vacían los desechos durante medio año. Pasado ese lapso se clausura el depósito. A un costado ya se encuentra otro con las mismas características. A los seis meses se cumple el proceso de descomposición. Se abre el depósito por la parte trasera y se palea lo que ya es abono. La idea le pareció buena pero no a la ciudad.
Javier imaginó un retrete “precioso, bonito” para que la gente no dijera “ay, qué cosa tan fea”. Entendió que la dificultad no era diseñar el mueble sino saber qué hacer con el excremento. Avizoró dos opciones; ninguna al alcance: un servicio público o privado de recolecta de los residuos que lo llevaría a un área especial que lo “compostearía”; el segundo era inventar un aparato, “un compostero grandotote” automatizado en donde se arrojaran las bolsas biodegradables con los desechos. “Si haces eso desapareces las aguas negras, ¿sabes lo que se ahorraría la ciudad?”, insiste Javier. “Lo más difícil no son las soluciones técnicas, sino el modelo que está en la mente. Tú dile a las señoras que no va a haber escusados con agua: ¡Guácala! ¡No! ¡Nunca jamás!”
Si un aspirante a futbolista profesional medianamente joven asiste a cuatro pruebas con el objetivo de ser seleccionado para jugar en el club de sus sueños y no lo consigue, es normal que abandone sus aspiraciones. Eso no existe para Javier. El concepto de “Quijotes verdes” le parece interesante. Los que andan en la brega del compromiso con el medio ambiente se enfrentan a una realidad difícil. Hay que intentar y no decepcionarse.
La idea de hacer lo que casi nadie quiere hacer
Al igual que Javier, hay productores que buscan sacarle al campo frutos sin el uso de sustancias nocivas ni para la tierra, ni para el humano.
Ezequiel Macías es uno de ellos, dedicado al maíz, con 20 años entregados a los productos orgánicos —alimentos sin aditivos químicos ni sustancias de origen sintético—. Sus manos grandes y fuertes tienen la textura de la madera sin pulir: son rasposas, las de alguien que ha dedicado su vida al campo. Son las 12:00 horas de un sábado y Ezequiel asistió al ecotianguis, ubicado a un costado de la Ecotienda (Morelos 2178) y que se realiza todos los sábados de 10:00 a las 14:00 horas. Lo acompaña su esposa Adelina con la que suma 27 años de matrimonio y a la que en una hora se le terminó el huevo orgánico que vende.
Propietario de un férreo bigote que le brota sin exabruptos del centro del rostro, es azabache y termina en dos picos que le descienden por debajo de las comisuras de la boca, al estilo de revolucionario mexicano, Ezequiel dice que fueron los plaguicidas los que hicieron que cambiara su manera de trabajar.
Nació en el campo, en Juanacatlán. Hasta los 15 años todo fue natural en el rancho de su abuelo. A los 20 le entraron al “veneno”. “Tragamos mucho veneno, matamos la tierra, los animales”. De ser un grupo de alrededor de seis trabajadores, “la máquina” dejó sin trabajo a unos. Al principio, el tractor fue de 30 caballos de fuerza; luego, de 60, 80, 160… con aire acondicionado. El resultado: perdió 30 hectáreas de cultivo. “Se perdió todo. Piensas que con la fuerza vas a hacer las cosas y la Naturaleza no lo necesita”.
Perder el movimiento de las manos fue uno de los padecimientos que tuvo debido a los plaguicidas. “Un campesino jamás se insola, y yo me insolaba”. Todo lo que vio de niño se murió o se transformó: los animales, los cultivos, la temporada de lluvias. En el ejido Zapotlanejo ahora siembran maíz, nopal y cilantro. Venden queso orgánico. Este sábado les quedan tres piezas.
En el mismo ecotianguis, Gabriela Güitrón vende agua verde hecha con lechuga, acelga, apio, yerbabuena y hoja santa. Frente a ella está Luciana Helguera. Originaria del Distrito Federal, Luciana, de 27 años de edad, vende chocolate orgánico elaborado con cacao orgánico que consigue en Tabasco y que elabora en un taller montado en su casa. A un costado de ella, en una mesa de menos de dos metros está María Isabel. Ella ofrece gelatina de carambola, almíbar de ciruela, deshidratado de cocuixtle. Es su trabajo de fines de semana, pues el resto es estilista.
Jesús Quiroz es representante de la empresa Productos Naturales Ixcatán, que elabora una pasta para lavar los dientes. Realizada con miel de abeja, propóleo y ceniza de maíz, de color negruzco y consistencia espesa dentro de un tubo de plástico, Jesús dice que la pasta es una receta de origen prehispánico. Quita manchas de sarro sin dañar el esmalte. Ayuda a las encías, la miel de abeja funge como bactericida.
Asesor de proyectos productivos en comunidades rurales e indígenas, su empresa familiar toma la riqueza cultural “que nos hace falta en estos tiempo tan difíciles, tan químicos, tan artificiales”. La invitación que hace es retomar el camino de la Naturaleza. También vende nopal de cerro fresco o deshidratado y mangos de la barranca. “Todos esos productos los sacamos dentro de las economías sustentables. De irte al rancho y vivir del rancho. Nosotros vivimos del rancho, es un negocio familiar”.
Socorro Ocaña es una de la clientas asiduas al Ecotianguis. Vecina de la Colonia La Calma, desde que un médico le informó que tenía cáncer de colon cambió su alimentación. Trata primordialmente de consumir productos orgánicos. La aqueja una infección de riñón y para aminorar el malestar se preparará un jugo de cocuixtle y nopal. Afirma que con los productos verdes ve resultados que no le dan los antibióticos.
Tiendas de productos verdes
Cuenta Eugenio Galindo, socio de la Ecotienda, que el proyecto del lugar surge de la necesidad derivada de cursos y talleres cuyo tema de consumo responsable y tóxicos en el hogar despertaron inquietud en las personas que preguntaron en dónde encontrar una alternativa. Nacida en 1996, la Ecotienda (hizo una pausa entre 1999 y 2003) tiene acercamiento con clientes y productores de mercancías verdes. En la oficina de Eugenio hay un escritorio hecho con cartón reciclado y el aire acondicionado funciona con energía solar. La Ecotienda descree de la mercadotecnia, no la necesitan, Facebook les trae buenos resultados. Los productos más demandados son los que conforman la canasta básica. Hace un año, Eugenio y su socio, Marcos Lozano, ofrecieron un curso de microhuertos urbanos que pretendía incentivar la agricultura urbana en las personas que no tiene tierra de traspatio en donde sembrar.
Eugenio añade que al consumir productos orgánicos las personas se sienten mejor. Personas con cáncer, algún tipo de intoxicación o alergia asisten regularmente a la tienda. Eugenio lamenta que haya médicos y tiendas naturistas que lucran con sus padecimientos. Resalta que el objetivo de su negocio es promover la agricultura orgánica, el consumo responsable e impulsar a los productores al darles un espacio en el que puedan vender sus mercancías a un precio justo.
A algunos los apoyan con manuales, negocian el precio de los productos si existe alguna necesidad económica y planifican la parte de producción y mercadotecnia. A Eugenio le satisface que haya más oferta pero no entiende que las personas confundan el concepto de orgánico con naturista. Le gustaría tener un área especializada en el desarrollo de productores para capacitarlos en la parte productiva y administrativa, “donde más cojean”.
En la tienda de productos verdes Sentido Común (Luis Pérez Verdía 159-A) trabajan Cristina Girón y Mery Solórzano. Cristina comenzó su devenir para ayudar al medio ambiente en un proyecto de despensas orgánicas (Club Tierra Santa) que no resultó. Su objetivo era crear conciencia en el consumo responsable. Cristina es una mujer delgada que parece estar de perfil en todo momento. Es amable. En su charla se asoman destellos de desacuerdo con la alimentación de los ciudadanos. El pollo que no es orgánico, la leche de la vaca, la combinación del jugo naranja y zanahoria le parecen inadecuados para la alimentación de las personas.
Esta vegetariana de 30 años —tiene tres de ser orgánica— considera que las personas que entran al mundo de los productos verdes lo hacen porque tienen la necesidad de llevar a cabo una evolución. “Yo creo que todas las personas que queremos entrar a esto queremos hacer un cambio. En el club hablábamos con las personas para crear conciencia. Puedes consumir carne de pollo, pero de pollo orgánico: libre pastoreo, alimentado de maíz orgánico, que estén picando piedritas, pues estas les ayudan a moler el grano. Es llevar esa educación a las personas para que tengan cuidado de lo que comen en la calle. Era una filosofía, una misión”.
Durante su devenir, la mazatleca se dio cuenta que los alimentos de calidad como el plátano y el limón eran llevados al extranjero. Dice que el aceite de coco orgánico que ahora vende tiene beneficios para el cuerpo humano y que en Estados Unidos se lo comen a cucharadas y cocinan con él. Hace dos años que Cristina no se enferma ni de gripe. Ingeniero arquitecto, tenía buen sueldo pero no sentía que estaba aportando algo a la sociedad: “No estoy haciendo algo diferente, yo vengo aquí por una misión”, se dijo.
Durante el año y medio que duró el Club Tierra Santa, su asesor de cooperativas le dijo que esa era la manera más justa y sustentable de trabajar. “Ganas lo que trabajaste. Idea difícil para el mexicano”, afirma, pues lo domina la avaricia. Otro de sus proyectos se frustró cuando en la actual administración municipal de Guadalajara le ofrecieron poner baños ecológicos en el derrotero de la Vía Recreactiva. Sin embargo, la propuesta nunca se concretó.
Mery Solórzano, dueña de Sentido Común, recuerda cuando una vez ella y unos compañeros se decidieron a comprar mil pañales biodegradables y después dieron marcha atrás cuando en las “letritas” del contrato se les comprometía a comprar esa cantidad cada mes.
Cuenta que en una ecofiesta le tocó ver que a un productor originario de Michoacán le quedaron 20 kilos de jitomate orgánico. Los productores que estaban ahí decidieron comprarle todo el jitomate ya asoleado. “Cómo no íbamos a apoyar a un compañero”.
El jitomate aún lo guarda en el refrigerador de su tienda. En su experiencia, las personas comienzan con los cambios en la alimentación cuando le compran un producto de limpieza. Para ella esa es una señal de que ya van avanzados en conciencia ambiental.
Javier, tozudo
Luego del intento con los baños secos, Javier Michel, el del comienzo de estas historias, le entró a un proyecto de despensas orgánicas. Formó parte de un club al que se entraba al pagar una membresía con la que se adquiría un compromiso de consumo consuetudinario. Las despensas que se entregaban a los domicilios incluían frutas, vegetales, carne, lácteos. Productos orgánicos certificados y no. El costo era mayor que en el súper en 30 por ciento. Ahí también participó Silvia Jiménez, que ya era su novia. La empresa tampoco funcionó. Otro golpe se veía venir.
Con lo que les quedó de una de las despensas iniciaron un negocio que además, duró un día. Hicieron unos baguettes orgánicos: “Biolonche”. De jamón, pollo, frijoles; con aderezo de yogur de pepino; lechuga, jitomate, cebolla, crema… todo orgánico. A 50 pesos. Fueron a venderlos al ecotianguis que se pone los domingos en el Ex Convento del Carmen. Llegaron a las 12:00 horas. A nadie le llamó la atención. Javier volvió a pensar: “Todo lo verde está muy verde en México”. Se retiraron del lugar. La mitad de los lonches se los vendieron a unos amigos y la otra mitad a los padres de Silvia con los que compartieron el alimento. “Estaban buenísimos”, dice Javier con los párpados abiertísimos como un bebé sorprendido de llegar al mundo.
A todos esos intentos le siguieron los paquetes biodegradables para fiesta (paquetes con plato pastelero, extendido, vaso para bebida fría, cuchara, tenedores, cuchillos, servilletas y dos bolsas biodegradables para echar la basura) y el montaje de un bazar orgánico que le dejó “ganancias” mensuales de 300 a 800 pesos (pagaba una renta de mil pesos).
Al preguntarle si ha pensado en hacer otra cosa, Javier ofrece una lección que envidiaría alguna asociación de optimistas: “Claro que no. Esto me gusta”.
A un paso
¿Qué es orgánico?
Se llaman orgánicos a los productos que proceden de cultivos o crianza de animales donde no se han utilizado agroquímicos (pesticidas o fertilizantes sintéticos), hormonas STB, anabólicos ni antibióticos. En la producción orgánica no se aceptan variedades transgénicas. Al procesar los alimentos, no se usan aditivos o conservadores artificiales. En cambio, se han optimizado las relaciones entre las fuerzas vivas de la naturaleza: el suelo (fertilizado con métodos naturales), el aire, el agua y el sol y las distintas poblaciones de seres vivos en el agro-ecosistema. Generalmente, se promueve el uso y rescate de variedades criollas. Los alimentos se elaboran utilizando ingredientes naturales y con métodos que no alteran su calidad nutricional. El término “orgánico” procede del inglés (organic) y fue acuñado por un agricultor británico en los 1950s. En Europa, a los productos orgánicos se les llama también “biológicos”, “bio” o “ecológicos”.
Francisco Javier Michel Zapién tiene 44 años de edad y tres de experimentar el fracaso. Su acercamiento con temas relacionados con la Naturaleza e innovaciones le nació desde niño. Diseñador Industrial, cuando el tema se hizo más presente en la sociedad su interés creció. Hace cuatro años se aventuró con su primer proyecto: la ecobolsa. Una variante de las bolsas de tela para hacer el mandado en los supermercados. Se inspiró en la universal bolsa de plástico. Pensó que él podía hacer el mismo producto pero con tela.
Diseñó. Con la ayuda de una amiga hizo las primeras pruebas y sacó la versión definitiva en manta. Una no era suficiente: planeó un paquete, “pues aunque seas un soltero y no sepas hacer el mandado, las cosas no te caben en una bolsa”, dice con enérgica voz y manos inquietas mientras está sentado a la mesa de un café orgánico. El paquete sería un “costalito” que contendría cuatro o seis bolsas. Un “bodoquito” que hasta serviría de almohada. Hizo dos lotes. Tardó mucho, se resistían a ser compradas. Algunas todavía las carga en el coche.
Las ecobolsas salieron a la venta antes de Navidad. Javier logró venderle a su familia, a sus amigos. Uno de ellos, instructor de yoga, lo invitó a dar clases de Tai Chi en su estudio. Aceptó la invitación y además le dejó cuatro paquetes. La primera que compró la ecobolsa fue una de las asistentes a la clase de yoga, Silvia Jiménez, a la que entonces no conocía y que ahora es su pareja. El costo del paquete era de 200 pesos, 240 el de ecobolsas de mezclilla. “A la gente se le hizo caro”. Eran bolsas cuya duración podría ser de cinco a 10 años. Nada. Se puso en varios “tianguicitos” ecológicos. La mayoría de los caminantes pasaban por su puesto sin detenerse. Los que se paraban eran efusivos: ¡Qué padres! ¡Qué idea! ¡Felicidades! ¡Qué lindo! ¿Cuánto cuesta? Durante toda esa erupción de emociones inocuas, Javier se decía para sus adentros: “No me felicites, cómprala”.
Su segundo intento fue el baño seco que se utiliza en áreas rurales: el escusado se ubica en la parte alta de un depósito en el que se vacían los desechos durante medio año. Pasado ese lapso se clausura el depósito. A un costado ya se encuentra otro con las mismas características. A los seis meses se cumple el proceso de descomposición. Se abre el depósito por la parte trasera y se palea lo que ya es abono. La idea le pareció buena pero no a la ciudad.
Javier imaginó un retrete “precioso, bonito” para que la gente no dijera “ay, qué cosa tan fea”. Entendió que la dificultad no era diseñar el mueble sino saber qué hacer con el excremento. Avizoró dos opciones; ninguna al alcance: un servicio público o privado de recolecta de los residuos que lo llevaría a un área especial que lo “compostearía”; el segundo era inventar un aparato, “un compostero grandotote” automatizado en donde se arrojaran las bolsas biodegradables con los desechos. “Si haces eso desapareces las aguas negras, ¿sabes lo que se ahorraría la ciudad?”, insiste Javier. “Lo más difícil no son las soluciones técnicas, sino el modelo que está en la mente. Tú dile a las señoras que no va a haber escusados con agua: ¡Guácala! ¡No! ¡Nunca jamás!”
Si un aspirante a futbolista profesional medianamente joven asiste a cuatro pruebas con el objetivo de ser seleccionado para jugar en el club de sus sueños y no lo consigue, es normal que abandone sus aspiraciones. Eso no existe para Javier. El concepto de “Quijotes verdes” le parece interesante. Los que andan en la brega del compromiso con el medio ambiente se enfrentan a una realidad difícil. Hay que intentar y no decepcionarse.
La idea de hacer lo que casi nadie quiere hacer
Al igual que Javier, hay productores que buscan sacarle al campo frutos sin el uso de sustancias nocivas ni para la tierra, ni para el humano.
Ezequiel Macías es uno de ellos, dedicado al maíz, con 20 años entregados a los productos orgánicos —alimentos sin aditivos químicos ni sustancias de origen sintético—. Sus manos grandes y fuertes tienen la textura de la madera sin pulir: son rasposas, las de alguien que ha dedicado su vida al campo. Son las 12:00 horas de un sábado y Ezequiel asistió al ecotianguis, ubicado a un costado de la Ecotienda (Morelos 2178) y que se realiza todos los sábados de 10:00 a las 14:00 horas. Lo acompaña su esposa Adelina con la que suma 27 años de matrimonio y a la que en una hora se le terminó el huevo orgánico que vende.
Propietario de un férreo bigote que le brota sin exabruptos del centro del rostro, es azabache y termina en dos picos que le descienden por debajo de las comisuras de la boca, al estilo de revolucionario mexicano, Ezequiel dice que fueron los plaguicidas los que hicieron que cambiara su manera de trabajar.
Nació en el campo, en Juanacatlán. Hasta los 15 años todo fue natural en el rancho de su abuelo. A los 20 le entraron al “veneno”. “Tragamos mucho veneno, matamos la tierra, los animales”. De ser un grupo de alrededor de seis trabajadores, “la máquina” dejó sin trabajo a unos. Al principio, el tractor fue de 30 caballos de fuerza; luego, de 60, 80, 160… con aire acondicionado. El resultado: perdió 30 hectáreas de cultivo. “Se perdió todo. Piensas que con la fuerza vas a hacer las cosas y la Naturaleza no lo necesita”.
Perder el movimiento de las manos fue uno de los padecimientos que tuvo debido a los plaguicidas. “Un campesino jamás se insola, y yo me insolaba”. Todo lo que vio de niño se murió o se transformó: los animales, los cultivos, la temporada de lluvias. En el ejido Zapotlanejo ahora siembran maíz, nopal y cilantro. Venden queso orgánico. Este sábado les quedan tres piezas.
En el mismo ecotianguis, Gabriela Güitrón vende agua verde hecha con lechuga, acelga, apio, yerbabuena y hoja santa. Frente a ella está Luciana Helguera. Originaria del Distrito Federal, Luciana, de 27 años de edad, vende chocolate orgánico elaborado con cacao orgánico que consigue en Tabasco y que elabora en un taller montado en su casa. A un costado de ella, en una mesa de menos de dos metros está María Isabel. Ella ofrece gelatina de carambola, almíbar de ciruela, deshidratado de cocuixtle. Es su trabajo de fines de semana, pues el resto es estilista.
Jesús Quiroz es representante de la empresa Productos Naturales Ixcatán, que elabora una pasta para lavar los dientes. Realizada con miel de abeja, propóleo y ceniza de maíz, de color negruzco y consistencia espesa dentro de un tubo de plástico, Jesús dice que la pasta es una receta de origen prehispánico. Quita manchas de sarro sin dañar el esmalte. Ayuda a las encías, la miel de abeja funge como bactericida.
Asesor de proyectos productivos en comunidades rurales e indígenas, su empresa familiar toma la riqueza cultural “que nos hace falta en estos tiempo tan difíciles, tan químicos, tan artificiales”. La invitación que hace es retomar el camino de la Naturaleza. También vende nopal de cerro fresco o deshidratado y mangos de la barranca. “Todos esos productos los sacamos dentro de las economías sustentables. De irte al rancho y vivir del rancho. Nosotros vivimos del rancho, es un negocio familiar”.
Socorro Ocaña es una de la clientas asiduas al Ecotianguis. Vecina de la Colonia La Calma, desde que un médico le informó que tenía cáncer de colon cambió su alimentación. Trata primordialmente de consumir productos orgánicos. La aqueja una infección de riñón y para aminorar el malestar se preparará un jugo de cocuixtle y nopal. Afirma que con los productos verdes ve resultados que no le dan los antibióticos.
Tiendas de productos verdes
Cuenta Eugenio Galindo, socio de la Ecotienda, que el proyecto del lugar surge de la necesidad derivada de cursos y talleres cuyo tema de consumo responsable y tóxicos en el hogar despertaron inquietud en las personas que preguntaron en dónde encontrar una alternativa. Nacida en 1996, la Ecotienda (hizo una pausa entre 1999 y 2003) tiene acercamiento con clientes y productores de mercancías verdes. En la oficina de Eugenio hay un escritorio hecho con cartón reciclado y el aire acondicionado funciona con energía solar. La Ecotienda descree de la mercadotecnia, no la necesitan, Facebook les trae buenos resultados. Los productos más demandados son los que conforman la canasta básica. Hace un año, Eugenio y su socio, Marcos Lozano, ofrecieron un curso de microhuertos urbanos que pretendía incentivar la agricultura urbana en las personas que no tiene tierra de traspatio en donde sembrar.
Eugenio añade que al consumir productos orgánicos las personas se sienten mejor. Personas con cáncer, algún tipo de intoxicación o alergia asisten regularmente a la tienda. Eugenio lamenta que haya médicos y tiendas naturistas que lucran con sus padecimientos. Resalta que el objetivo de su negocio es promover la agricultura orgánica, el consumo responsable e impulsar a los productores al darles un espacio en el que puedan vender sus mercancías a un precio justo.
A algunos los apoyan con manuales, negocian el precio de los productos si existe alguna necesidad económica y planifican la parte de producción y mercadotecnia. A Eugenio le satisface que haya más oferta pero no entiende que las personas confundan el concepto de orgánico con naturista. Le gustaría tener un área especializada en el desarrollo de productores para capacitarlos en la parte productiva y administrativa, “donde más cojean”.
En la tienda de productos verdes Sentido Común (Luis Pérez Verdía 159-A) trabajan Cristina Girón y Mery Solórzano. Cristina comenzó su devenir para ayudar al medio ambiente en un proyecto de despensas orgánicas (Club Tierra Santa) que no resultó. Su objetivo era crear conciencia en el consumo responsable. Cristina es una mujer delgada que parece estar de perfil en todo momento. Es amable. En su charla se asoman destellos de desacuerdo con la alimentación de los ciudadanos. El pollo que no es orgánico, la leche de la vaca, la combinación del jugo naranja y zanahoria le parecen inadecuados para la alimentación de las personas.
Esta vegetariana de 30 años —tiene tres de ser orgánica— considera que las personas que entran al mundo de los productos verdes lo hacen porque tienen la necesidad de llevar a cabo una evolución. “Yo creo que todas las personas que queremos entrar a esto queremos hacer un cambio. En el club hablábamos con las personas para crear conciencia. Puedes consumir carne de pollo, pero de pollo orgánico: libre pastoreo, alimentado de maíz orgánico, que estén picando piedritas, pues estas les ayudan a moler el grano. Es llevar esa educación a las personas para que tengan cuidado de lo que comen en la calle. Era una filosofía, una misión”.
Durante su devenir, la mazatleca se dio cuenta que los alimentos de calidad como el plátano y el limón eran llevados al extranjero. Dice que el aceite de coco orgánico que ahora vende tiene beneficios para el cuerpo humano y que en Estados Unidos se lo comen a cucharadas y cocinan con él. Hace dos años que Cristina no se enferma ni de gripe. Ingeniero arquitecto, tenía buen sueldo pero no sentía que estaba aportando algo a la sociedad: “No estoy haciendo algo diferente, yo vengo aquí por una misión”, se dijo.
Durante el año y medio que duró el Club Tierra Santa, su asesor de cooperativas le dijo que esa era la manera más justa y sustentable de trabajar. “Ganas lo que trabajaste. Idea difícil para el mexicano”, afirma, pues lo domina la avaricia. Otro de sus proyectos se frustró cuando en la actual administración municipal de Guadalajara le ofrecieron poner baños ecológicos en el derrotero de la Vía Recreactiva. Sin embargo, la propuesta nunca se concretó.
Mery Solórzano, dueña de Sentido Común, recuerda cuando una vez ella y unos compañeros se decidieron a comprar mil pañales biodegradables y después dieron marcha atrás cuando en las “letritas” del contrato se les comprometía a comprar esa cantidad cada mes.
Cuenta que en una ecofiesta le tocó ver que a un productor originario de Michoacán le quedaron 20 kilos de jitomate orgánico. Los productores que estaban ahí decidieron comprarle todo el jitomate ya asoleado. “Cómo no íbamos a apoyar a un compañero”.
El jitomate aún lo guarda en el refrigerador de su tienda. En su experiencia, las personas comienzan con los cambios en la alimentación cuando le compran un producto de limpieza. Para ella esa es una señal de que ya van avanzados en conciencia ambiental.
Javier, tozudo
Luego del intento con los baños secos, Javier Michel, el del comienzo de estas historias, le entró a un proyecto de despensas orgánicas. Formó parte de un club al que se entraba al pagar una membresía con la que se adquiría un compromiso de consumo consuetudinario. Las despensas que se entregaban a los domicilios incluían frutas, vegetales, carne, lácteos. Productos orgánicos certificados y no. El costo era mayor que en el súper en 30 por ciento. Ahí también participó Silvia Jiménez, que ya era su novia. La empresa tampoco funcionó. Otro golpe se veía venir.
Con lo que les quedó de una de las despensas iniciaron un negocio que además, duró un día. Hicieron unos baguettes orgánicos: “Biolonche”. De jamón, pollo, frijoles; con aderezo de yogur de pepino; lechuga, jitomate, cebolla, crema… todo orgánico. A 50 pesos. Fueron a venderlos al ecotianguis que se pone los domingos en el Ex Convento del Carmen. Llegaron a las 12:00 horas. A nadie le llamó la atención. Javier volvió a pensar: “Todo lo verde está muy verde en México”. Se retiraron del lugar. La mitad de los lonches se los vendieron a unos amigos y la otra mitad a los padres de Silvia con los que compartieron el alimento. “Estaban buenísimos”, dice Javier con los párpados abiertísimos como un bebé sorprendido de llegar al mundo.
A todos esos intentos le siguieron los paquetes biodegradables para fiesta (paquetes con plato pastelero, extendido, vaso para bebida fría, cuchara, tenedores, cuchillos, servilletas y dos bolsas biodegradables para echar la basura) y el montaje de un bazar orgánico que le dejó “ganancias” mensuales de 300 a 800 pesos (pagaba una renta de mil pesos).
Al preguntarle si ha pensado en hacer otra cosa, Javier ofrece una lección que envidiaría alguna asociación de optimistas: “Claro que no. Esto me gusta”.
A un paso
¿Qué es orgánico?
Se llaman orgánicos a los productos que proceden de cultivos o crianza de animales donde no se han utilizado agroquímicos (pesticidas o fertilizantes sintéticos), hormonas STB, anabólicos ni antibióticos. En la producción orgánica no se aceptan variedades transgénicas. Al procesar los alimentos, no se usan aditivos o conservadores artificiales. En cambio, se han optimizado las relaciones entre las fuerzas vivas de la naturaleza: el suelo (fertilizado con métodos naturales), el aire, el agua y el sol y las distintas poblaciones de seres vivos en el agro-ecosistema. Generalmente, se promueve el uso y rescate de variedades criollas. Los alimentos se elaboran utilizando ingredientes naturales y con métodos que no alteran su calidad nutricional. El término “orgánico” procede del inglés (organic) y fue acuñado por un agricultor británico en los 1950s. En Europa, a los productos orgánicos se les llama también “biológicos”, “bio” o “ecológicos”.