Suplementos
Pirita y Jade
Versos de David Guerrero
GUADALAJARA, JALISCO.- El mundo se ha convertido en un sueño difícil de tomarse entre las manos. Hubo una época en que todo era alcanzable, más allá, incluso, de los dolores y las ásperas horas para lograr una mínima respiración turbia, una mirada sin prisa o una caricia apenas cultivada. Un tiempo en el que el silencio permitía descifrarse en el espacio ardiente de dos pechos que no lograban detener su inquietud. Las calles eran cómplices y los postes de luz abrigaban a inocentes parejas de enamorados mientras el foco se apagaba y encendía, alborotado por los chasquidos de adolescentes besos apurados. Sí. Había tiempo para todo, incluso para entretenerse con la urgencia de los dedos que huían desesperados para calentarse en los nacientes senos de alguna cómplice enamorada, mientras lenguas aprendices jugueteaban en la húmeda cueva de bocas apenas abiertas. Ahí nos quedábamos, en la esquina que veía cómo los automóviles zumbaban su desconocido destino, alejándose de las risas juveniles y los primeros deseos de la carne.
Fingiendo una existencia
siempre llena de dicha y placer,
de dicha y de placer.
Las horas pasaban. El cielo jugueteaba con sus colores transitorios y las nubes se recogían, llenas de una timidez líquida. Hasta el aire olía a novedad. Las fachadas de las casas enmudecían sus ritmos interiores y el griterío de los niños desesperaba a aquellos que se dedicaban a dormir. Y, sin saberlo los demás, en un cuarto escondido existía una vieja olvidada que contaba las horas y los minutos deseando morir. Cansada estaba de su propio abandono, ahogada de sus propios recuerdos que alguna vez le dieron brillo a sus ojos, carne a sus labios y frenesí a sus deseos. Permanecía anclada a una presencia ya inexistente pero que alguna vez tuvo nombre, y en la que alguna vez inundó su pequeño cuerpo. Era un cuerpo firme, y era un cuerpo descubierto.
Si yo encontrara un alma
como la mía
cuántas cosas secretas
le contaría.
Llamaba la atención aquella sutil presencia, frágil como una gota a punto de estallar. Tras la vieja puerta de madera escapaban viejas canciones, pero una se repetía sin cesar. Alma mía era su título, y la autora, lo supe después, era una mujer que tal vez en algo se parecía a ella. ¿En qué? ¿En su mirada guardiana de íntimos deseos? ¿En su pequeño cuerpo, desafiante de las tardes oxidadas de viento y bruma? ¿En sus mejillas, en las que descansaba la promesa de un regreso nunca cumplido? Quién sabe. María Joaquina de la Portilla Torres es el nombre de la autora de esa melancólica canción que gastaba una y otra vez agujas para dar vida al viejo disco de 78 revoluciones por minuto que giraba en el fonógrafo que dominaba una de las esquinas del pequeño cuarto en que vivía aquella mujer que se había marchitado por la tristeza.
Un alma que al mirarme
sin decir nada
me lo dijese todo
con su mirada.
Un día me animé a decirle que yo le lavaba su ropa. Cada viernes iba a su cuarto -ella vivía en el 7 y yo en el 13-, y me entregaba una pequeña bolsa de plástico: siempre contenía dos blusas color marrón, un vestido negro y un pantalón gris, así vestía todos los días, al menos desde que la conocí, cuando yo tenía ocho años de edad. No hablábamos de nada. Me iba a los lavaderos y mientras enjuagaba la ropa alcanzaba a distinguir una voz femenina -¿Elvira Ríos, Margarita Romero?- que daba vida a la
Alma mía de la compositora que nació en 1885, dicen que en León, Guanajuato, aunque los laguenses afirman que la hija de Francisco de la Portilla y Julia Torres Palomar vio la luz primera en Lagos de Moreno en agosto de 1884. Todavía más, Simón Tapia Colman, en su “Música y músicos en México”, afirma que María Joaquina nació “en la inmensidad del océano, cuando sus padres hacían un viaje de México al Puerto de Cádiz”. Como quiera que sea, siempre agradecí el imperceptible sonido de la tarde que se ahogaba ante aquella presencia musical. No aparecía nunca ningún vecino, las “conguitas” apagaban su letanía, y únicamente las plantas atrapadas en macetas y botes aprovechaban esos momentos para sacudirse monótona pero suavemente.
Un alma que embriagase
con suave aliento
que al besarme sintiera
lo que yo siento.
Los días que viví entre los 14 y los 15 años son de los mejores en mi vida. Aún saboreo la tibia saliva de los besos furtivos entre Graciela y yo. No recuerdo qué contesté cuando ella me preguntó que por qué le ayudaba a la viejita del número siete. Lo que sé que nunca le dije era que yo hundía mi nariz entre su ropa antes de lavarla y una lejana sensación de despedida me embargaba. Meses después la señora murió. Algunos familiares, que nunca había visto, se llevaron el cuerpo y sus cosas. Pusieron candado al cuarto y nunca más se rentó. Yo crecí y la vecindad de Industria número 117 hoy gime mudamente su agonía, marcada con un letrero de “Se vende” que seguramente se seguirá viendo dentro de 20 años más. María Grever, como se conoció a María Joaquina, ya no se volvió a escuchar.
Y a veces me pregunto
¿qué pasaría?
Si yo encontrara a una alma
como la mía…
davidguerrero.lemus@gmail.com
Fingiendo una existencia
siempre llena de dicha y placer,
de dicha y de placer.
Las horas pasaban. El cielo jugueteaba con sus colores transitorios y las nubes se recogían, llenas de una timidez líquida. Hasta el aire olía a novedad. Las fachadas de las casas enmudecían sus ritmos interiores y el griterío de los niños desesperaba a aquellos que se dedicaban a dormir. Y, sin saberlo los demás, en un cuarto escondido existía una vieja olvidada que contaba las horas y los minutos deseando morir. Cansada estaba de su propio abandono, ahogada de sus propios recuerdos que alguna vez le dieron brillo a sus ojos, carne a sus labios y frenesí a sus deseos. Permanecía anclada a una presencia ya inexistente pero que alguna vez tuvo nombre, y en la que alguna vez inundó su pequeño cuerpo. Era un cuerpo firme, y era un cuerpo descubierto.
Si yo encontrara un alma
como la mía
cuántas cosas secretas
le contaría.
Llamaba la atención aquella sutil presencia, frágil como una gota a punto de estallar. Tras la vieja puerta de madera escapaban viejas canciones, pero una se repetía sin cesar. Alma mía era su título, y la autora, lo supe después, era una mujer que tal vez en algo se parecía a ella. ¿En qué? ¿En su mirada guardiana de íntimos deseos? ¿En su pequeño cuerpo, desafiante de las tardes oxidadas de viento y bruma? ¿En sus mejillas, en las que descansaba la promesa de un regreso nunca cumplido? Quién sabe. María Joaquina de la Portilla Torres es el nombre de la autora de esa melancólica canción que gastaba una y otra vez agujas para dar vida al viejo disco de 78 revoluciones por minuto que giraba en el fonógrafo que dominaba una de las esquinas del pequeño cuarto en que vivía aquella mujer que se había marchitado por la tristeza.
Un alma que al mirarme
sin decir nada
me lo dijese todo
con su mirada.
Un día me animé a decirle que yo le lavaba su ropa. Cada viernes iba a su cuarto -ella vivía en el 7 y yo en el 13-, y me entregaba una pequeña bolsa de plástico: siempre contenía dos blusas color marrón, un vestido negro y un pantalón gris, así vestía todos los días, al menos desde que la conocí, cuando yo tenía ocho años de edad. No hablábamos de nada. Me iba a los lavaderos y mientras enjuagaba la ropa alcanzaba a distinguir una voz femenina -¿Elvira Ríos, Margarita Romero?- que daba vida a la
Alma mía de la compositora que nació en 1885, dicen que en León, Guanajuato, aunque los laguenses afirman que la hija de Francisco de la Portilla y Julia Torres Palomar vio la luz primera en Lagos de Moreno en agosto de 1884. Todavía más, Simón Tapia Colman, en su “Música y músicos en México”, afirma que María Joaquina nació “en la inmensidad del océano, cuando sus padres hacían un viaje de México al Puerto de Cádiz”. Como quiera que sea, siempre agradecí el imperceptible sonido de la tarde que se ahogaba ante aquella presencia musical. No aparecía nunca ningún vecino, las “conguitas” apagaban su letanía, y únicamente las plantas atrapadas en macetas y botes aprovechaban esos momentos para sacudirse monótona pero suavemente.
Un alma que embriagase
con suave aliento
que al besarme sintiera
lo que yo siento.
Los días que viví entre los 14 y los 15 años son de los mejores en mi vida. Aún saboreo la tibia saliva de los besos furtivos entre Graciela y yo. No recuerdo qué contesté cuando ella me preguntó que por qué le ayudaba a la viejita del número siete. Lo que sé que nunca le dije era que yo hundía mi nariz entre su ropa antes de lavarla y una lejana sensación de despedida me embargaba. Meses después la señora murió. Algunos familiares, que nunca había visto, se llevaron el cuerpo y sus cosas. Pusieron candado al cuarto y nunca más se rentó. Yo crecí y la vecindad de Industria número 117 hoy gime mudamente su agonía, marcada con un letrero de “Se vende” que seguramente se seguirá viendo dentro de 20 años más. María Grever, como se conoció a María Joaquina, ya no se volvió a escuchar.
Y a veces me pregunto
¿qué pasaría?
Si yo encontrara a una alma
como la mía…
davidguerrero.lemus@gmail.com