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Nacidos para volar

Con 11 años de acrobacia en la ciudad, seis chicos se ganan la vida en un salto

GUADALAJARA, JALISCO (28/ENE/2012).- Óscar Sánchez tiene a la gente esperando, les cuenta chistes mientras relaja las piernas dando pataditas en el aire. Como en los reality shows televisivos, Óscar está creando un punto de tensión para luego salir aplaudido y con algunas monedas en el bolsillo. Detrás de él hay una hilera de ocho hombres doblados al más puro estilo del “burro castigado”, y encima de ellos otro, el más delgado de los nueve.

Óscar sonríe, pero sabe que lo que le da de comer, a diferencia de la gente de la televisión, no es su sonrisa, sino sus músculos. Él va a volar. Nació para eso. Tiene 11 años haciendo lo mismo todos los sábados y domingos a un costado del Teatro Degollado. Es un acróbata con una mariposa azul tatuada en el cuello, lleva en las venas el instinto de surcar los aires con sus brincos.

“Nomás no se olviden que con su cooperación ayudan a salvar el show del pelón y sus amigos”, bromea Óscar, quien no es calvo pero se pasa el rastrillo por la cabeza una vez cada 15 días. Y ahí lo tienen, con 80 kilos repartidos en no más de 175 centímetros. En sus pies unos tenis Nike, la playera escurriendo de sudor y una voz que apenas se escucha: “Si quieren quedarse, de verdad, ayuden con poquito, un pesito, dos”. Y los nueve hombres detrás de él se levantan esperando a que termine su speech.

“A ver, ustedes, güeritos… what are you from?”, cuestiona a una pareja entre el nutrido público que ha detenido su paso por el Centro Histórico de Guadalajara. “Canada, we´re from Canada”, le contestan los extranjeros “Ok, take it easy, y cáiganle con el dinero, no se hagan”, vuelve a bromear.

Óscar voltea hacia los ocho hombres doblados y los alinea (otra vez). Tienen que estar perfectamente acomodados sobre las líneas que dividen el pavimento: un paso más y los golpearía, un paso menos y estallaría su cráneo en el concreto. No tiene opción, más que la perfección. Y lo va a lograr… o eso espera.

Toma un respiro, da algunos pasos hacia atrás para agarrar vuelo. Se frota la cara con las manos para secarse el sudor. Se agacha para secarse ahora el sudor de las manos con las suelas de sus tenis Nike y ahí va… corriendo, a toda velocidad.

***
Con la música de fondo de Cartel de Santa, Guillermo Vázquez come papas fritas con limón y chile. Sus dedos manchados de rojo y su aliento a esa deliciosa combinación le impiden aplaudir y vitorear el salto con el que Óscar ha impresionado a los presentes: brincó por lo menos siete metros por encima de nueve hombres sin complicaciones. Guillermo sólo alcanza a decir “estuvo chidísimo”. Él llegó a las 5:40 de la tarde al lugar de la magia; bueno, no llegó… iba pasando y se quedó, como sucede con la mayoría de los transeúntes del Centro Histórico tapatío. Ver a los seis jóvenes brincar hasta dos metros de altura para trepar las paredes del Teatro Degollado, o ver la fuerza con la que Óscar se desenvuelve sobre el concreto, lo tienen maravillado.

Y es que aquí, cada semana, se puede ver cómo estos jóvenes saltan al vacío haciendo suertes parecidas a las piruetas de los clavadistas panamericanos.

En un tramo que no rebasa los 15 metros de largo ellos corren, saltan, retuercen sus cuerpos y caen parados. Y así sucede por 40 minutos, hasta que Óscar empieza a pedir que los hombres del público participen. Hoy fueron ocho doblados, como si estuvieran listos para escuchar un eufórico “¡cero por chapucero!”, y encima –sí, literalmente– un cuerpo más.

Pero Óscar, este joven de 29 años con el brazo izquierdo tatuado del hombro hasta la muñeca, dice que ha llegado a saltar una fila hasta de 11 personas: “El show depende mucho de que la gente participe, hoy estuvieron muy apagados”.

Y se nota. Enseñan las ganancias, algunas monedas de dos pesos, una de cinco, varias de 50 centavos. “Nunca hemos hecho esto por dinero, casi siempre es por diversión”. Y Óscar y sus “hermanos,” como les llama a sus compañeros de Lunatic Crew, toman sus cosas y van a cambiarse de lugar a la Plaza Liberación: sólo quieren un espacio donde puedan hacer algo para lo que creen que nacieron: volar a brincos.

El circo de la calle
El arte circense y en especial las acrobacias, tuvieron un auge en México en los últimos años del régimen porfirista. De acuerdo a la investigación hecha por el académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, Ricardo Pérez Monftor, hacia finales de la primera década de 1900 se pudo describir la fuerza con la que estos actos al aire libre eran claves para la convivencia social.

“La experiencia circense constituye una realidad social significativa por cuánto se presenta como icono del acervo cultural de nuestro país… ya hemos notado cómo desde la antigüedad la raza progenitora dio preferencia a los espectáculos de agilidad y fuerza, como el volador y el juego de pelota. Por razón de esa idiosincrasia, México ha sido terreno fértil para los empresarios del circo”, afirma el documento fechado en 2003 en la revista académica Alteridades.

Hoy los circos han tenido que migrar de las carpas a la calle. Aunque hay universidades que ofertan la carrera en artes escénicas y circenses contemporáneas, como es el caso de la Universidad Mesoamericana de Puebla; en Guadalajara hay que pelearse un espacio de banqueta para poder seguir con la tradición.

Lunatic Crew es la empresa de un show acrobático que Óscar Sánchez y otros jóvenes, que no rebasan los 30 años de edad, han decidido emprender buscando hacer algo diferente, que “nos aleje de los vicios mientras hacemos lo que nos gusta”, dice Axel Salas, un joven de 16 años que también disfruta dando saltos pro la vida.

“Y mire, gente bonita, si usted quiere contratarnos para alguna ocasión especial le damos una tarjetita para que nos lleve a sus fiestas, a sus bautizos, eventos, 15 años, lo que ustedes quieran; tenemos show para toda la familia”, canta ante los asistentes uno de los seis jóvenes que conforman esa empresa. Luego, reparte tarjetas donde dice que lo busques sus videos en Youtube y si quieres contratarlos tienes que pactar con el “Wero”.

“Yo soy uno de los guapayasos, pero los sábados y domingos me vengo para acá”, dice este joven con que ha pasado algún tiempo en estéticas tiñéndose el cabello. En su página de Facebook, el Wero afirma que estudió en la “Universidad de la calle” y se autodefine con la siguiente filosofía: “Soy un chavo sincero, trato de serlo claro, jeje, y pues me gusta ver lo bueno de lo malo para no ser como la sociedad que se deprime con cualkier (sic) cosa o problema, he aprendido que ser fuerte, se aprende y se logra sólo cuando te das la oportunidad de serlo, cuando te comprometes contigo mismo a recomenzar, a olvidar, a intentar o dejar de hacerlo”.

La batalla con la vida ha empezado, dice el Wero, “ahora es tiempo de luchar con los obstáculos de mi presente; es tiempo de luchar por mis objetivos, para poder brindar lo mejor de mí, pues mis sueños son grandes, tanto como la vida que deseo tener, libre de criticas y opresión”.

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