Suplementos

Perdido en el supermercado

Hubo un tiempo en que un niño sin vigilancia no sorprendía

GUADALAJARA, JALISCO (23/MAR/2014).- Perderse es una invitación a recordar. En 1979, cuando tenía tres años de edad, me perdí en Plaza del Sol. Mi madre estaba entretenida en la caja del supermercado (entonces un Maxi, que se convirtió luego en Gigante y hace tiempo ya que mutó a Soriana) y yo caminé hasta unas peceras empotradas junto a la puerta del establecimiento. Debo haberme embebido en la contemplación de algún pez betta. Mi madre tardó tanto en pagar los comestibles y recontar su cambio que dio tiempo a que una niña mayor que yo, de unos ocho años, me tomara de la mano y me condujera fuera de la tienda, hasta donde su propia madre y otra mujer mordisqueaban unas paletas de hielo.

“Mira, mami, un niño”, dijo mi secuestradora.

“Ay, qué mono. Regrésalo”, le respondió su progenitora, sin voltear siquiera.

La chamaca obedeció a medias. Volvió a tomarme de la mano (yo me dejaba conducir en silencio, dando pruebas de un estoicismo admirable) y me llevó de allí. Pero no al lugar donde me había encontrado sino a una tienda de ropa vecina. Como si su misión fuera esconder debajo del tapete los restos de un vaso roto, me metió a aquel local y me invitó a esconderme entre unos abrigos (recuerdo el tacto de muñeco de peluche y el olor a  bolsa de plástico).

Luego se llevó el dedo a los labios y se fue.

Permanecí allí no sé cuánto tiempo, aterrado. Supongo que en algún momento me di cuenta de que no tenía necesidad de quedarme para siempre y escapé. El sol aplastaba los pasillos del centro comercial y un gentío se desplazaba por ellos con lentos compases. Todo parecía radiante y estruendoso. Aunque la tienda de ropa estaba a veinte metros de la puerta del supermercado, me las arreglé para equivocar la ruta. Caminé hasta una fuente (repleta de vasitos de plástico improvisados como barcos) y volví luego sobre mis pasos, dos o tres veces.

Eran tiempos inocentes. No recuerdo que nadie reparara en que un niño de tres años daba tumbos por allí, sin vigilancia. Los paseantes se concentraban en sus asuntos: mascaban fritangas, acarreaban bolsas, se detenían, perezosos, a contemplar aparadores. A lo lejos vi a la niña que me había raptado y a su madre, formadas ambas ante un mostrador en el que vendían algodones de azúcar.

Para ese momento, mi madre no sólo había salido del área de cajas del Maxi, sino que era víctima de una mezcla de colapso nervioso y ataque de ira. Los guardias de seguridad del supermercado, dos tipos arquetípicamente panzones y distraídos, fueron alertados sobre mi desaparición y corrieron a dar aviso a los vigilantes de la plaza. Uno de ellos pasó a mi lado a la carrera, resollando, sin percatarse de que el objeto de su búsqueda estaba allí, ante sus narices.

Como en una caricatura, un grupo de uniformados crecientemente inquietos me buscaban y yo corría tras ellos sin conseguir darles alcance. Escudriñaron escaparates y tendejones, miraron en los botes de basura, les preguntaron a cinco o seis familias si los niños que traían de la mano, con ojos redondos como canicas, no eran robados.

El que dio conmigo fue mi hermano. Quién sabe en dónde estaba metido cuando la niña me hurtó de las peceras pero apareció a la hora buena, en mitad del pasillo. Sentí que alguien me jalaba el cuello de la playera. Era él.

Intentó consolarme enseguida: “Mi mamá te va a matar”.
Y echó a andar de vuelta al supermercado. Caminé tras él, arrastrando los pies como un condenado a muerte.

Comencé a imaginar el modo en que mi madre, que para aquel momento estaba en la oficina del gerente, inhalando sales de olor para no perder el conocimiento por quinta vez, se encargaría de ejecutar mi sentencia. Cuando entramos al Maxi, ante el silencio general de empleados y clientes, decidí que lo más probable era que me cayera a bofetadas y me propinara mil o diez mil o las necesarias para romperme el cuello.

“La próxima vez te vamos a amarrar”, advirtió mi hermano, solidario, para tranquilizarme.

Y le puso la mano en el hombro a nuestra madre para avisarle de su hallazgo. Ella pegó un grito que todavía debe seguir rebotando en las paredes de la tienda. Me estrujó como si sus brazos fueran unos rodillos de exprimir ropa (sabía cómo se sentía esa presión porque había metido la mano entre unos rodillos apenas dos días antes y milagro que no me la arrancaran). Dejó de llorar inmediatamente.

Cuando nos íbamos, el líder de los vigilantes la alcanzó.

“Señora, sólo para reportarle que, desafortunadamente, no encontramos al menor”, dijo. Y se cuadró.

“No sea imbécil”, lo atajó mi madre.

Tomamos las bolsas con la compra de la semana y nos largamos.

SABER MÁS

Historia de tiendas

> En 1968 se inauguró Plaza del Sol, que fue en su momento el centro comercial más grande de América Latina, para el cual se invirtieron 300 millones de pesos.

> Una de las tiendas que se establecieron en el lugar fue Maxi, perteneciente a los Moragrega, una de las 12 familias fundadoras de la plaza.

> En 1980 Gigante compró Maxi; y en 2007 el grupo vende más de 200 de sus tiendas a Soriana.

Temas

Sigue navegando