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Paradojas del Evangelio

En este domingo vigésimo quinto ordinario, San Marcos presenta una escena en que participan solamente el señor Jesús y sus doce discípulos

     En este domingo vigésimo quinto ordinario, San Marcos presenta una escena en que participan solamente el señor Jesús y sus doce discípulos mientras atravesaban Galilea.
     En el camino, el Señor por segunda vez les anunció: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y tres días después de muerto resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras. Todavía no se abría ni su mente ni su corazón.
     Éste es un problema vigente ahora, igual de candente que lo fue para los apóstoles: la incomprensión de la esencia del mensaje de Cristo y aún de su misma persona. Más que en una comprensión intelectual, se ha de pensar en una comprensión del corazón, y así se acepta la sabiduría divina, opuesta a la humana, y allí está la paradoja: para vencer, Cristo tiene que ser vencido, para salvar a los hombres tiene que morir, y antes, calumniado, sentenciado injustamente y hecho objeto de burlas.
     La paradoja es una manera de alterar la lógica de la expresión, pues une ideas opuestas y en apariencia irreconciliables. Es una opinión contraria a la opinión, con profunda y sorprendente coherencia en su sentido figurado. Así se expresa paradójicamente Santa Teresa:

“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.

     ¡Cómo iban a comprender los apóstoles que el Mesías bajaba para subir, perdía para ganar, sufría para gozar, moría para vivir!

“En el camino habían
discutido sobre quién de
ellos sería el más importante”

     Cuando les preguntó de qué habían discutido, callaron avergonzados. Como escuchaban que el Mesías había venido a fundar un Reino, entonces, como se dice en el lenguaje popular, “enseñaron el cobre”, porque asomó la ambición de poder y tal vez de dinero.
     No es nueva, sino tan antigua como el hombre, esa tendencia por obtener el poder y las grandezas terrenas.
     Hace apenas poco más de dos meses nuestro país fue un escenario de lucha por alcanzar, mediante los votos populares, la obtención de los puestos públicos; y surgieron ambiciones, divisiones, envidias, peleas por tener rangos, derechos, precedencias.
     Esto acontece porque todos apetecen lo mismo: el poder y el dinero, y tiene por fuerza que haber enfrentamientos, y como dice el apóstol Santiago en la segunda lectura, “envidias y rivalidades; ahí hay desorden y toda clase de obras malas” (Santiago 3, 6).
     Por su profundidad y elegancia en la expresión, va luego un párrafo del maestro en Letras Fray Luis de León, del siglo XVII, en España: “El que endereza sus pasos conforme a Cristo, no se encuentra con nadie, a todos les da ventaja; no se opone a sus prestaciones, no les contamina sus designios; sufre sus iras, sus injurias, sus violencias; y si le maltratan o despojan los otros, no se tiene por despojado, sino por desembarazado y más liviano para seguir su viaje. Como el revés hallan los que otro camino llevan: a cada paso, innumerables estorbos, porque pretenden otros lo que ellos pretenden, y caminan todos a un fin, y al fin los unos y los otros se estorban; y así se ofenden a cada momento y tropiezan entre sí mismos y caen, y pasan  y vuelven atrás, desesperados por llegar a donde van”.

“Si alguno quiere ser el primero,
que sea el último de todos
y sea el servidor de todos”.

     Cristo y el cristianismo son siempre dignos de contradicción, son paradoja para el mundo, antítesis radical entre los intereses del mundo y el plan de salvación.
     Cristo oró al Padre por ellos: “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Santifícalos en la verdad” (Juan 17, 15).
     El Mesías es anunciado como el “Siervo de Yahveh, y todo en el Misterio de Dios hecho Hombre es servicio, porque “amó, se anonadó y se entregó”, para hacer de su vida un continuo servicio.
     Y para dar una lección clara de que había llegado “no a ser servido, sino a servir”, la noche suprema de la última cena tomó una toalla y una jarra con agua, y uno por uno a todos, empezando por Pedro, les lavó los pies, servicio que solían hacer los esclavos. Y les dijo: “Ustedes me llaman Maestro  Señor, y dicen bien, porque en verdad lo soy. Si yo, pues, les he lavado los pies, siendo su Señor y Maestro, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros” (Juan 13, 13).
     Aquí una vez más aparece la paradoja: el Señor, el Maestro, es el siervo, el servidor. Una enseñaza para los investidos de autoridad --así sea política, religiosa o social--, que recuerde siempre y desde su altura, que mandar no es “manejar”, ni esclavizar, ni tiranizar. Mandar, en cristiano, es servir.
     San Agustín escribió largamente sobre los pastores que en lugar de apacentar las ovejas, se apacentan a sí mismos, y concluye exponiendo su situación personal: “Por mi condición de cristiano debo de pensar en mi salvación; en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la vuestra”.
     Ser seguidor de Cristo ha de tener, por tanto, la actitud de servicio; ser grande a los ojos de Dios, es quien más y mejor sirva con sus propias fuerzas, sus carismas y con  el auxilio de la gracia divina.

“El que recibe a uno
 de estos pequeños
 en mi nombre,
a mí me recibe”    

     Para aclarar más el concepto de la grandeza ante el nuevo programa del Reino, Cristo pone ante sus discípulos al niño, signo de pequeñez, de poquedad.
     Bien lo entendió el apóstol Pablo y pequeño se presentó ante los habitantes de Corinto, puerto en el Mediterráneo donde abundaban el dinero y los vicios. Los griegos le pedían sabiduría, los judíos exigían milagros y “nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los griegos, mas poder y sabiduría de Dios para los llamados” (1a. Cor. 1, 23).
No hay algo más pequeño que un ajusticiado, suspendido por clavos en una cruz y entre dos ladrones.
     Quienes busquen grandezas según el plan de Cristo, que levanten sus ojos y contemplen al Señor, al Maestro, en esa su cátedra de servicio desde la que
enseña la sublime lección.
     Pero ha querido el Maestro que sus verdaderos seguidores vean a Jesús en los pequeños según el mundo, los desvalidos, los carentes de pan, de salud, de cariño.
     Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) y en el espíritu observado desde entonces, es constante la palabra para que la Iglesia --es decir todos los bautizados y no sólo la jerarquía, como algunos lo quieren entender--, tenga como preferidos a los pobres en su mayor acepción, es decir, en quienes sufren carencias de la clase y la magnitud que sean, y los cristianos estén prontos a servirles viendo en ellos la imagen de Cristo.

Autenticidad evangélica

     Esa acalorada discusión entre los apóstoles y su vergüenza al ser descubiertos, los exhibieron fascinados por el poder político: dominar, subyugar, manipular, vencer, conquistar; tener todo eso, eran preocupaciones según el mundo.
     El Reino, la Iglesia, quiere en este siglo XXI cristianos auténticos, que no se valgan de la religión para sus propios interses; quiere cristianos que esperen la propia salvación en el servicio a Cristo y miren con amor a sus semejantes.

“Vale la pena entregarse
al servicio de los demás
por el amor a Cristo”

     Así les dijo el Papa Juan Pablo II a los seminaristas en su visita a Guadalajara, y esa voz llegó a todos los seminaristas de América Latina como signo de la verdadera vocación al sacerdocio ministerial: ser sacerdotes para pastorear las ovejas, y no...

Pbro. José R. Ramírez        

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