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¿Primero comer que ser cristiano?
Si vemos a Jesús, si escuchamos atentamente sus palabras, nos damos cuenta de que el amor a Dios debe ser preferencial
El título arriba es una frase que se ha introducido en nuestro lenguaje y ha pasado a la mentalidad popular... frase muy repetida y desde luego poco entendida y a menudo mal interpretada.
Es verdaderamente cierto que la voluntad de Dios es la felicidad de todos y cada uno de sus hijos; es un hecho que dentro de los planes divinos, Dios no quiere que nadie sufra ni hambre ni necesidad de lo más indispensable, y ni siquiera carencias de amor.
Pero nosotros, como buenos intérpretes de la Palabra y de la voluntad divina, le hacemos arreglos a nuestro modo y según nuestras respectivas conveniencias.
Así llegamos al “primero comer que ser cristiano”, y luego añadimos: “primero está el negocio que la Misa del domingo”, “primero la televisión que la oración”; y así poco a poco vamos dejando a Dios al margen, porque de primer intento dijimos: “primero comer que ser cristiano”, y al poner a Dios en segundo término, lo hemos ido desplazando hasta echarlo fuera de nuestra casa, de nuestra vida y de nuestro corazón.
En cambio si vemos a Jesús, si escuchamos atentamente sus palabras, nos damos cuenta de que el amor a Dios debe ser preferencial, “amarle sobre todas las cosas”, y esto definitivamente no lo hemos entendido.
Por eso es más fácil ir a prender una veladora, que hacer una oración sincera sacada desde lo más íntimo del corazón.
Y si lo pensáramos seriamente bien podríamos imaginar que será lo que el Señor nos diga en el último día de nuestra vida: ¿primero qué?
Me aterra pensar que lleguemos hasta el extremo de merecer aquella palabra: “Ni siquiera te conozco...”.
Y cuidado, que hasta podría añadir: “¿Cuándo hablaste bien de mí a los demás? ¿Cuándo te preocupaste por que tus hijos aprendieran a conocerme y a vivir según mis enseñanzas?”.
Y luego nos vamos con la fantasía de que al fin y al cabo Dios es bueno, amoroso, misericordioso, que siempre perdona y sin duda nos dará la gloria prometida como premio. ¿Premio a qué? ¿A la indiferencia, al olvido al posponerlo?
Llevando nuestra reflexión a planos muy humannos: podríamos compararnos con aquel que dice ser muy amigo y nunca nos llama por teléfono para saber cómo estamos; si habla de nosotros con otras personas es para criticarnos o comentar lo negativo; si le decimos algo nos responde: “es que no te entiendo, y ni me preocupo por entenderte, ni siquiera me esfuerzo”...
¿Cuál será nuestra actitud a la hora que Jesús llegue a nuestra puerta? ¿Será la de abrir los brazos para recibirle con toda la ternura del corazón? Puede ser que a quien tenga mucho amor le reciba así, sin un reproche, sin reclamar nada: pero es un hecho que algo muy profundo se ha enfriado.
Esto podemos aplicarlo también a los ámbitos familiares, en los cuales los más cercanos pasan a un segundo plano y se prefiere a los amigos, a los de la fiesta y la juerga... Y cuando hay un problema, una enfermedad o un conflicto, los únicos que saben estar al lado, velando día y noche a la cabecera o visitándonos en la prisión, son precisamente los familiares, aquellos que pusimos en segundo término, como ponemos a Dios cada día.
No lo olvidemos: lo que se pone en segundo término se va poco a poco desplazando y se acaba por olvidarlo.
A la hora definitiva, cuando nos presentemos ante Dios, nadie podrá acompañarnos. Lo único que llevaremos será el amor que fuimos cultivando... Y otra vez nos preguntamos: ¿amor a que?, ¿a lo material, a lo humano,a lo egoísta?
Ahora es buen momento para preguntarnos si verdaderamente es lógico aquello de que primero está el comer que el ser cristiano. O si primero es ser amigo y luego ser familia.
Las prioridades que vamos asumiendo, van configurando nuestra personalidad y son las que dan pauta a la vida. Es, pues, muy importante revisar nuestras opciones a la luz de la fe.
María Belén Sánchez fsp
Es verdaderamente cierto que la voluntad de Dios es la felicidad de todos y cada uno de sus hijos; es un hecho que dentro de los planes divinos, Dios no quiere que nadie sufra ni hambre ni necesidad de lo más indispensable, y ni siquiera carencias de amor.
Pero nosotros, como buenos intérpretes de la Palabra y de la voluntad divina, le hacemos arreglos a nuestro modo y según nuestras respectivas conveniencias.
Así llegamos al “primero comer que ser cristiano”, y luego añadimos: “primero está el negocio que la Misa del domingo”, “primero la televisión que la oración”; y así poco a poco vamos dejando a Dios al margen, porque de primer intento dijimos: “primero comer que ser cristiano”, y al poner a Dios en segundo término, lo hemos ido desplazando hasta echarlo fuera de nuestra casa, de nuestra vida y de nuestro corazón.
En cambio si vemos a Jesús, si escuchamos atentamente sus palabras, nos damos cuenta de que el amor a Dios debe ser preferencial, “amarle sobre todas las cosas”, y esto definitivamente no lo hemos entendido.
Por eso es más fácil ir a prender una veladora, que hacer una oración sincera sacada desde lo más íntimo del corazón.
Y si lo pensáramos seriamente bien podríamos imaginar que será lo que el Señor nos diga en el último día de nuestra vida: ¿primero qué?
Me aterra pensar que lleguemos hasta el extremo de merecer aquella palabra: “Ni siquiera te conozco...”.
Y cuidado, que hasta podría añadir: “¿Cuándo hablaste bien de mí a los demás? ¿Cuándo te preocupaste por que tus hijos aprendieran a conocerme y a vivir según mis enseñanzas?”.
Y luego nos vamos con la fantasía de que al fin y al cabo Dios es bueno, amoroso, misericordioso, que siempre perdona y sin duda nos dará la gloria prometida como premio. ¿Premio a qué? ¿A la indiferencia, al olvido al posponerlo?
Llevando nuestra reflexión a planos muy humannos: podríamos compararnos con aquel que dice ser muy amigo y nunca nos llama por teléfono para saber cómo estamos; si habla de nosotros con otras personas es para criticarnos o comentar lo negativo; si le decimos algo nos responde: “es que no te entiendo, y ni me preocupo por entenderte, ni siquiera me esfuerzo”...
¿Cuál será nuestra actitud a la hora que Jesús llegue a nuestra puerta? ¿Será la de abrir los brazos para recibirle con toda la ternura del corazón? Puede ser que a quien tenga mucho amor le reciba así, sin un reproche, sin reclamar nada: pero es un hecho que algo muy profundo se ha enfriado.
Esto podemos aplicarlo también a los ámbitos familiares, en los cuales los más cercanos pasan a un segundo plano y se prefiere a los amigos, a los de la fiesta y la juerga... Y cuando hay un problema, una enfermedad o un conflicto, los únicos que saben estar al lado, velando día y noche a la cabecera o visitándonos en la prisión, son precisamente los familiares, aquellos que pusimos en segundo término, como ponemos a Dios cada día.
No lo olvidemos: lo que se pone en segundo término se va poco a poco desplazando y se acaba por olvidarlo.
A la hora definitiva, cuando nos presentemos ante Dios, nadie podrá acompañarnos. Lo único que llevaremos será el amor que fuimos cultivando... Y otra vez nos preguntamos: ¿amor a que?, ¿a lo material, a lo humano,a lo egoísta?
Ahora es buen momento para preguntarnos si verdaderamente es lógico aquello de que primero está el comer que el ser cristiano. O si primero es ser amigo y luego ser familia.
Las prioridades que vamos asumiendo, van configurando nuestra personalidad y son las que dan pauta a la vida. Es, pues, muy importante revisar nuestras opciones a la luz de la fe.
María Belén Sánchez fsp