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Mundo Cabuto, juglar en extinción

Raymundo Cabuto Montaño un día tuvo la idea de instalar unas bocinas en la azotea de su casa en Quimichis, no para hacer negocio, sino con la idea de dar un servicio a la comunidad

GUADALAJARA, JALISCO (17/AGO/2014).- Mundo Cabuto me ordena que antes que nada escriba que es priísta: “Apunte: Mun-do-es-pri-ísta”, me dicta. No es cierto. Antes que nada Mundo Cabuto es el hombre que se las trae de todas, todas, en Quimichis, una ranchería húmeda y caliente del Pacífico mexicano.

Hoy, por ejemplo: apenas amaneciendo Angelita Gallegos, esposa de Inés el albañil, cumplió años; a las ocho de la mañana un vendedor de camarones con garantía de calidad llegó a la plaza; a las nueve ya estaba listo el pozole del servidor de usted, José Luna; a las 11 va a haber una misa por el aniversario luctuoso de Cervando Cabuto, y por la tarde el equipo local de futbol se enfrentará con un rival, en una cancha de Tecuala… Esas y otras novedades se esparcen hace medio siglo desde la casa de Raymundo Cabuto Montaño, “Mundo”; viajan por el aire espeso a razón de 343 metros por segundo, y se dejan oír hasta los ejidos vecinos Paso Hondo, Atotonilco, Los Morillos, Río Viejo y Milpas Viejas, en el Noroeste de Nayarit.

Mundo Cabuto tiene la manía de dictar. Ahora me ordena escribir que antes que nada es campesino. “Ahí póngale: cam-pe-si-no”. Falso. Antes que nada el viejo, que anda cerca de los 90, es un juglar moderno en un planeta donde los juglares se creían extintos.

A principios de los años sesenta él mismo instaló cuatro bocinas en la azotea de su casa, a 15 metros de altura. Desde entonces no ha habido una sola mañana ni una sola tarde silenciosa para los tres mil 500 habitantes Quimichis. El sonido trabaja de seis a seis. En ese rato la gente llega a Hidalgo 16, a un costado del templo, con noticias, publicidades y vaciladas. Los ojos hundidos de Mundo le echan un vistazo a los mensajes y él le dicta a su asistenta lo que debe escribir y avisar por un micrófono negro, viejo, cuyas partes están unidas con cinta aislante. Cada repetición cuesta cinco pesos.

Con los cientos de cuadernos Polito de raya que Mundo ha llenado, un historiador escribiría una enciclopedia.

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Quimichis nació por decreto presidencial en los años treinta del siglo XX. Cuentan los más viejos que alguien les avisó que el gobierno estaba dando tierras ahí y llegó gente de todos lados para aprovechar. Mundo Cabuto se jacta de que su apellido es francés.

La cuadrícula del pueblo es perfecta, aunque sin ser feo Quimichis no tiene un monumento que presumir y 80 años no han ajustado para empedrar varias calles o para empedrarlas completas.

Acostumbrados a sus calles a medias, por las tardes la gente se sienta afuera de sus casas en sillas tejidas para platicar o jugar lotería, mientras se espanta el calor y los jejenes.

Con pinta de patriarca Mundo se sienta en la calle desde la mañana, en una silla vieja de madera y cuero. En Quimichis la humedad destapa los poros y las fosas más recónditas, pero la nariz grande y carcomida del viejo respira con trabajos. Más que un francés, Mundo Cabuto parece un campesino colombiano inmortal.

—¡Aré papaíto! —saluda a los hombres que pasan por la Hidalgo en bicicleta.

—¡Aré! —contestan ellos.

Ahí, sentado, se  queja de que en el pueblo no hay quehacer. Ni la reforma agraria ni el modernismo dibujaron canales de riego en los alrededores, por lo que se siembra una sola vez al año, en noviembre, cuando han pasado las aguas. Llueva o no Quimichis está rodeado de un paisaje selvático. Huele a sal y a pantano.

Igual que sus paisanos Mundo Cabuto es celoso con lo suyo: “La tierra es de quien la trabaja”, se lee ya en un bajorrelieve grabado en un obelisco, en la entrada del pueblo.

Cabuto aplica diario la máxima del revolucionario Emiliano Zapata, aunque no siempre tiene éxito.

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Todavía en los años ochenta el imperio Cabuto incluía un cine, que en realidad era una cochera con una pantalla y bancas largas, como de iglesia; una discoteca, la Kabuto’s Disco, que en realidad era la segunda planta de la casa familiar, y un billar, que en realidad era cinco mesas. El cine quebró, la discoteca cerró y en estos días la mayoría de las mesas de juego están cubiertas con lonas polvosas.

Sólo sobrevivió el sonido. La consola blanca marca nosesabe, el micrófono viejo, las bocinas potentes a quince metros de altura, la manía de un pueblo de enterarse de todo.

“Sobrevivió, pero no es negocio. ‘Ne-go-cio’. ¿Sí le anotó así? Más bien quise darle un servicio al pueblo. Que fulano mata un puerco: le anuncio a fulano que mató un puerco. Que la vaca para la carne: a anunciar la vaca. Que ya se murió sutano: le hacemos la publicidad a sutano. Pero de mantenerme, la publicidad no me mantiene, más bien le pierdo”, machaca él y yo empiezo a creer que es tan priista como dijo. “Además hay que pagarle a la secretaria”.

Como si la hubieran invocado, una veinteañera se asoma por la puerta de la casa de los Cabuto: “Mundo, vaya ya por las sillas a la casa de Ángel”, ordena la muchacha con la misma voz que rompe el aire pesado de Quimichis de seis a seis. Una voz mandona y tan potente que alcanzaría para varias cuadras sin necesidad de bocinas a quince metros de altura.

Se llama Elizabeth Arámbula y encarna a la idea colectiva de la costeña latinoamericana: morena, curvilínea, erguida, cachonda, altiva, mandona.

“Ya le digo, esto no es negocio: si no hay dinero en el pueblo nadie pide avisos”.

Para no ser negocio, Cabuto lo cuida mucho. Varios años su archirrival fue Lucas Quevedo, para más señas el dueño del molino y barricas de agua de Quimichis. Las batallas entre ambos son memorables, porque entre ambos aturdían a toda la comunidad cuando les daba por soltar su publicidad al mismo tiempo. Un día Lucas Quevedo colgó los tenis y Cabuto se quedó con el monopolio.

Dicen los del pueblo que a veces Mundo abusa del micrófono, cuando quiere reclamar, por ejemplo por un robo de herramientas: “Ingratos. Yo qué les hice pues. Cómo voy a creer, oigan. Rateros”. Esta mañana nadie le robó.

Esta mañana “se felicita a Angelita Gallegos, por más conocida la esposa del Inés el albañil, por cumplir un año más de vida”. Hoy, “hace unas horas se extravió una perrita pug y es de color café claro, su cara negra. Entiende por el nombre de Cuca”. “Se hace una atenta y cordial invitación a todos los ejidatarios a una asamblea de carácter informativo, en la dirección conocida que usted ya sabe”. “Se le avisa al pueblo en general que ya está el pozole en la casa de José Luna. Pozole calientito de cabeza y de huesito”, “Se le comunica a todos los jugadores de futbol que participarán en el torneo de Tecuala que traigan la fotografía porque si no, no podrán participar. La salida será a las tres treinta de la tarde en el lugar de costumbre. Atentamente el profesor Adrián Parra”.

Sentado en su silla Mundo Cabuto dibuja una sonrisa de satisfacción después de cada anuncio. Insiste en que escriba que antes que nada él es priista y campesino. Antes que nada escribiré que Mundo Cabuto es una especie en extinción.

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