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¡Pásale mija, pásale!, aquí está lo bueno...

Fatiga Crónica

GUADALAJARA, JALISCO (05/JUN/2010).- Son las diez de la mañana en el Tianguis del Sol y una mujer grita con todas sus fuerzas, que son muchas: "Pásenle, pásenle muchachas, aquí es Liverpool". Está al pie de un puesto que oferta "ropa de marca". Muy poca gente se acerca y algunas mujeres que lo hacen, la saludan y le preguntan: "¿vas a sacar?". Francis, con esa voz que bien le pudo haber servido para cantar música vernácula si no se hubiera dedicado a esto, le dice que sí, que al rato va a sacar. Es curioso ver cómo van llegando cada vez más y más mujeres y pronto se enteran que Francis va a sacar. Y entonces aquello, hay que ver, se convierte en un ambiente de expectación que simula a aquel que se da en el fondo de los océanos: cuando cientos de pececillos llamados rémoras, van cerca del tiburón que va a la caza, atentos de lo que se le pueda caer, de lo que deje o ya no quiera, que es manjar puro para ellos.

Las mujeres que ahora merodean el puesto ("Fábricas de Francis", le llaman muchas) son de todas las edades, algunas muy jóvenes, otras no tanto, pero todas, o al menos la gran mayoría, visten bien, bajan de camionetas del año y huelen, como diría Blades, a Chanel No.3. Algunas hablan por celular, otras toman café o fruta, algunas más sólo esperan, o dan vueltas por otros puestos.

Y de pronto, como si un canto las convocara al unísono, todas se aproximan alrededor del puesto. Francis comienza a abrir una caja, quitándole la cinta canela que la rodea como puede y quien se haya descuidado no alcanzará a estar en primera fila, pues en dos o tres minutos ha llegado todo mundo y ahora no hay espacio posible para caber. Ya abierta la caja, el ritual es el siguiente: Francis irá sacando prenda por prenda y la exhibirá, entre sus manos, desde su altar, a los ojos de decenas de convidadas a este rito. Sus manos se convierten en la que debía ser la pasarela oficial. Luego de apenas seis o siete segundos en los que quizás exalte algunas de las características de la prenda o responda la pregunta afanosa de la mujer que grita desde gayola ("es Gucci", mija), le tirará encima la prenda a quien ella decida. Sí, porque son muchas las manos estiradas que la piden, son muchos los gritos de "Francis, Francis, a mí, a mí". Pero ella decidirá a quién, literalmente, le avienta la falda, el pantalón o la blusa encima, para que luego la afortunada la revise con cuidado y decida si la lleva o la deja ahí para que alguien más la tome. Esta acción, que bien pudiera parecer intrascendente, no lo es en realidad. Porque Francis tiene un ojo en la presa y otro en la que sigue. Ella se fijará si a quien le ha pasado la ropa la ha despreciado y dejado por ahí o si ya la lleva consigo para comprarla. Hay mujeres que piden y piden prendas para verlas y nada que se las llevan, esas irán perdiendo vidas, como en el Mario Bros; las que sí las lleven ganan vidas, y ya se sabe que ganando vidas se crece y como han crecido son más visibles: a ellas les tocarán más prendas cuando griten "a mí, Francis, a mí".

Cuando sale de la caja la última pieza el rito ha terminado y poco a poco las mujeres comienzan a irse de ahí, algunas con una o dos prendas, otras más con bolsas y bolsas de ropa, muy pocas sin nada en las manos. Y es que, la tentación es fuerte: aquí una prenda de marca puede costar tres o cuatro veces menos que en una tienda departamental y la mayoría de la que se encuentra aquí es ropa de primera.

Mientras Francis cobra y acomoda en el puesto la ropa que no se ha ido en esta primera exhibición, una de las mujeres le pregunta a otra: ¿No sabes si va a sacar Eligio?
La expedición apenas comienza.

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