Suplementos
Perdonar es un acto de voluntad
El perdón es esencial para vivir una vida auténticamente cristiana, y ha de estar presente en todos los ámbitos de ella
El perdón es esencial para vivir una vida auténticamente cristiana, y ha de estar presente en todos los ámbitos de ella; quien se precie de ser o de intentar ser discípulo de Jesús, ha de tener como valor imprescindible la capacidad de perdonar. Capacidad que surge de, primeramente, experimentar “en carne propia” el perdón de Dios, como lo experimentó la mujer adúltera que nos narra San Juan en el capítulo 8, versos 1 al 11 de su Evangelio, al escuchar las palabras “Yo tampoco te condeno”, de labios de Jesús; de ese Cristo que podía darse el lujo de ser infinitamente misericordioso, pues Él era Dios y como humano jamás cometió pecado alguno.
Es estimulante para el pecador oír: “Ve y no peques más”, pues ese Dios misericordioso no es un Dios complaciente o cómplice, sino un Dios que hace surgir del perdón la fuerza para ponerse en camino hacia la santidad. No se pueden oponer misericordia y justicia. O bien falsificamos la misericordia creyendo que puede ejercerse en detrimento de la justicia, o bien aceptamos fácilmente que Dios sea misericordioso con nosotros y justo con los demás. La misericordia no es indulgencia, sino una justicia superior que de hecho sólo Dios puede permitirse.
Pues este Dios misericordioso, también por labios de Jesús, nos manda: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán condenados”.
Así, después de experimentar esa misericordia y ese perdón --repetimos-- “en carne propia”, hemos de pedir de Él los dones de misericordia y de perdón, para entonces ponerlos en práctica y desarrollarlos hasta un grado tal que tengamos, por así decirlo, la capacidad de perdonar “setenta veces siete”; es decir, siempre, infaliblemente siempre, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy.
Tiene tal trascendencia el perdón en la economía de la salvación, que Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo y doctor de la Iglesia, llegó a afirmar: “La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera de demostrar que Dios tiene poder supremo es perdonar libremente”(Summa Teológica); por ello, a nosotros nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón.
Y de la misma manera que Dios está dispuesto a perdonar “todo de todos”, nuestra capacidad de perdón no debe tener límites: ni en el número de veces, ni por la magnitud de la posible ofensa, como --insistimos-- lo señala el Evangelio que reflexionamos en la Eucaristía de hoy. Éste también nos hace conscientes de que el perdón nuestro ha de ser profundo, de corazón, como Dios nos perdona a nosotros. Así lo afirmamos cada vez que pronunciamos la oración que Jesús nos enseñó, el “Padre Nuestro”: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Por otro lado, perdonar no implica necesariamente olvidar las ofensas recibidas, el daño que nos causaron, etc., ya que una de las facultades humanas es la memoria; en cambio, sí es posible recordar todo con paz, sin deseos de desquite, venganza, o cualquier otro deseo insano o malvado.
Hoy el Señor nos llama, y en forma por demás firme y definitiva, al perdón, como condición para ser sus discípulos y aspirar a entrar a su Reino definitivo. Si en nuestro corazón albergamos recelo, inquietudes, sobresaltos, angustias, cambios bruscos en el humor, depresión, irritabilidad, etc., es muy probable que la causa profunda de todo ello sea la falta de un auténtico perdón, porque conservamos resentimientos, rencores y hasta odio, que han llegado a afectarnos psicológica, moral e incluso físicamente.
Y así como el Señor nos llama a ese perdón, Él nos capacitará para poder darlo, y a plenitud; ¿cómo? El primer paso es pedírselo, y en forma especial durante la Eucaristía, fuente y cúlmen de nuestra vida cristiana. Y una vez hecho esto con fe, esperanza y amor verdaderos, hemos de ponerlo en práctica, decidiéndonos a perdonar y a dar ese perdón tanto en nuestro corazón, como explicitándoselo al que se lo damos; no importa que nuestros sentimientos no concuerden, en ese momento, con nuestra decisión.
Recordemos lo que nos dice san Juan de la Cruz: “El amor es un acto desnudo de la voluntad”.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Es estimulante para el pecador oír: “Ve y no peques más”, pues ese Dios misericordioso no es un Dios complaciente o cómplice, sino un Dios que hace surgir del perdón la fuerza para ponerse en camino hacia la santidad. No se pueden oponer misericordia y justicia. O bien falsificamos la misericordia creyendo que puede ejercerse en detrimento de la justicia, o bien aceptamos fácilmente que Dios sea misericordioso con nosotros y justo con los demás. La misericordia no es indulgencia, sino una justicia superior que de hecho sólo Dios puede permitirse.
Pues este Dios misericordioso, también por labios de Jesús, nos manda: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán condenados”.
Así, después de experimentar esa misericordia y ese perdón --repetimos-- “en carne propia”, hemos de pedir de Él los dones de misericordia y de perdón, para entonces ponerlos en práctica y desarrollarlos hasta un grado tal que tengamos, por así decirlo, la capacidad de perdonar “setenta veces siete”; es decir, siempre, infaliblemente siempre, como nos lo recuerda el Evangelio de hoy.
Tiene tal trascendencia el perdón en la economía de la salvación, que Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo y doctor de la Iglesia, llegó a afirmar: “La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera de demostrar que Dios tiene poder supremo es perdonar libremente”(Summa Teológica); por ello, a nosotros nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón.
Y de la misma manera que Dios está dispuesto a perdonar “todo de todos”, nuestra capacidad de perdón no debe tener límites: ni en el número de veces, ni por la magnitud de la posible ofensa, como --insistimos-- lo señala el Evangelio que reflexionamos en la Eucaristía de hoy. Éste también nos hace conscientes de que el perdón nuestro ha de ser profundo, de corazón, como Dios nos perdona a nosotros. Así lo afirmamos cada vez que pronunciamos la oración que Jesús nos enseñó, el “Padre Nuestro”: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Por otro lado, perdonar no implica necesariamente olvidar las ofensas recibidas, el daño que nos causaron, etc., ya que una de las facultades humanas es la memoria; en cambio, sí es posible recordar todo con paz, sin deseos de desquite, venganza, o cualquier otro deseo insano o malvado.
Hoy el Señor nos llama, y en forma por demás firme y definitiva, al perdón, como condición para ser sus discípulos y aspirar a entrar a su Reino definitivo. Si en nuestro corazón albergamos recelo, inquietudes, sobresaltos, angustias, cambios bruscos en el humor, depresión, irritabilidad, etc., es muy probable que la causa profunda de todo ello sea la falta de un auténtico perdón, porque conservamos resentimientos, rencores y hasta odio, que han llegado a afectarnos psicológica, moral e incluso físicamente.
Y así como el Señor nos llama a ese perdón, Él nos capacitará para poder darlo, y a plenitud; ¿cómo? El primer paso es pedírselo, y en forma especial durante la Eucaristía, fuente y cúlmen de nuestra vida cristiana. Y una vez hecho esto con fe, esperanza y amor verdaderos, hemos de ponerlo en práctica, decidiéndonos a perdonar y a dar ese perdón tanto en nuestro corazón, como explicitándoselo al que se lo damos; no importa que nuestros sentimientos no concuerden, en ese momento, con nuestra decisión.
Recordemos lo que nos dice san Juan de la Cruz: “El amor es un acto desnudo de la voluntad”.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx