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¿Qué podemos aprender de Podemos?
Una clave del éxito del partido político español fue el debate entorno a la impunidad
GUADALAJARA, JALISCO (04/ENE/2015).- Podemos es el fenómeno político de 2014. Un partido político que en un año ha logrado colocarse como segunda fuerza política de España en todas las encuestas. Más que un partido político, Podemos es una plataforma de jóvenes indignados, con una narrativa clara y con un proyecto, a veces utópico, pero bien fundamentado. No son unos chavos marcados sólo por la voluntad de cambio, sino universitarios que saben conjugar un proyecto honesto y transparente con la eficacia necesaria para gobernar. Un mensaje que reniega de los partidos tradicionales, pero no de la política; se aleja de la frialdad de los tecnócratas, pero valora la ciencia y el progreso; critican la “telecracia”, pero son habituales de las tertulias políticas en las grandes cadenas de televisión; condenan la política del eufemismo tan acentuada en la clase política, pero saben de comunicación política y la importancia del mensaje claro y rotundo; denuncian a los poderes fácticos y a los “secuestradores” del Estado, pero buscan que su mensaje sea más de esperanza que de revancha o miedo. “El cielo se toma por asalto” dijo alguna vez Pablo Iglesias, su líder político, pero creen en las elecciones, la prensa libre y el mercado regulado. Podemos es un caso digno de análisis.
“Podemos” nace en un contexto relativamente sencillo de dilucidar: la crisis económica de España. Sin embargo, aunque es posible rastrear sus orígenes tras la tremenda depresión económica en la que ha entrado España desde 2008, la realidad es que su génesis es más política que económica. Diría yo que es meramente política. Es la consecuencia de la derrota del Estado por los mercados y los poderes fácticos, de la política de infiltración de los empresarios en las decisiones públicas y en la impunidad en la que actúan. Así, la “casta”, el principal concepto utilizado por Podemos para referirse a esa unión entre poder político y económico que produjo la crisis y que sirve de escudo de impunidad para los poderosos, se convirtió en la modernización del concepto de “clase política” utilizado por Gaetano Mosca para describir a la élite política en Italia a finales del siglo XIX. La casta es la oligarquía que protege los intereses económicos de los poderosos a través del control de los aparatos del Estado. Una mezcla entre el realismo de los politólogos italianos con esa idea marxista del Estado como agente que defiende los intereses de la clase capitalista. Algo anda mal en el mundo cuando referencias tan antiguas, de hace 100 o 200 años, siguen siendo explicativas.
Sin embargo, el discurso no es suficiente. Para acompañar este discurso que sitúa a los políticos como cómplice de las tramas económicas que llevaron a la crisis, se necesitaban rostros nuevos que proyectaran honestidad y cambio. Ahí es donde entra un conjunto de jóvenes con trayectorias impecables, la mayoría egresados de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, y que basan su credibilidad en no comportarse como casta. No viajar nunca en primera clase; rehuir a los trajes y a los gustos caros; donar la mayor parte de su sueldo o renunciar directamente a él; registrar cada gasto del partido en su página de internet; comprometerse a expulsar a cualquier militante que tenga sospechas de corrupción y poner todas sus decisiones en manos de los militantes y simpatizantes. En el mismo sentido, esta narrativa se sustenta en la probada capacidad de sus cuadros que no son “hippies” que buscan rescatar al mundo del materialismo de nuestros tiempos, sino doctores en Ciencia Política que “saben lo que hacen”. Una buena mezcla: discurso de cambio, honestidad en la trayectoria, capacidad en temas públicos y un proyecto nacionalista que busca construir una hegemonía social y política. De esta manera, narrativa, honestidad, capacidad y proyecto son cimientos difíciles de derrumbar, menos cuando el resto de los partidos políticos se encuentran en mayor o menor medida manchados por la corrupción.
¿Enseñanzas para el caso mexicano?
México enfrenta problemas más estructurales que España. Con algunas regresiones, pero España es una democracia que conjuga estado de derecho y rendición de cuentas. Si bien, los malestares denunciados por Podemos son ciertos, la realidad es que el entramado institucional es tan sólido que es capaz de sentar en el banquillo de los acusados a una hermana del Rey de España. También es capaz de procesar a decenas de políticos, alcaldes y diputados por corrupción, malversación de fondos o abuso de autoridad. Algo que difícilmente veremos en México, ya que los “peces gordos” de la política rara vez caen en prisión. Y aunque las comparaciones suelen tener algo de arbitrario, es posible delinear algunas enseñanzas que la experiencia de Podemos arroja para el caso mexicano.
En México, el discurso de casta aplica como “anillo al dedo”. En nuestro país ha tenido distintos nombres desde oligarquía como lo llaman algunos académicos de izquierda hasta la “mafia del poder” como lo señala Andrés Manuel López Obrador, pero lo cierto es que sigue habiendo una pequeña élite que controla los flujos económicos, el acceso a los cargos públicos y los medios de comunicación. Los datos son dramáticos. El 1% de los mexicanos controla 43% de la riqueza de todo el país; el Banco Mundial ha señalado que en México todos los sectores estratégicos tienen una forma de operación oligopólica y estamos convertidos en un “estado de partidos” en donde las siglas partidistas deciden prácticamente todos los cargos públicos en los tres poderes de Gobierno y en todos los niveles. Es así, un país con una casta de unos pocos que son capaces de saltarse las reglas democráticas, torcer la economía e informar lo que en una mesa ellos decidan. Pongamos el calificativo que sea, pero la democracia sólo podrá germinar en un entorno de competencia económica justa y una élite que deba rendir cuentas a los ciudadanos. Mientras no haya una política distributiva, en lo económico y en lo político, la casta seguirá siendo un problema de primera línea para este país.
El desprecio por la arena electoral de los movimientos sociales ha coadyuvado para la construcción de un sistema aún más cerrado. Lo que el ejemplo de Podemos demuestra es que las plataformas de cambio son más incluyentes y eficaces cuando se toman en serio la democracia, las elecciones y la construcción de partidos políticos distintos. En México, muchos movimientos sociales o intelectuales de raigambre anarquista o filo-comunista, desprecian las elecciones por identificarlas como salidas liberales a problemas más complejos. La realidad es que las elecciones es la manera más equitativa y justa de dirimir las diferencias ideológicas en democracia. La aversión por las elecciones que muestra una parte de la izquierda en México sólo ayuda a configurar un sistema electoral con menos alternativas de cambio. Tanto en Europa como en América Latina, los proyectos de cambio más estructurales y duraderos han decidido aprovechar la vía electoral y buscar la conquista de una mayoría social que los respalde. Mientras exista ese desprecio de actores sociales, como en el caso de Ayotzinapa, por la vía electoral, todos los cambios propuestos serán poco democráticos y poco seductores para buena parte de la población. El problema no son los partidos políticos en esencia, nacidos para representar a la pluralidad emergente, sino su tendencia a convertirse en grupos de interés que se alejan de los ciudadanos.
La impunidad es el problema político más grave de nuestra incipiente democracia. Corruptos hay en todo el mundo, la diferencia es que las democracias avanzadas castigan a los corruptos y combaten con toda la fuerza del Estado la impunidad, mientras que los países de baja calidad democrática toleran la impunidad y hasta le encuentran una función política. Una clave del éxito de Podemos fue poner sobre la mesa el debate sobre la impunidad como el ácido que corroe las entrañas mismas de la democracia. Muy tarde entendimos en México que no hay democracia sin Estado de derecho. Y es que sin importar el punto cardinal de la ideología, liberal-conservador o izquierda-derecha, lo cierto es que ningún proyecto de modernización sirve sin Estado de derecho. ¿Cómo es posible que funcione una reforma energética como la propuesta por Enrique Peña Nieto si ni siquiera sabemos que las licitaciones irán a las mejores empresas y no a los amigos del régimen? ¿Cómo podemos pedir que se invierta más en programas sociales cuando tenemos sospechas de los objetivos electorales detrás de él? La impunidad debe volver al centro del debate político en México, con todo lo que implica: reforma al Poder Judicial, eliminar los fueros innecesarios, transparencia y control del gasto público.
Existen más enseñanzas que se pueden extraer de la irrupción de Podemos en España: el cambio generacional en la política; la importancia del involucramiento constructivo de las clases medias; lo fundamental que resulta la educación para la transformación política o lo desgastados que lucen los partidos políticos tradicionales ante discursos medianamente innovadores. Así, la coyuntura que marca la crisis política de Ayotzinapa pone encima de la mesa la necesidad de que surjan en el sistema electoral nuevas ideas, nuevos proyectos y nuevas caras. El cambio difícilmente podrá ser enarbolado por aquellos que participaron directamente en la erosión de legitimidad de la transición que se agota sin esbozar respuestas. En México se necesita un partido político como Podemos que reivindique la política y el cambio desde la democracia, la pluralidad y las elecciones.
“Podemos” nace en un contexto relativamente sencillo de dilucidar: la crisis económica de España. Sin embargo, aunque es posible rastrear sus orígenes tras la tremenda depresión económica en la que ha entrado España desde 2008, la realidad es que su génesis es más política que económica. Diría yo que es meramente política. Es la consecuencia de la derrota del Estado por los mercados y los poderes fácticos, de la política de infiltración de los empresarios en las decisiones públicas y en la impunidad en la que actúan. Así, la “casta”, el principal concepto utilizado por Podemos para referirse a esa unión entre poder político y económico que produjo la crisis y que sirve de escudo de impunidad para los poderosos, se convirtió en la modernización del concepto de “clase política” utilizado por Gaetano Mosca para describir a la élite política en Italia a finales del siglo XIX. La casta es la oligarquía que protege los intereses económicos de los poderosos a través del control de los aparatos del Estado. Una mezcla entre el realismo de los politólogos italianos con esa idea marxista del Estado como agente que defiende los intereses de la clase capitalista. Algo anda mal en el mundo cuando referencias tan antiguas, de hace 100 o 200 años, siguen siendo explicativas.
Sin embargo, el discurso no es suficiente. Para acompañar este discurso que sitúa a los políticos como cómplice de las tramas económicas que llevaron a la crisis, se necesitaban rostros nuevos que proyectaran honestidad y cambio. Ahí es donde entra un conjunto de jóvenes con trayectorias impecables, la mayoría egresados de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, y que basan su credibilidad en no comportarse como casta. No viajar nunca en primera clase; rehuir a los trajes y a los gustos caros; donar la mayor parte de su sueldo o renunciar directamente a él; registrar cada gasto del partido en su página de internet; comprometerse a expulsar a cualquier militante que tenga sospechas de corrupción y poner todas sus decisiones en manos de los militantes y simpatizantes. En el mismo sentido, esta narrativa se sustenta en la probada capacidad de sus cuadros que no son “hippies” que buscan rescatar al mundo del materialismo de nuestros tiempos, sino doctores en Ciencia Política que “saben lo que hacen”. Una buena mezcla: discurso de cambio, honestidad en la trayectoria, capacidad en temas públicos y un proyecto nacionalista que busca construir una hegemonía social y política. De esta manera, narrativa, honestidad, capacidad y proyecto son cimientos difíciles de derrumbar, menos cuando el resto de los partidos políticos se encuentran en mayor o menor medida manchados por la corrupción.
¿Enseñanzas para el caso mexicano?
México enfrenta problemas más estructurales que España. Con algunas regresiones, pero España es una democracia que conjuga estado de derecho y rendición de cuentas. Si bien, los malestares denunciados por Podemos son ciertos, la realidad es que el entramado institucional es tan sólido que es capaz de sentar en el banquillo de los acusados a una hermana del Rey de España. También es capaz de procesar a decenas de políticos, alcaldes y diputados por corrupción, malversación de fondos o abuso de autoridad. Algo que difícilmente veremos en México, ya que los “peces gordos” de la política rara vez caen en prisión. Y aunque las comparaciones suelen tener algo de arbitrario, es posible delinear algunas enseñanzas que la experiencia de Podemos arroja para el caso mexicano.
En México, el discurso de casta aplica como “anillo al dedo”. En nuestro país ha tenido distintos nombres desde oligarquía como lo llaman algunos académicos de izquierda hasta la “mafia del poder” como lo señala Andrés Manuel López Obrador, pero lo cierto es que sigue habiendo una pequeña élite que controla los flujos económicos, el acceso a los cargos públicos y los medios de comunicación. Los datos son dramáticos. El 1% de los mexicanos controla 43% de la riqueza de todo el país; el Banco Mundial ha señalado que en México todos los sectores estratégicos tienen una forma de operación oligopólica y estamos convertidos en un “estado de partidos” en donde las siglas partidistas deciden prácticamente todos los cargos públicos en los tres poderes de Gobierno y en todos los niveles. Es así, un país con una casta de unos pocos que son capaces de saltarse las reglas democráticas, torcer la economía e informar lo que en una mesa ellos decidan. Pongamos el calificativo que sea, pero la democracia sólo podrá germinar en un entorno de competencia económica justa y una élite que deba rendir cuentas a los ciudadanos. Mientras no haya una política distributiva, en lo económico y en lo político, la casta seguirá siendo un problema de primera línea para este país.
El desprecio por la arena electoral de los movimientos sociales ha coadyuvado para la construcción de un sistema aún más cerrado. Lo que el ejemplo de Podemos demuestra es que las plataformas de cambio son más incluyentes y eficaces cuando se toman en serio la democracia, las elecciones y la construcción de partidos políticos distintos. En México, muchos movimientos sociales o intelectuales de raigambre anarquista o filo-comunista, desprecian las elecciones por identificarlas como salidas liberales a problemas más complejos. La realidad es que las elecciones es la manera más equitativa y justa de dirimir las diferencias ideológicas en democracia. La aversión por las elecciones que muestra una parte de la izquierda en México sólo ayuda a configurar un sistema electoral con menos alternativas de cambio. Tanto en Europa como en América Latina, los proyectos de cambio más estructurales y duraderos han decidido aprovechar la vía electoral y buscar la conquista de una mayoría social que los respalde. Mientras exista ese desprecio de actores sociales, como en el caso de Ayotzinapa, por la vía electoral, todos los cambios propuestos serán poco democráticos y poco seductores para buena parte de la población. El problema no son los partidos políticos en esencia, nacidos para representar a la pluralidad emergente, sino su tendencia a convertirse en grupos de interés que se alejan de los ciudadanos.
La impunidad es el problema político más grave de nuestra incipiente democracia. Corruptos hay en todo el mundo, la diferencia es que las democracias avanzadas castigan a los corruptos y combaten con toda la fuerza del Estado la impunidad, mientras que los países de baja calidad democrática toleran la impunidad y hasta le encuentran una función política. Una clave del éxito de Podemos fue poner sobre la mesa el debate sobre la impunidad como el ácido que corroe las entrañas mismas de la democracia. Muy tarde entendimos en México que no hay democracia sin Estado de derecho. Y es que sin importar el punto cardinal de la ideología, liberal-conservador o izquierda-derecha, lo cierto es que ningún proyecto de modernización sirve sin Estado de derecho. ¿Cómo es posible que funcione una reforma energética como la propuesta por Enrique Peña Nieto si ni siquiera sabemos que las licitaciones irán a las mejores empresas y no a los amigos del régimen? ¿Cómo podemos pedir que se invierta más en programas sociales cuando tenemos sospechas de los objetivos electorales detrás de él? La impunidad debe volver al centro del debate político en México, con todo lo que implica: reforma al Poder Judicial, eliminar los fueros innecesarios, transparencia y control del gasto público.
Existen más enseñanzas que se pueden extraer de la irrupción de Podemos en España: el cambio generacional en la política; la importancia del involucramiento constructivo de las clases medias; lo fundamental que resulta la educación para la transformación política o lo desgastados que lucen los partidos políticos tradicionales ante discursos medianamente innovadores. Así, la coyuntura que marca la crisis política de Ayotzinapa pone encima de la mesa la necesidad de que surjan en el sistema electoral nuevas ideas, nuevos proyectos y nuevas caras. El cambio difícilmente podrá ser enarbolado por aquellos que participaron directamente en la erosión de legitimidad de la transición que se agota sin esbozar respuestas. En México se necesita un partido político como Podemos que reivindique la política y el cambio desde la democracia, la pluralidad y las elecciones.